
"Ángel se libera un poco después de las 17, vengan a esa hora", dice una mujer, con un tono amigable, del otro lado del teléfono. Es que es entonces cuando el hombre hace un parate en medio de tanto frenesí para apoyar la bandeja de metal sobre la barra y detenerse a charlar. Descansa sin realizar ni un suspiro, como si sus 66 años no acusaran ningún cansancio o dolor fruto de la jornada laboral. "Quizás en un año me tenga que ir", dice a Infobae. "Ojalá que no", agrega antes de que le pregunten por qué.
Ángel Sosa lleva 41 años trabajando en el mítico Café Tortoni, ubicado en Avenida de Mayo 825. "Toda una vida", expresa con una sonrisa en el rostro, como quien contempla el fondo de la casa y acaricia al perro al pasar. Su lugar de trabajo es ese patio en el fondo de su casa. El emblemático Tortoni cumple 160 años, y Ángel es el empleado que más tiempo lleva trabajando allí.
"Soy el más antiguo y la realidad es que hubo un día en el que trabajar se convirtió en un divertimento. Estar acá es agradable, me conocen todos, tengo demasiadas anécdotas atesoradas en mi corazón", revela el hombre que mantiene en su cabeza "las dos fechas que marcaron mi vida". El 12 de enero de 1977 y el 15 de enero del mismo año. "La magia de este café es superadora. Entré a trabajar y a los tres días me casé con Clara, la mujer que me dio cuatro hijos y a la cual nunca dejé de amar. También tengo dos nietos", cuenta.

Pero detiene el relato y regresa al comienzo. "Te quiero explicar por qué dije que ojalá pueda seguir. Es que el año que viene me jubilo. O eso debería pasar. Pero acá me dijeron que podía seguir trabajando y la verdad es que yo físicamente me siento bárbaro, así que no me quiero ir", confiesa Ángel, que ni quiere pensar en sus mañanas y tardes en su casa, sin el olor a café y medialunas que son parte del perfume que lleva consigo.
Ángel, oriundo de Saladas (Corrientes), vio a presidentes ("todos desde 1983"), poetas, escritores, artistas y deportistas del otro de la barra. Él comenzó detrás, ansioso por cruzarla y calzarse el moño. "Un día vine a trabajar y me dieron una bandeja. No lo podía creer, yo era jovencito y le estaba sirviendo el té a Jorge Luis Borges". Rememora (y añora) aquellos tiempos como "los que nunca volverán, es así".
"La mesa de contreras estaba allá", dice Ángel, mientras señala un conjunto de sillas desparramadas que alguna vez supieron estar unidas. "Era un grupo de personas que no se conocían, pero charlaban tanto de mesa a mesa que un día comenzaron a juntarlas. La llamábamos así porque siempre estaban discutiendo: de política, de fútbol, de todo. Pero siempre con respeto, nunca hubo violencia".

—¿Extrañás esa época?
—Mucho. Eran otros clientes, todos de acá. Clientes fijos, que sabían tu nombre, ocupaban siempre la misma mesa y se entremezclaban con celebridades, políticos y personalidades del exterior. Atendí a Ernesto Sábato, Diego Maradona, Francis Ford Coppola, Horacio Ferrer… Son tantos, con tantas anécdotas, que es imposible no emocionarse.
—¿Y de la época actual qué te gusta?
—La cantidad de extranjeros que vienen al café. Hace muchos años venían de Europa y Estados Unidos. Ni hablar de los brasileños, que entran, me miran el nombre en la solapa del saco y comienzan a charlar. Pero ahora me sorprende la cantidad de asiáticos que visitan el café. Todos con una sonrisa y la incertidumbre de qué sucede acá. Y se dan cuenta de que además de un rico café hay historia, buena atención y una ambientación que pocos lugares tienen en Buenos Aires.

—¿Hablás inglés?
—(Se ríe) No, para nada. O en realidad sí, algunas palabras, las que me sirven para iniciar una conversación o para entender lo que quieren pedir. Me gusta, cuando tengo algún espacio de tranquilidad, hablar con ellos y que me cuenten de dónde vienen, cómo están. Las señas y los gestos ayudan mucho, eso lo aprendés con los años.
—¿Qué sentís cuando llegás a trabajar?
—Para mí el Tortoni es lo máximo. Hice toda mi vida acá. Los mejores momentos los viví en este lugar, en donde conocí gente maravillosa, me nutrí de una sabiduría que es única y solo se consigue hablando con la gente. Entender qué les pasa, qué sienten, qué sucede en el lugar en el que viven. Todo eso es impagable. Y sobre todo cuando alguien de afuera te cuenta lo hermoso que es Argentina.

Dedicó más de 20 minutos para contar su vida. O una parte. "Hay una cola larguísima, te dejo porque tengo que volver a atender", explica Ángel, que antes de despedirse pide contar que su mujer está terminando una casita en Posadas, Misiones. "Ella es de allá y es en el lugar en el que vamos a vivir nuestros últimos años. Calculo que eso ocurrirá en tres años, no más. Pero bueno, te dejo. Gracias por venir".
Fotos: Guillermo Llamos
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