
Larissa tenía 21 años y había viajado a Barcelona para cursar un máster en Género y Comunicación. Naza tenía 24, vivía en esa ciudad y estaba dejando de ser ilustradora “a secas” para convertirse en ilustradora erótica. Las dos buscaban una compañera de departamento que fuera feminista, y fue así que se imantaron y se convirtieron en roommates. La “confesión” llegó rápidamente, mientras miraban juntas videos sobre sexualidad para encender esas ilustraciones eróticas.
“Me acerqué y, con toda la vergüenza del mundo, le confesé que yo me había masturbado por primera vez el año anterior, a los 21 años”, cuenta a Infobae Larissa Pagán, que es puertorriqueña. “Pensé que me iba a botar de la casa o iba a pensar ‘¿y a ésta qué le pasa?,’ pero no fue eso lo que pasó”. Naza, que es española, no se sorprendió: ella también se había masturbado por primera vez el año anterior, a los 23.

Que se hayan animado a hablar del tema con pudor y en tono de “confesiones” puso en evidencia el tabú que existe alrededor de la masturbación femenina. “Enseguida dijimos ‘aquí hay algo’. Y empezamos a hacernos las primeras preguntas", recuerda Larissa, que es comunicadora con perspectiva de género. "Yo nunca había hablado del tema con ninguna de mis amigas, no sabía que se podía hacer. Y mi mamá había súper abierta para hablar de sexualidad pero no desde el autodescubrimiento sino desde la hétero-monogamia, es decir, desde cómo complacer sexualmente a un varón”.
“Ahí pensamos ¿pero será que otras mujeres se masturban? ¿por qué nadie habla de esto? ¿por qué no lo vimos en películas, como sí lo vimos en los varones ?". A diferencia de lo que sucede con los hombres, Larissa -como muchísimas otras mujeres- había estado cinco años en pareja antes de masturbarse por primera vez.
“La poca o casi nula educación sexual que recibimos nos cuenta que los varones tienen sueños mojados o en las películas vemos que se tocan solos bajo las sábanas o incluso en grupo. ¿Por qué parece que ellos se descubren solos en la adolescencia y nosotras tenemos que esperar a un otro, el Príncipe azul, a quien entregarle nuestra sexualidad?”, se preguntó.

Naza Dos Santos, que tiene 26 años y es lesbiana, dice que tardó tanto porque nadie hablaba del tema, mucho menos en referencia a la diversidad sexual. “Yo pensaba ‘si los adultos no hablan de eso debe ser que para las mujeres está prohibido, está mal’. Además, empezar a masturbarme fue aceptar mi verdadera orientación sexual: aceptar que no iba a pensar en hombres, como siempre nos mostró la pornografia, sino en mujeres”.
Larrissa se propuso investigar el tema para su trabajo final del máster en la Universitat Autónoma de Barcelona. Empezó a hacer entrevistas y enseguida se dio cuenta de que estaba amasando un libro. “Sola me gusto”, con sus textos, los relatos de algunas de esas mujeres (entrevistaron desde jovencitas hasta ancianas de distintos países, con distintas orientaciones sexuales y diversidad de cuerpos) y las ilustraciones eróticas de Naza.

Las conclusiones las dejaron impactadas: “Yo pensé que era un problema de América central o América Latina y que en Europa era todo más liberal, y resulta que no. Las pocas chicas que habían tenido educación sexual había aprendido sobre prevención de embarazos no deseados, de enfermedades de transmisión sexual o de la menstruación: a ninguna le habían hablado del placer, del clítoris, de la importancia del autodescubrimiento. A nadie le habían dicho que las mujeres también podían”, sigue Larissa.
Sigue Naza, que es europea: “Los adultos, si es que intentan explicarnos este tipo de cosas, se saltan un paso crucial y es que las primeras personas importantes somos nosotros mismas. Lo que predican es que basemos todo nuestro descubrimiento en satisfacer el deseo sexual de otra persona, lo que provoca un vacío, una carencia. Y ese otro suele ser un hombre cis por lo que también se coarta la diversidad”.
¿Qué es un hombre cis? Para simplificar, son todos los hombres que no son trans. Es decir, la enorme mayoría de la población, lo que habitualmente llamamos “los hombres” (nacieron con genitales masculinos y se autoperciben hombres).

La española agrega: "Si la sociedad te dice que perteneces a un otro, tú rompes con eso y ves que tu cuerpo sólo es tuyo, ahí empieza el cambio. Cuando te conoces, te quieres y entiendes que eres suficiente, ahí empieza el cambio. Si todo empuja nuestra intimidad hacia el secreto y tú la sacas, ahí también hay movimiento”.
Fue Alessandra Rampolla, sexóloga puertorriqueña, quien escribió el prólogo del libro Sola me gusto. “El marco patriarcal que aún rige nuestra cultura no prioriza el placer en la experiencia sexual femenina, por lo que temas muy básicos de categoría ‘principiantes’, como el autoplacer, no son celebrados y avalados en la mujer como lo son en el hombre. De ellos se espera una activa práctica masturbatoria en la adolescencia, por ejemplo. Nosotras, en cambio, no gozamos de ese aval social que nos invita a tocar, frotar, penetrar y descubrirnos. Si a eso le sumamos la pobrísima información anatómica y sexo- funcional que tenemos respecto al cuerpo femenino -hola, clítoris, qué lindo finalmente conocerte- no es difícil ver que enfrentamos importantes obstáculos para poder descubrir nuestros placeres y potencial orgásmicos (...).

Sobre el final, dice: “El silencio que históricamente suele acompañar a la masturbación femenina ha potenciado su fuerza como tabú sexual. Es justamente ese silencio y esa omisión al placer lo que combatimos cuando elegimos adueñarnos de nuestros cuerpos y empoderarnos mediante nuestra fuerza erótica femenina”.
¿Por qué habla del marco patriarcal? Javiera Tapia Torra, chilena y productora del proyecto Sola me gusto dice a Infobae: “Vivimos en una sociedad machista, por lo que los varones han influido mucho para que su sexualidad sea conocida, su placer. Lo que ellos quieren es conocido por todos a través de la cultura: la pornografía, la publicidad, el cine. Hemos crecido sabiendo qué le gusta al ‘hombre promedio’, es decir, al hombre blanco heterosexual. Las mujeres hemos crecido con la idea de que nuestro cuerpo debe ser de determinada manera y que tenemos que fingir, exagerar en función de lo que pensamos que quieren ellos”.
Larissa, agrega: “El hecho de que las mujeres estemos investigando es una suerte de reparación histórica. Nunca un hombre decidió investigar nuestro placer, sólo se abordó lo biológico o médico. El silencio es parte del sistema patriarcal porque permitirnos conectar sólo con la reproducción y no con el autoplacer es una forma de opresión de nuestro deseo".
Las frases que más se leyeron en las redes sociales durante el debate por el aborto legal ponen en evidencia ese castigo al placer: “Si te gusta el durazno bancate la pelusa”, o “bien que te gustó abrir las piernas”. Dice Javiera: “Estamos diciendo ‘mi cuerpo, mi decisión’, también en este tema".

La idea del proyecto es hablar de autodescubrimiento y de autoplacer para ayudar a derribar tabúes, “no solamente para que las nuevas generaciones puedan tener información sino las mujeres grandes: nuestras madres, nuestras abuelas. Hay muchas mujeres que nunca han tenido orgasmos y siempre han dependido de lo que sus maridos quieren”, agrega Javiera. Una de las entrevistadas de “Sola me gusto” es la abuela de Larissa, que tiene 73 años.
El proyecto va más allá del libro. Armaron sesiones de fotos con mujeres desnudas con la idea de que aprendan a valorar sus cuerpos y vean que "no hay un tipo de cuerpo al que aspirar sino que cada cuerpo es único”, cierra Naza. Pronto van a repetir la idea de convocar mujeres -esta vez serán las que militan el “activismo gordx” en Chile- para fotografiarse desnudas.

Ya presentaron el libro en la Ciudad de Buenos Aires y hoy lo harán en Rosario. La idea que quieren promover es la que se desteje en la bajada del libro: “Sola me escucho, me huelo, me veo y sola me toco”.
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