
María Rosa Anazonian nació en Buenos Aires hace 34 años. La familia de su madre había llegado al país en 1958, la familia de su padre a comienzos del siglo XX. En su casa se hablaba, se comía y se pensaba en armenio. La cultura, el idioma y la gastronomía eran instrumentos de patriotismo. Y su casa, un trozo de la Armenia dispersa, ese desprendimiento territorial que asumen las diásporas. Cuando salía de su hogar entraba en Buenos Aires. Por eso se reconoce armenia, aunque le da orgullo agregar que nació en Argentina.
En 2012 conoció su país por primera vez. “Me enamoré: lo que era mi casa se había convertido en una ciudad, en una calle. Armenia estaba cuando me subía al colectivo, cuando compraba el pan”, retrató. Esa admisión casi genética la llevó a presentarse a un programa de voluntariado dirigido a todos los hijos de armenios exiliados nacidos en el exterior. La estadía de seis meses se convirtió en seis años y la idea definitiva de no emigrar. Ni en los contextos más adversos, como el actual.
Hoy Armenia atraviesa un nuevo conflicto armado con Azerbaiyán (también con Turquía, su nación hermana). Es el día trece de un enfrentamiento que se reavivó el 27 de septiembre. Nikol Pashinyan, primer ministro armenio, acusó al gobierno azerí de incurrir en una “agresión planificada” a la región de Nagorno Karabaj y convocó a la resistencia: “Prepárense para defender nuestra nación sagrada”. La escalada de violencia y la voluntad de María se explican en el devenir histórico del conflicto bélico.

El sociólogo estadounidense Levon Chorbajian en su libro La creación de Nagorno Karabaj explica que el 90% de los residentes son de origen armenio, devotos de una religión mayoritariamente cristiana ortodoxa. En 1921, Joseph Stalin, el hombre más poderoso de la Unión Soviética, le cedió el territorio a la antigua República Soviética de Azerbaiyán. La investigación sugiere que la entrega se trató de una conveniencia política en tiempos de convulsión social que desafía la historia: armenios católicos siendo obligados a formar parte de una nación musulmana que los estaba atacando.
El proceso de institucionalización duró dos años. El 7 de julio de 1923 la región recibió el derecho de fundar un óblast autónomo dentro de Azerbaiyán. Desde entonces y hasta finales de la década del ochenta, las tensiones bélicas se aplacaron. Pero en 1988, cuando las reformas de Mijaíl Gorbachov anticipaban el desmembramiento de la Unión Soviética, Armenia entró en ebullición. La disolución irreversible de la URSS iba a dejar a Nagorno dentro de un país ajeno. Esa idea encendió la reacción de la ciudadanía: los armenios en Nagorno y los armenios en Ereván, la capital armenia, se manifestaron, alzaron la voz y las armas. Se desató una guerra durante cuatro años. El saldo: más de 30.000 muertes y la creación de un Estado independiente de facto proclamado por los armenios independentistas.

En 1994 se decretó el cese del fuego. “Pero desde entonces, Azerbaiyán violó constantemente la paz. Armenia siempre mantuvo una posición de defensa, eran nuestros los soldados que morían en la frontera”, explicó María. En 2016 se reactivó el conflicto con una embestida a la provincia de Tavush, ciudad armenia fronteriza. Esta vez, Rusia frenó la ofensiva. Pero la tensión no mermó: era cuestión de tiempo. El último 27 de septiembre resurgieron los ataques.
Azerbaiyán dice que el territorio está ocupado por insurgentes y lo quiere recuperar. Armenia dice que es un intento de socavar su “gran nación”. En el medio, los comunes. Muertes de ambos lados, ciudades desfiguradas y refugiados huyendo. María vive en Ereván, la capital de Armenia. Llegó como voluntaria, trabajó en bancos y fundó su propio emprendimiento de asistencia al turismo, asesoramiento al inversor. “Un servicio integral”, definió. Hoy regresó al voluntariado.

“Evacuamos gente de Nagorno, la traemos a vivir a nuestras casas, hacemos colectas, donaciones. Si caminás por la calle en cada esquina vas a encontrarte con un lugar para juntar comida, agua, cigarrillos, analgésicos, vendas, ropa de abrigo, bolsas de dormir, zapatos, todo lo que puede llegar a necesitar una persona para sobrevivir. Acá la gente tiene el corazón abierto, te da hasta lo que no tiene”, relató.
Además de hospedar, a los que escapan del foco del conflicto los integran, los acompañan desde el sentido espiritual y económico. La diáspora armenia se constituye de diez millones de personas. El Fondo Nacional Armenia, la unión de los recursos de las comunidades armenias de todo el mundo, creó la campaña global “Somos nuestras fronteras”: según la filial argentina, hasta el 6 de octubre ya se habían recaudado más 50 millones de dólares provenientes de cientos de miles de donantes y benefactores de 31 países.

“Armenia es como Misiones”, contrastó María. Las superficies de ambos territorios son similares: alrededor de 29 mil kilómetros cuadrados. En Nagorno vivía el 50% de la población armenia, cerca de 150 mil personas. La mitad de los habitantes huyeron, desplazados por los combates. La otra mitad vive bajo tierra en Stepanakert, la capital de la región, anclada en el Cáucaso. Los que quedan son los abuelos, los mayores, los que ya no temen más que perder sus casas. A Ereván fueron los jóvenes, los más prósperos. Escaparon por una ruta que une ambas ciudades, estratégica según las fuerzas azeríes, que la atacaron para diezmar la llegada de soldados.
A pesar de no ser foco del conflicto, en Ereván están preparados. Todos saben a dónde tienen que ir a refugiarse si suena la alarma, la alerta de evacuación. Las autoridades también pidieron que cada uno tuviera lista una mochila. María la dejó arriba de un sofá, con los cierres abiertos para guardar los últimos menesteres cuando el tiempo apremie. En el interior, ya metió lo más importante: un abrigo, dos botellas de agua, dos remeras, ropa interior, medias, galletitas, algodón, insumos básicos. “Pensar en esa mochila es lo peor que te puede pasar. Desde el 27 de septiembre ya tengo el pasaporte en mi cartera”, advirtió.
“Se vive horrible -dijo-. Me voy a dormir esperando que suene la alerta. Agarro el celular cada cinco minutos para saber si hay alguna novedad”. Sin embargo, no piensa irse. Cuando era una niña, ir a la calle era visitar un país distinto, con gente que hablaba otro idioma. Cuando era una adolescente, en las casas de sus amigas se cenaban otras comidas. Siempre quiso vivir donde está ahora. “Tengo que defender mi país. No tengo miedo. Es una situación espantosa pero no puedo moverme. A nosotros no nos interesa el conflicto, ni la guerra, ni nada. Solamente queremos vivir en nuestras tierras en paz”.
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