“¿Adónde nos van a llevar? ¿Es un hospital?”, preguntó Joaquín. El oficial lo miró fijo y le contestó: “Something like that” (N. de la R.: “Algo así”). Era una noche de marzo y junto a su novia Paula intentaban ingresar a Croacia, a bordo del motorhome que habían alquilado para recorrer algunos países de Europa. “Habíamos pasado por la aduana eslovena sin más inconveniente que el sellado de los pasaportes y, cuando arribamos a la frontera croata, un oficial nos dijo que nos iban a tener que llevar a un sitio estatal para hacer una cuarentena obligatoria de 14 días", cuenta Joaquín. Hace una pausa y agrega: “Por primera vez en todo el viaje, tuve miedo. Miedo de verdad”.
DE ROSARIO A VIENA
Joaquín López (43) y Paula Graziani (43) son de Rosario. Él profesor de Biología y administrativo, ella contadora freelance. En los 15 años que llevan juntos, viajaron a lo largo y ancho de la Argentina, acamparon en lugares insólitos y se animaron a navegar hasta Río de Janeiro en velero. Para este 2020, en el afán de alimentar su espíritu aventurero, planificaron un viaje a Europa. La idea -cuentan en charla con Infobae- era unir Viena (Austria) con la ciudad de Estambul (Turquía). Todo a bordo de un camión Ford 2009 convertido en motorhome.
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El 6 de marzo, una semana antes de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declarara al coronavirus como Pandemia, llegaron al Aeropuerto de Viena. La vuelta la tenían prevista para el 31 de ese mismo mes pero, como les sucedió a muchos turistas, el COVID-19 les impidió concretar su regreso a la Argentina. “Viajamos por 20 días y nos terminamos quedando dos meses y medio”, explica Joaquín que, por momentos, se siente el protagonista de una película de ciencia ficción.
Tras su arribo al viejo continente, los rosarinos arrancaron su travesía: recorrieron los caminos de montaña de Austria y, en un par de horas, llegaron a Eslovenia, donde se enamoraron de sus paisajes. Hasta ese momento -recuerdan- las noticias sobre el coronavirus los inquietaban pero, al mismo tiempo, lo veían como algo lejano. “Nuestra mayor preocupación pasaba por encontrar un lugar donde parar: necesitábamos que estuviera cerca de un río para poder extraer agua con una bomba casera que habíamos armado”, cuenta Joaquín acerca del sistema que idearon, además de un panel solar que los proveía de energía eléctrica.
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Menos de una semana después, sin embargo, el COVID-19 empezó a propagarse fuertemente por el norte de Italia y en toda España. “No puedo precisar la fecha, pero en un abrir y cerrar de ojos, el virus dejó de ser una preocupación y pasó a ser un problema", explica Joaquín.

CAMBIO DE PLANES
Con motivo del confinamiento obligatorio, los países europeos que días atrás no tenían fronteras visibles en las carreteras por ser zona Schengen (N. de la R.: área que comprende a 26 países de Europa que abolieron los controles en las fronteras internas) comenzaron a cerrarse. “Había móviles policiales por todos lados", repasa Joaquín que, a pesar de todo, intentó llegar a Croacia como habían planeado.
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Así fue que llegaron a la aduana de Croacia donde les indicaron que debían hacer 14 días de aislamiento en un sitio estatal. “Le pregunté si nos iban a llevar a un hospital y me contestó: ‘Algo así’. La miré a Paula e inmediatamente pedimos volver a la frontera eslovena con la preocupación de que nos permitieran reingresar”, apunta.
Al final, “con mucha suerte”, la pareja pudo volver sobre los kilómetros recorridos. Al día siguiente decidieron cambiar el rumbo. “Lo mejor era ir hacia el norte, lo más lejos de Italia que, para ese momento, se había convertido en el foco de la pandemia”, explican.
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En ese contexto llegaron a Hungría. “Era de noche y el paso estaba totalmente desolado. Pasamos una barrera y, repentinamente, aparecieron cinco oficiales todos con guantes y barbijos. Solamente uno de ellos hablaba en inglés. Cuando vio la patente de la motorhome, nos dijo que la frontera estaba cerrada para vehículos españoles. Nosotros le explicamos que era alquilada, le dijimos que éramos argentinos y le mostramos los pasaportes. De pronto, los hombres empezaron a discutir entre ellos en su idioma natal. Nosotros los mirábamos en silencio. Nunca supimos qué se dijeron. Después de un rato nos devolvieron los pasaportes y nos levantaron la barrera”, recapitula el rosarino.
Los días siguientes fueron tan tranquilos como inciertos. A medida que atravesaban los campos de la llanura húngara veían cada vez más difícil la posibilidad de llegar a Estambul, desde donde tenían previsto el vuelo que los traería de regreso al país el 31 de marzo.
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PUEBLOS FANTASMAS Y NOCHES EN CEMENTERIOS
“Los pueblos por los que pasábamos parecían desolados. La gente, confinada, nos observaba desde las ventanas con desconfianza. Tratábamos de buscar lugares alejados, así que los estacionamientos de los cementerios se convirtieron en lugares seguros y, además, descubrimos en ellos una belleza atípica con velas encendidas y las flores en la oscuridad”, cuenta Joaquín.
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Luego de algunas noches a la vera del cementerio, la pareja encontró un Parque Nacional (Hortobágy, el más extenso de Hungría) donde pasó una semana, con una fuerte nevada y algunas lluvias. “Las noticias eran catastróficas y nos sugestionamos. ¿Y si nos contagiábamos de coronavirus? Tratábamos de esquivar gente y de mantenernos en lugares alejados. Un par de veces tuvimos que salir a buscar agua porque la canilla del parque estaba cerrada”, recuerdan.

Después se trasladaron a Bükk (el tercer parque nacional húngaro): allí estuvieron casi un mes. “Nos ubicamos en un estacionamiento abandonado y allí paramos. Milagrosamente, a 30 metros, encontramos una vertiente que descendía de la montaña, así que ya no tuvimos que preocuparnos por conseguir agua para extraer con nuestra bomba”, cuentan.
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Corría abril y Paula ya tenía que retomar sus actividades laborales. Casualmente, un día se presentó el encargado del parque y les ofreció la clave wifi. “Fue vital. Nos permitió estar conectados con nuestras familias las 24 horas y, además, Pau pudo trabajar como si estuviera en Rosario”, repasa Joaquín.
De sus días en ese Parque Nacional, los rosarinos recuerdan algunas noches de mucho frío (“Hacía -8° y no podíamos dejar prendida la calefacción toda la noche porque nos quedábamos sin gas”) y la amabilidad de la gente del lugar que, con la flexibilización del confinamiento, se acercó a ellos. “Una tarde, repentinamente, llegó un señor y nos regaló un desinfectante para manos; otro día otro pasó y nos dejó una cerveza; luego llegaron unos helados y muchas preguntas acerca de dónde éramos, cómo habíamos llegado y adónde viajábamos”, cuentan.
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SACANDO CUENTAS
El 1 de mayo Joaquín y Paula tuvieron que devolver el motorhome y alquilaron un departamento, donde esperan que la aerolínea Deutsche Lufthansa les confirme un vuelo de repatriación el próximo 18 de mayo. “En Hungría somos alrededor de 50 argentinos. Todos estamos en contacto con las autoridades de la Embajada Argentina pero, hasta el momento, no nos dieron una respuesta", cuenta el rosarino. Infobae intentó obtener algún dato o confirmación respecto de dicho vuelo, a través de Cancillería, pero no fue posible.
Mientras tanto, Joaquín y Paula dosifican la comida, sacan cuentas para hacer rendir el dinero al máximo e intentan disfrutar de las pequeñas cosas. “Acá la primavera es un espectáculo. Al verde de los árboles se le suman los animales: es común ver zorros, faisanes y todo tipo de aves”, dice Joaquín que, si algo aprendió en esta travesía, fue a sobreadaptarse.
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