Peron, sinfonia del sentimiento - de Leonardo Favio (extracto)

-Desde esta hora, que será histórica para la República, que sea el coronel Perón el vínculo de unión que haga indestructible la hermandad entre el pueblo, el ejército y la policía. Que esta unión sea eterna e infinita, para que este pueblo crezca en esa unidad espiritual de las verdaderas y auténticas fuerzas de la nacionalidad y del orden, que esa unidad se indestructible e infinita para que nuestro pueblo no solamente posea la felicidad, sino también para defenderla dignamente – dice el propio Juan Domingo Perón, hablando de sí mismo en tercera persona.

Pasaron ya las once y media de la noche del miércoles 17 de octubre de 1945 cuando Perón, vestido de civil, le habla desde el balcón de la Casa Rosada a la multitud que, reunida en la Plaza de Mayo y sus alrededores, reclamaba su presencia desde hacía horas. Algunas fuentes hablan de medio millón de personas, otras de alrededor de 300.000, pero las imágenes grabadas no dejan dudas: la plaza está colmada.

Desde la mañana temprano, las columnas de trabajadores venían confluyendo en la Ciudad de Buenos Aires. Habían llegado desde Berisso, Ensenada y La Plata, desde el sur del Conurbano Bonaerense, desde La Matanza en el Oeste. Decenas de miles de personas habían cruzado el Riachuelo, sin detenerse cuando el gobierno del general Edelmiro Farrell –nacido en el sur bonaerense- ordenó levantar los puentes en un vano intento de detenerlas.

El día anterior, martes 16, el Comité Central Confederal de la CGT había llamado a un paro general para el jueves de 18, pero la multitud le había ganado de mano y ese miércoles 17 quería ver con sus propios ojos a Perón, por entonces detenido en el Hospital Militar.

Durante todo el día, el gobierno de Edelmiro Farrell, del que Perón había sido secretario de Trabajo, ministro de Guerra y vicepresidente, había negociado con el coronel para que detuviera la movilización.

Una negociación febril

Las tratativas habían estado a cargo del nuevo ministro de Guerra, general Eduardo Ávalos, curiosamente el hombre que el día en que Perón cumplía exactamente 50 años (el 8 de octubre de ese 1945) sublevó las tropas a su mando en Campo de Mayo para que Farrell corriera de la escena a ese incómodo coronel.

Sin embargo, Ávalos no percibió que menos de diez días después se le vendría encima ese “aluvión”. La referencia viene a la designación del diputado radical Ernesto Sanmartino, quien meses después, en pleno gobierno de Perón, refirió ese 17 de octubre como “el aluvión zoológico”.

Perón había sido detenido el 13 de octubre y llevado a la isla de Martín García pero, ante el clima creciente de sublevación popular y por consejo de los médicos que se trasladaron a la isla, finalmente, fue traído a Buenos Aires e internado en el Hospital Militar.

Farrell y Ávalos se dieron cuenta que se habían metido en un berenjenal y pactaron que Perón hablaría a los manifestantes para tranquilizarlos, que no debía hacer referencia a su detención y que, además, les pediría que se retiraran; como contrapartida, el gabinete renunciaría en su totalidad, Farrell quedaría al mando del Ejecutivo pero Ávalos solicitaría su retiro.

Un nuevo tablero político

Ya era casi la medianoche de aquel larguísimo miércoles 17 cuando Perón cumplió con lo prometido a Ávalos, pero no sin hacer una nueva demostración de fuerza, pidiéndole a la multitud que se quede unos minutos más.

-He dejado deliberadamente para lo último, el recomendarles que al abandonar esta magnífica asamblea, lo hagan con mucho cuidado. Recuerden que ustedes, obreros, tienen el deber de proteger aquí y en la vida a las numerosas mujeres obreras que aquí están (…) Y ahora, para compensar los días de sufrimiento que he vivido, yo quiero pedirles que se queden en esta plaza, quince minutos más, para llevar en mi retina el espectáculo grandioso que ofrece el pueblo desde aquí – dijo para terminar con su discurso.

Cuando se retiró del balcón, el coronel Perón sonrió satisfecho. Hacía apenas unos días había dejado por escrito en una carta a Eva Duarte que pensaba en retirarse del Ejército, casarse con ella e irse a vivir al Sur, alejado de la política. Siempre quedarán las dudas de si esa carta no era una celada para Farrell y Ávalos.

Lo cierto es que, ahora, intuía que su futuro será distinto, que podría ser el próximo presidente de la Argentina, consagrado en las elecciones que el gobierno acababa de convocar para febrero del año siguiente.

Nadie, ni siquiera él, había esperado la movilización multitudinaria de ese día, producto de una inesperada confluencia de sectores e intereses que no era fácil de explicar.

Como una novela de Agatha Christie

“Cuando pienso en cómo se produjo el 17 de octubre evoco El asesinato en el Expreso de Oriente, esa novela policial de Agatha Christie donde todos los pasajeros participan del crimen. No hay un solo asesino sino muchos. En ese sentido, podríamos decir que del 17 de octubre participaron, de alguna manera, gran parte de la clase obrera y del movimiento obrero organizado, y también sectores políticos y sociales. La cuestión es cómo distribuimos, por así decirlo, las responsabilidades”, dice con una metáfora extraordinaria el hisotriador Omar Acha, autor de La Argentina peronista. Una historia desde abajo (1945-1955), y de Crónica sentimental de la Argentina peronista.

Para Acha el papel central lo tuvo la movilización casi molecular, no totalmente articulada, de distintos sectores populares y del movimiento obrero, pero sostiene que no es desdeñable el papel jugado por las organizaciones políticas. “Había algunas fuerzas que empezaban a simpatizar con Perón, algunas de ellas venían del radicalismo y son las que luego van a pasar a ser la fracción que lo va a acompañar y va a proveer al vicepresidente (Hortensio) Quijano para la fórmula presidencial. Había también sectores del nacionalismo, particularmente de la juventud nacionalista, e intelectuales y sindicalistas socialistas así como los forjistas, como Jauretche y Scalabrini Ortiz”, explica a Infobae.

El protagonismo de Cipriano Reyes

De los relatos de los protagonistas del 17 de octubre de 1945 quizás el más conocido sea el de Cipriano Reyes, dirigente del Sindicato Autónomo de la Industria de la Carne, con fuerte presencia en los frigoríficos de Berisso. Fue su gente la que organizó y lideró las columnas que avanzaron hacia Buenos aires desde Berisso, Ensenada y La Plata.

En sus memorias publicadas en 1973, Reyes se adjudica, desde el título mismo del libro, un papel central en los hechos: “Yo hice el 17 de octubre”. El texto, escrito casi cuarenta años después del histórico día, es también un ajuste de cuentas con Perón, quien poco después de llegar a la presidencia disolvió el Partido Laborista que lideraba Reyes –y que le había servido de envase electoral– y puso entre rejas al dirigente sindical.

Cipriano Reyes
Cipriano Reyes

“La afirmación que Cipriano Reyes hace en el título también la sostiene en el texto, pero allí dice ‘yo hice el 17 de octubre’, pero agrega ‘no solo’ e incorpora ‘hombres y mujeres que me alentaron y acompañaron y a quienes yo luego cedí el acontecimiento’. Entonces, lo presenta como un movimiento social en el cual él fue ciertamente el actor central pero no el único”, dice Acha a Infobae.

Y agrega:

“El lugar de acción de Reyes era Berisso, en los frigoríficos en Berisso, él ahí cumple un rol de articulador muy importante, donde tiene su base de apoyo social. En sus memorias exagera un poco la relevancia de su actuación, pero es cierto que tiene una centralidad en cómo se organizan los acontecimientos en esa localidad y luego influye sobre el resto del sindicalismo, sobre todo el que está reunido en la Capital”.

Los otros actores sindicales

Si bien no reclamaba la libertad de Perón, el Comité Confederal de la CGT tuvo un papel importante como disparador –quizás involuntario- de las movilizaciones del 17 de octubre, al declarar –el 15 de octubre- una huelga para el 18. En el llamamiento a paro, reclamaban una serie de puntos que incluían el llamado a elecciones, el mantenimiento de las conquistas obreras y la libertad de los presos políticos, aunque sin mencionar al coronel Perón.

Para Acha, la CGT estaba presionada por el clima que se palpaba entre los trabajadores: “Ya había movimientos de descontento, en algunos casos incluso de cese de actividades laborales a lo largo del país y en buena medida, la CGT toma nota de eso que parecía un movimiento más autónomo y llama a la huelga”, explica.

Otros sectores sindicales que participaron en la gestación de la movilización del 17 estaban directamente enfrentados a Cipriano Reyes, a quién no le reconocían liderazgo. “Eso de ‘Yo hice el 17 de octubre’ hacía reír y a la vez indignar a don Aníbal Villaflor. Era obrero de Lanera Argentina y era uno de los dirigentes más importantes en Avellaneda y en el sur bonaerense, donde se había formado el Movimiento de Unidad Sindical. Dos o tres días antes del 17 de octubre, la gente de Villaflor había sacado cien mil copias de un volante que planteaba la huelga en la provincia por tiempo indeterminado y reclamaba la libertad de Perón, así como de dos de sus colaboradores más cercanos: (el teniente coronel Domingo) Mercante y (el contralmirante Alberto) Teisaire. Cuando conversé con él, muchos años después, todavía le guardaba bronca a Cipriano porque se había llevado veinte mil volantes sin haber contribuido a imprimirlos”, cuenta el historiador del peronismo Enrique Arrosagaray a Infobae.

La tapa del diario Época del 18 de octubre de 1945
La tapa del diario Época del 18 de octubre de 1945

También explica que, aunque muy fuerte en los frigoríficos de Berisso, Cipriano Reyes no tenía influencia entre los trabajadores de la carne del resto de la provincia. “Este tema lo conversé también con Guarino Spozari, obrero y dirigente del frigorífico La Negra de Avellaneda. Él no le restaba importancia a Cipriano, pero quiso subrayar que en todos los frigoríficos de Avellaneda mandaban los delegados locales”, dice a Infobae. Se refería a La Negra y también al Anglo, La Blanca y el Wilson.

Aníbal Villaflor fue uno de los sindicalistas que se reunió con el presidente Farrell en la tarde del 17 de octubre. Tanto él como el resto de los dirigentes gremiales le plantearon la exigencia de liberar a Perón y le aseguraron que los trabajadores no se irían de la plaza hasta lograrlo.

“Según el relato de Villaflor, Farrell los escuchó y les facilitó la posibilidad de ir a ver a Perón en el Hospital Militar, cosa que hicieron una hora después. Al coronel Perón le dieron una copia de la declaración difundida y le dijeron que la huelga se ejecutaría hasta su libertad. Perón les pidió que se cuidaran y les contó que él mismo estaba en peligro y que por eso tenía un arma bajo la almohada. Perón les mostró el arma”, explica Arrosagaray.

La fuerza de los inesperado

Esa inesperada confluencia de sectores hasta entonces desarticulados es lo que hizo que la magnitud de la movilización del 17 de octubre de 1945 sorprendiera a propios y extraños. Ni el gobierno esperaba semejante desafío ni los sectores que participaron de ella imaginaban su potencia.

“No sólo fue sorprendente sino que era muy difícil, en ese momento, predecir sus derivaciones. Por eso el gobierno y los opositores a Perón tienen que aceptar y reconocer que está ocurriendo algo allí cuyas consecuencias son impredecibles. Y por eso Perón vuelve a recuperar el poder político y se inaugura el período electoral que lo llevará a la presidencia”, dice Omar Acha a Infobae.

También está sorprendido Perón cuando, faltando poco para la medianoche y desde el balcón de la Casa Rosada, le dice a la multitud que no quiere irse de la plaza. Pero quizá ya intuía algo de lo que sucedería en el futuro y por eso dice:

-Trabajadores: únanse; sean más hermanos que nunca. Sobre la hermandad de los que trabajan ha de levantarse en esta hermosa tierra la unidad de todos los argentinos. Diariamente iremos incorporando a esta enorme masa en movimiento a todos los díscolos y descontentos, para que, junto con nosotros, se confundan en esta masa hermosa y patriota que constituyen ustedes.

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