La madrugada del 18 de enero, mientras los diez rugbiers golpeaban y pateaban a Fernando Báez Sosa en la puerta del boliche Le Brique de Villa Gesell, en Capital Federal, sus padres dormían en su departamento del barrio de Recoleta. Cuando el reloj marcó las 6, como todo los días, Silvino Báez se levantó para ir a trabajar. Minutos después, comenzó a sonar el celular de Graciela Sosa. La mujer atendió, pero como no se había puesto los anteojos no podía ver quién la llamaba.
“¿Quién habla? ¿Quién habla?”, preguntaba.
Una voz anónima y lejana le contó que a su único hijo, Fernando, que veraneaba en la costa con amigos, lo habían llevado de urgencia al hospital. Le dieron un número para que se comunicara y colgaron. Sentada al pie de la cama Graciela empezó a temblar.
Un rato después volvió a sonarle el celular. Era un compañero de colegio de Fernando. El chico le dijo que no sabía nada de su hijo porque estaba demorado en la Comisaría de Villa Gesell. Preocupada, Graciela se puso en contacto con Julieta Rossi, la novia de Fernando. Su voz entrecortada en el teléfono lo decía todo. Pero aun así la mujer se permitió dudar. Hasta que volvió a sonar el teléfono, pero esa vez atendió su marido.
Cuando colgó el llamado, a Silvino Báez no le salían las palabras.
“Fernando está muerto", dijo.

El testimonio forma parte de la entrevista que brindó Graciela Báez Sosa en el programa “Crónicas de la tarde” por El Trece. Por primera vez desde el asesinato de su hijo, hace quince días, la mujer contó con lujo de detalles cómo atraviesa este calvario. Tras recibir la noticia, Graciela no supo qué hacer.
“Empecé a golpear a mi marido con toda mi fuerza. ‘¡Mentira! ¡No es verdad!’, gritaba. ‘Mi bebé’, pensaba. Enseguida salimos para Villa Gesell. El viaje se hizo interminable. Aun así tenía esperanza: pensaba que capaz se habían confundido. Hasta que fuimos a la comisaría y me dieron su cédula de identidad. Fue, es y será el día mas triste de mi vida”, contó la mujer, que luego dio precisiones acerca del momento en que tuvo que ir a reconocer el cuerpo de su hijo.
“Tenía ganas de abrazarlo pero no podía: estaba muy deteriorado por todo los golpes que le dieron. Me arruinaron la vida. Todavía no puedo creerlo, pero es verdad”, sostuvo entre lágrimas.

La noche antes de que su hijo viajara a Villa Gesell, Graciela cocinó empanadas y pizza y compró sándwiches para despedirlo. “Vino Julieta y les propuse que desarmaran el arbolito de Navidad. Cuando terminaron, Fer se puso a armar la valija y nos preguntaba qué ropa podía llevar. Vivíamos los tres felices con Julieta, que se había incorporado a la familia. Me destruyeron la vida, pero tengo que ser fuerte para que se haga justicia por mi hijo”, sostuvo.
Acerca de su rutina, Graciela contó que por ahora no volvió a trabajar, que toma una pastilla para dormir y que trata de no mirar televisión porque le hace mal. También, reveló que unos días después de enterrar a su hijo se animó a mirar el video de la golpiza fatal. “Aproveché que en casa estaban todos durmiendo y busqué en YouTube: quería saber cómo le hicieron eso. No sé por qué lo hicieron. No tienen sentimientos, ni siquiera le dieron la oportunidad de defenderse. Después no pude volverme a dormir”, dijo.
La entrevista fue extensa y tuvo varios quiebres. Uno de ellos, fue cuando la mamá de Fernando contó que su novia, Julieta, lo seguía llamando al celular. “Cuando nos dieron las pertenencias de mi hijo, guardé su teléfono en la caja. A la mitad de la noche me desperté porque no paraba de sonar. Era Julieta”, contó con tristeza.

En el extenso reportaje junto a la periodista Mónica Gutiérrez, la mamá de Fernando Báez Sosa recordó cómo fue que ella y su marido Silvino recibieron el llamado del papa Francisco el pasado 2 de febrero a las 10 de la mañana.
Según la mujer, el Sumo Pontífice no usó intermediarios para comunicarse con los Báez Sosa sino que los llamó directamente. “Atendió mi marido y lo escucho decir: ‘¿Quién habla? ¿Quién?’. Ahí me miró y me dijo: ‘Es el Papa’. Enseguida puso el altavoz así yo también podía escucharlo. Nos dijo que no era fácil por lo que estábamos pasando y que él está con nosotros. Además, aseguró que Fernando está presente en todas las misas y nos recalcó que podíamos contar con él. Al final de la charla prometió que iba a volver a llamarnos, pidió que tuviéramos fuerza y dijo que nos daba su bendición”, contó Graciela.
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