Daniel López Rosetti es un reconocido médico, especializado en cardiología y técnicas para tratar el estrés (Julieta Ferrario)
Daniel López Rosetti es un reconocido médico, especializado en cardiología y técnicas para tratar el estrés (Julieta Ferrario)

El hombre con el que caminó del brazo hasta hace unas horas por Sevilla no respira. Enfrente del hotel en el que se hospedan, en El Corte Inglés, el mundo continúa: la gente huele perfumes, pasea, vive. A 10 mil kilómetros, en el shopping Unicenter, en la provincia de Buenos Aires, el hijo de la pareja recibe un radiomensaje en su beeper: "Comunicarse urgente con su hermana".

"Busqué un teléfono público y la llamé. Y recibí la noticia: mis papás estaban de vacaciones en España y él había tenido un infarto. Le avisaron a mi hermana", cuenta a Infobae. Un 16 de agosto de 20 años atrás, al tiempo que el padre del médico Daniel López Rosetti se desplomaba sobre los baldosones color crema del lobby del hotel Derby, en Sevilla, en su casa de Villa Ballester los pintores trabajaban a turno completo.

"Les había regalado el viaje a mis papás y quería, para cuando volvieran, que tuvieran la casa pintada. Adentro, afuera, toda. Como era muy poco tiempo, arreglé con un pintor conocido y amigos para que se quedaran a dormir en la casa y así trabajaran durante todo el día. La terminaron, pero sólo la vio mi mamá", recuerda.

En noviembre de 2012 el Congreso sancionó la Ley 26835 que incluye el aprendizaje de técnicas de Reanimación Cardiopulmonar (RCP) en los colegios secundarios gracias al trabajo de López Rosetti
En noviembre de 2012 el Congreso sancionó la Ley 26835 que incluye el aprendizaje de técnicas de Reanimación Cardiopulmonar (RCP) en los colegios secundarios gracias al trabajo de López Rosetti

Su padre falleció un viernes. Daniel tramitó pasaporte de urgencia y llegó el lunes a Sevilla. Su madre, apunta, estaba "como debía estar: llorando". Hasta entonces su especialidad médica era clínica y cardiología.

"Dos cosas emergieron de ese hotel y ese día: a mi papá no le hicieron RCP (reanimación cardiopulmonar), desde ahí trabajo para educar sobre RCP. La otra es que después tuve tuberculosis por inmunosupresión por estrés", señala el médico.

En noviembre de 2012 el Congreso de la Nación sancionó la Ley 26835 que incluye el aprendizaje de técnicas de Reanimación Cardiopulmonar (RCP) en los colegios secundarios. Ocho meses antes, la ley era una idea que López Rosetti dejaba en un sobre de papel madera en la Mesa de entradas del Congreso. Tanto en Cámara de Diputados como en la de Senadores, Daniel siguió las sesiones desde uno de los balcones. El día que se sancionó dio la noticia en el informativo de Telefe, donde es columnista. Y cerró así: "Papi: cumplí".

"Solo con tus manos salvas una vida" era el eslogan con el que trabajó durante meses y llegó, junto a la Cruz Roja Argentina, la Sociedad Argentina de Cardiología, entre otros, a instalar una carpa frente al Congreso en el que se le hizo RCP sin parar a un muñeco durante un día.

“A mis estudiantes de medicina trato de transmitirles lo que no está en los libros, que tiene que ver con el trato al paciente, con el diagnóstico agrandando la oreja, escuchando”, asegura el médico
“A mis estudiantes de medicina trato de transmitirles lo que no está en los libros, que tiene que ver con el trato al paciente, con el diagnóstico agrandando la oreja, escuchando”, asegura el médico

"Le enseñábamos RCP a todos los que pasaban. Había que hacer cien compresiones por minuto a un muñeco de práctica. La idea era lograr 144 mil continuas. Las 24 horas se cumplían cerca de las 8 de la mañana. A eso de las 7 y poquito se empezó a romper el muñeco. Nos planteamos si cambiarlo o no. No lo hicimos. Hoy está en el museo de la Cruz Roja. Tiene nombre: atrás le escribieron Danielito", asegura.

Casado con una ama de casa y maestra jardinera, Daniel tiene tres hijos de 33, 32 y 31 años. Una de las chicas es psicóloga y la otra, licenciada en Arte. El mayor es cardiólogo y comparten consultorio en la calle Ugarteche de la ciudad de Buenos Aires. Es, también, la sede de la Sociedad Argentina del Estrés que creó Daniel, que es, además, piloto comercial de avión.

—¿En qué momento libre hiciste eso?

—Qué sé yo. Compañeros míos son comandantes de Aerolíneas.

—¿Volás cada tanto?

— Ahora no, hace más de un año que no. Pero volé a Malvinas, crucé los Andes. A Malvinas fui dos veces con amigos.

—Meses después de la muerte de tu papá te fuiste de vacaciones a La Lucila del Mar. ¿Qué te pasó?

—Fue un 14 de enero. Empecé con un fenómeno de inmunodepresión.

— Que en alguien que no es médico sería "estoy de vacaciones y de repente siento…"

—Decaimiento. Y me automediqué. Y no anduvo muy bien (ríe). Me ausculté, siempre viajo con estetoscopio. No me gustó el pulmón derecho y fui a Mar de Ajó, que era donde más cerca había un equipo de rayos. Sacaron una radiografía de tórax y vi un derrame pleural. Ya no me gustó. Uno no tiene la tranquilidad de la ignorancia. Repasé todos los diagnósticos posibles y bueno, tuve que suspender las vacaciones. Llamé a un amigo cirujano, le dije que me iba a tener que punzar para sacar líquido y hacer una biopsia de pleura. El diagnóstico más posible era tuberculosis pleural. Inicié el tratamiento y aprendí mucho con la enfermedad.

—¿Qué aprendiste?

— Del ego en el sentido peyorativo, negativo. De la soberbia. A La Lucila fui durante muchos años y siempre llevaba mi telescopio; sacaba fotos de la luna. Para la soberbia recomiendo tres cosas: un telescopio, un reloj y una bacteria. Un telescopio porque si ves el universo y te sentís nada te va a hacer bien. Un reloj para darse cuenta que aún con toda la sapiencia no podés hacer que el tiempo vuelva atrás. Y una bacteria para ponerla entre los dedos, pulgar e índice, apretarla con toda tu fuerza. Aún así, con toda tu fuerza, no la podés matar, porque es tan chiquita que se mete entre los pliegues. Así de chiquitita como es se mete y puede matarte.

López Rosetti es presidente de la Sociedad Argentina de Medicina del Estrés (SAMES)
López Rosetti es presidente de la Sociedad Argentina de Medicina del Estrés (SAMES)

—Hablaste de la tranquilidad de la ignorancia. ¿Te gustaría no saber algunas cosas?

— No. Creo que siempre que aprendés algo hay diez preguntas nuevas. Lo lindo es no saber porque es lo que te estimula a seguir adelante. Cuando empecé con síntomas y viendo el derrame pleural como médico no tenía la tranquilidad de la ignorancia, con lo cual se me ocurría desde cáncer hasta una enfermedad inmunológica. Uno repasa. A lo mejor vos tenés fiebre y decís "tengo fiebre". Yo tengo fiebre… ¿qué será?

—¿Un médico piensa lo peor como primera opción?

—En mi caso no porque soy muy optimista. Pero cuando mi hija menor un día vino con un análisis de 22 mil glóbulos blancos lo primero que pensé fue en leucemia y me desesperé. Era un error de laboratorio. Pero sí, yo sabía que podía ser leucemia. Llamé a colegas hematólogos, empecé a darle vueltas. Pero bueno, repitieron el análisis y era un error.

— ¿Te sorprendió tu reacción?

— No, porque "en casa de herrero, cuchillo de palo". Obviamente soy médico en casa, pero hasta que pasa un cierto punto elemental. Ahí ya el médico es otro, siempre.

— Cuando vas hoy a Unicenter, ¿qué te pasa?

—Las emociones no se medican; se procesan. Yo procesé. Con tiempo y con filosofía. No importa lo que sucede sino lo que vos crees que sucede. Vos podés cambiar el mundo si cambias tu cognición, tu visión. La realidad no existe sino desde los propios procesos subjetivos: existe lo real, pero la realidad es individual. Vos podés modificarla con una visión positiva. No se es feliz espontáneamente, le tenés que poner pila.

—Te he escuchado decir que la medicina "junta la ciencia con el trato humano". Algunos pacientes no estarían tan de acuerdo.

—Puede ser. A mis estudiantes de medicina trato de transmitirles lo que no está en los libros, que tiene que ver con el trato al paciente, con el diagnóstico agrandando la oreja, escuchando.

—¿Falta que escuchen un poco más los médicos?

—Sí. En la sociedad moderna nadie escucha demasiado, hay sobredosis de redes sociales. Están bárbaras, pero recomiendo aumentar la dosis de red social de carne y hueso. No ver tanto el mundo a través del celular sino con los propios ojos.

López Rosetti participa en medios y es autor de una serie de libros vinculados con su especialidad
López Rosetti participa en medios y es autor de una serie de libros vinculados con su especialidad

—¿Te encariñaste alguna vez con un paciente?

—Recuerdo enfermedades y especialidades que aprendí con pacientes. Sé con quién aprendí de hematología. Lo conocí en mi primer año de residente de Clínica Médica y falleció en mi último año. Lo iba a ver a la casa, cosa que me recomendaban no hacer.

—¿Te decían que no fueras?

—Claro. Pero bueno, era un paciente con el que me encariñé mucho. Hoy, cuando hago un diagnóstico relacionado con la hematología me acuerdo de él. Me pasa así con muchos.

—¿Cuál fue el mejor regalo que te hizo un paciente?

—Fue en el Hospital Thompson. Hice una sutura a un hombre que trabajaba en una gomería. En un accidente perdió la primera falange de un dedo. Era sábado, yo estaba de guardia. En ese momento me compraba unas agujas atraumáticas que vienen directamente con el hilo atrás, enganchado, para evitar lastimar. Las compraba a una cuadra del hospital. Al tiempo, como al mes y medio, yo salía de la guardia y lo venir hacia mí. Me saludó y me mostró su dedo, que aún estaba vendado, aún estaba con las curaciones. "Ya no trabajo en la gomería porque no puedo, pero vendo medias en la calle y le quiero regalar estas tres". Fue muy lindo. Al hospital me traen tuppers con comida, con cosas que hacen. Hay gente que me compra maní, pistachos, o un Bon o bon.

—¿Qué te frustra como médico ante un paciente?

—Cuando se me acaba la medicina, cuando no puedo hacer algo más. Y eso pasa.

—Ahí, ¿qué hacés?

— Acompaño.

—Siendo médico, ¿qué sería automedicarse?

—Hacer algo que va más allá de los fármacos habituales y donde ya esté la soberbia.

—¿En la Lucila fuiste soberbio?

— No. Ya tenía el telescopio.

Hace un mes Daniel viajó a Madrid; estaba invitado a una charla en la Universidad Complutense. Cuando terminó, tomó el tren a Sevilla. Veinte años después, entró al lobby del hotel donde falleció su papá.

—¿Necesitabas ir?

— Sí, fue un cierre lindo. Me quedé en el lobby un rato y me saqué fotos. Crucé a la plaza que está enfrente y me quedé sentado en un banco, un rato largo.

—¿Qué necesitabas?

— No quería que quedara como un lugar feo, porque no lo fue. El día anterior a morir mi papá me llamó para darme las gracias por el viaje y por el reloj que se había comprado.

Fotos: Julieta Ferrario

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