
“La gente camina por ese mar de basura con naturalidad”, reconoce Patricia Villegas. Ese mar de basura es el enorme basural a cielo abierto de Puente Hierro, en Guaymallén, Mendoza. La tarea dura e insalubre de hurgar entre los residuos para rescatar material de reciclaje fue la única salida laboral que encontró en un momento crítico de su vida.
“Nadie trabaja por placer recolectando residuos pero frente a la necesidad de llevar dinero a casa se le hace frente... igual era muchas horas por día para pocas monedas”, le dice a Infobae. Y cuenta que su marido estaba sin trabajo, y tenía que solventar la educación de sus tres hijos. “Era agachar, poner el cuerpo y recolectar”, confiesa.
De ese trabajo que está integrado en su mayorīa por hombres, luego mujeres, y en el peor de los casos algunos niños, ella recuerda: “El olor era insoportable, pero también te acostumbras porque no tenías opción”. Las condiciones climáticas extremas como la lluvia, el frío o las elevadas temperaturas de verano también hacían que la tarea se volviera insostenible. Frente a la adversidad, Patricia estuvo juntando objetos para reciclar durante casi siete años.
Pero un día se propuso salir de allí. Y hace cinco años esa rutina diaria insalubre dejó de ser parte de la realidad de Patricia. Cansada de esa vida, en el medio de la nada, junto a otras cinco mujeres y vecinas que también viven en el vertedero, impulsaron un proyecto de economía propia. Así montaron un taller para fabricar escobas, mopas y lampazos.

El inicio de todo
Un intenso verano a fin de 2013, Patricia llegó al momento bisagra. “Sufrí un golpe de calor y supe que tenía que parar y buscar una manera de salir”. A su vez otra compañera resultó herida y ya no pudo seguir hurgando en el basural.
Con el objetivo de salir adelante acercó su idea al departamento del Ministerio de Desarrollo de Guaymallén, que la recibió y les brindó las primeras herramientas para comenzar.
Unieron fuerzas y las seis mujeres abandonaron las tareas en el basural. Lo primero que hicieron fue recibir la capacitación precisa. “No teníamos idea de cómo se hacía una escoba de cero”, recuerda Patricia, hoy toda una experta en armado artesanal de la pieza de limpieza.

Empezaron juntándose en distintas casas y luego lograron poner de pie su humilde fábrica. Todo hecho a mano, como lo hacen ellas. En uno de los tantos terrenos vacíos montaron el espacio entre todas, desde la construcción de chapa, hasta la pintura de la fachada.
También pudieron comprar dos máquinas que les permite fabricar entre 20 y 25 escobas por día. Para no descuidar a sus hijos, sólo trabajan en la tarde cuando los pequeños van a la escuela.
Una vez listas para arrancar, le pusieron nombre al proyecto y lo nombraron “Brujas Escoberas” un juego de palabras que remite a la fuerza de estas mujeres. “Somos poderosas y podemos salir adelante si nos proponemos”. De manera oficial quedo registrado recién en 2015.

Hoy, de aquella sociedad de amigas solo queda Patricia. Pero lejos de abandonar el barco, decidió trasladar la idea a su hogar. Se instaló la maquinaria en su casa para convertirlo en un emprendimiento familiar. Y sigue capacitándose. Sumó al equipo a una vecina y a su hija que se encarga de los reparto. “Hemos tenido épocas de mucho trabajo con tres docenas de pedidos por mes. La pandemia no ayuda a la ventas porque solo podemos llegar a hogares de cercanía, no tenemos movilidad”, reconoce.
Cambio de vida con impacto social
Hoy no solo vive de la comercialización de escobas, lampazos y mopa: “Ya que no es suficiente para pagar las cuentas -aclara- durante la semana trabajo en un fábrica de nylon. Pero los fines de semana retomo mi proyecto. Los sábados separamos los materiales, el junquillo y la guinea, y el domingo se deja para el armado”, explica.
Ofrece una variedad de productos de distintos tamaños y hasta colores. Las mopas son todas de pabilos de algodón con un precio de $180. Los lampazos oscilan entre 135-150 pesos y las escobas entre 150 a 200 pesos.
No es lo único que hace por su comunidad, además de sus dos trabajos semanales, sale dos veces por semana a cocinar junto a su hija, y colaborar con el merendero de la zona, Rincon de amor, que alberga casi 50 chicos.
Cómo ayudar: Es posible comprar por mayor o menor. Contactarse al teléfono de Patricia Villegas: +54 9 2615 63-4208
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