
En 1895 el científico alemán Wilhelm Conrad Röntgen descubrió los rayos X, un aporte tan inmenso para la humanidad que lo hizo obtener el primer Premio Nobel de Física. La novedad fue incorporada rápidamente al ámbito de la medicina y se diseminó mundialmente. A la Argentina llegó en 1899 y fue el general Julio Argentino Roca uno de los primeros argentinos en realizarse estudios médicos con este avance tecnológico que por entonces era conocido como "Rayos Röntgen".
Siempre atento a las novedades científicas vinculadas con la salud pública –por esa época también fue un gran promotor de una serie de campañas de vacunación– durante su segunda presidencia, específicamente en noviembre de 1899, Roca visitó el llamado "laboratorio de electricidad" donde se llevaban a cabo estos procedimientos. El lugar se ubicaba en la avenida Corrientes, entre Florida y Maipú, en el centro porteño.

En el "laboratorio de la electricidad" esperaba impaciente al mandatario Miguel Ferreyra, un joven médico catamarqueño quien, con valiéndose de sus ahorros -sin recibir ayuda gubernamental o privada- compró los primeros aparatos de rayos X de Argentina.
Poco antes, el mismo Ferreyra había introducido en el país el suero antidiftérico de Roux, fundamental para combatir la difteria y una herramienta central que salvó numerosas vidas.
Ya en el lugar, Roca se dispuso a realizarse los novedosos chequeos.

"El General Roca -señaló entonces la revista Caras y Caretas-, que nunca había experimentado los rayos Röntgen, quiso ver su mano a través de ellos y lo logró. Como el doctor Ferreyra notara que en el dedo pulgar de la derecha había una desviación en el carpo, el General la atribuyó al manejo de la espada, obligatorio en su profesión; pero nosotros pensamos que tal vez sea originada por el truco, al cual el señor Presidente ha sido y es tan aficionado".
Tras tomar una radiografía de la mano, el doctor Ferreyra obtuvo la del tórax del Presidente, "en la que -continúa Caras y Caretas– se pone de manifiesto que el general tiene corazón".

Aquel médico poseía un verdadero oasis científico y vanguardista, en medio del desierto rústico que constituía por aquellos años el país.
Entre otros aparatos médicos con base eléctrica, Ferreyra contaba con uno inventado por él mismo y destinado al público femenino: una máquina que acababa con "el vello inoportuno de la cara destruyendo por el sondaje eléctrico la raíz del pelo, que desaparece para siempre sin el menor inconveniente o la más mínima molestia." Una especie de sistema de depilación definitiva a fines del siglo XIX.

Mientras tanto, el invento de Röntgen fascinaba al mundo entero. No era para menos: el ser humano podía "fotografiarse" por dentro.
Uno de los primeros beneficiados llegó a la prensa alemana en 1896, aunque no revelaron su nombre. Se trató de un joven que durante más de cuatro años "pasó por loco" y terminó recluido en un "hospital de alienados", algo así como cárceles donde se encerraba a las personas con problemas psicológicos.

Según trascendió, se desempeñaba como aprendiz de pastelero hasta que, por cierto altercado, sufrió una herida de bala en la cabeza. Entonces ingresó al hospital más cercano, donde se restableció pronto. Pero, contra la opinión de los médicos, el hombre afirmaba que la bala continuaba alojada en su cabeza y se quejaba de insoportables jaquecas. La falta de respuestas lo llevó a consultar con varios especialistas. Todos llegaron a la conclusión de que estaba fuera de sus cabales y terminó internado. El calvario recién comenzaba. Siempre que algún inspector visitaba el sanatorio, él repetía que llevaba el proyectil. Su insistencia llegó a ser considerada como manía hasta que, luego de cuatro años, fue liberado. Se le recomendó que dejase de hablar la bala.
Los dolores de cabeza seguían siendo constantes. En 1897, en Berlín, asistió a las demostraciones populares de los recientemente descubiertos Rayos X. Logró que el mismísimo Röntgen "fotografiara" su cabeza, y la radiografía reveló que, efectivamente, el proyectil jamás había salido de su cuerpo. El caso causó tanto revuelo en Alemania que algunos periódicos llegaron a publicar los nombres de los médicos que se habían negado a creerle enviándolo al manicomio.

Pero ni aquel hombre ni Roca tuvieron tanta repercusión en la prensa como Rix, un perrito neoyorquino que tragó el anillo de su dueña y fue operado con éxito, luego de localizar el objeto gracias a una radiografía.
En definitiva, para la generación del mandatario argentino los Rayos X constituyeron una novedad gozada a hurtadillas y lograron salvar miles de vidas. Es esta la historia de una luz que, nacida casi en los albores del siglo XX, aún nos ilumina.
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