
La mayor virtud (la mayor destreza) de un mago es hacer aparecer cosas de la nada. Es siempre concreto: nunca abstracto. Visible: nunca invisible. Sin embargo, el lunes 26 de marzo del Año de Gracia de 2018, muy lejos del Obelisco, de las quebradas del norte, de los páramos patagónicos, sucedió lo contrario…
Fue algo que encerró las más nobles emociones humanas: la pasión, el dolor por los caídos, la indescriptible emoción de ver, en placas de mármol, a más de tres décadas y un lustro, los nombres de aquellos caídos…
El lejano, remoto punto del mapa (pero también cercano y presente), flotando en el inmenso Atlántico Sur, se llama Islas Malvinas.
Allí y ese largo, inolvidable, histórico día, 90 almas se encontraron con sus hijos, sus hermanos, sus todo. Y por fin, las placas que antes decían "Soldado argentino sólo conocido por Dios", lucían con los nombres de los héroes grabados para siempre.

Ya es posible llorarlos y recordarlos en su exacto punto de eterno descanso, no en la angustia de preguntarse, día y noche, ¿adónde, en cuál de esos rectángulos helados están?
Alguien que estuvo allí me dijo al otro día:
–Ver a una madre llorando y gritando el nombre de su hijo es desgarrador, pero ver a tantas en el mismo escenario y con igual sentimiento es inenarrable.
Tan real e irreal como parece el cementerio de Darwin dibujado en esa tierra hostil y ensangrentada en las batallas de aquella guerra. Simetría. Blancas cruces de mármol. Perfección y grandeza bajo el cielo. Y una mezcla de emociones casi irreal, pero terriblemente real.
Vamos llegando al punto clave. A la respuesta.
Porque… ¿quién echó a volar dos aviones hacia el helado sur para llevar a tantos hombres y mujeres a cerrar el más doloroso enigma: el de la identidad desconocida?
Fue un mago… Nadie pudo verlo… Su nombre: Eduardo Eurnekian.

Hijo de padres exiliados que escaparon del genocidio armenio, héroe nacional en el país de sus ancestros, siente a la Argentina y sus símbolos en el corazón y en las acciones.
Gran referente en el mundo de los negocios, su perfil en Forbes dice que su fortuna asciende a 2.700 millones de dólares. Y puntea:
*En la década de 1990, ganó $ 750 millones en la venta de la empresa argentina de televisión Cablevisión.
*Bajo su Corporación América, Eurnekian y sus socios poseen más de 50 aeropuertos en todo el mundo, lo que reporta ingresos de más de $ 2 mil millones.
*Otras empresas incluyen la fábrica de chips Unitech Blue, una instalación de producción de biodiesel y tierras en Armenia utilizadas para la producción de frutas y el vino.
Como dato final: las terminales de sus 52 aeropuertos recibieron más de 71 millones de pasajeros y más de 800 mil aviones en 2016.

Y es bueno y justo saber que ese milagro del lunes 26 de marzo en las Malvinas, cuando los emocionados 214 familiares aterrizaron en Mount Pleasant para llegar a Darwin a homenajear a sus seres amados, lleva su exclusiva firma.
No lo hizo el Estado argentino, ni los ingleses, ni las Naciones Unidas, ni la OEA, ni una ni cien ONG. No lo pensaron, no lo hicieron, no lo pagaron. Todo fue obra de Eduardo Eurnekian, de Aeropuertos Argentina 2000. Obra secreta que empezó mucho antes de ese lunes.

Primero, hace ya años, fue el responsable de la reconstrucción del cementerio. El descanso final de los que murieron defendiendo su bandera.
El constructor fue Hermenegildo Ocampo Chaparro. Trabaja con Eurnekian hace más de tres décadas. Quince años atrás, en silencio, Eurnekian ya estaba cerca de la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas e Islas del Atlántico Sur cuando lo llamó el entonces embajador británico Robin Christopher:
—Estuvimos con familiares de los caídos, y nos dijeron que hace veinte años que los distintos gobiernos les prometen hacer un monumento en Malvinas…, pero no pasó nada. Y el gobierno actual les dijo que "en este momento no es prioridad hacer este cenotafio".
Dios… ¿cómo algo tan profundo debe esperar un burocrático turno?


Por entonces, en Malvinas estaba el primer cementerio, construido con la supervisión de la Commonwealth War Comission después de la guerra de 1982, y luego de que el coronel Geoffrey Cardozo recogiera todos los cuerpos de los argentinos enterrados en los campos de batalla y les diera digna sepultura en Darwin.
Era un cementerio sencillo, con una empalizada como las de campo, y las doscientas treinta cruces en madera.


Eurnekian entró en juego. Profundamente comprometido con Malvinas, su gesta, su tragedia. Dijo: "Yo haré ese monumento en Darwin". Con la firmeza de un empresario, pero el alma de un hombre sensible. Un hombre que –pocos lo saben– ama la ópera: un exquisito rasgo del alma…
La comisión le pidió entonces algo muy especial y acaso innecesario:
—Respete el deseo de siete madres que eligieron siete cruces sin nombre…, como si fueran las tumbas de sus hijos…
Eduardo Eurnekian, a su manera, con decisión y sin meandros, proclamó:
—¡Yo voy con todo!
Y a la carga, como en una batalla, llamó a Chaparro. Le pidió que buscara contratistas y empezara el proyecto, que ya tenía un plano creado por el arquitecto Carlos Daprile y aprobado por la Comisión de Familiares.


El monumento, con material argentino y a cargo de la empresa Prenova, fue prefabricado entre noviembre y diciembre de 2003. En la provincia de Buenos Aires, y a cargo –por supuesto–de Eduardo Eurnekian. El mago en cuestión…
Pero –siempre hay un pero, y más en este trágico caso– faltaba que el gobierno de Malvinas aceptara el traslado del material hacia la isla Soledad. Porque hasta la muerte de los héroes exige discusiones y papel sellado y tres copias…
Una de las madres que perdió a su hijo le dijo a Chaparro:
—Estoy muy enferma. No voy a poder viajar ni ver terminado el monumento.
Chaparro le contó el episodio a Eurnekian:
—Hay una señora que por su salud no cree llegue a ver el cenotafio.
Eso, para el empresario, fue más que un ruego: fue una deuda de honor. Entonces, juntos, en el playón de la Terminal de Cargas Argentina del Grupo Aeropuertos Argentina 2000 –donde hoy está la terminal C de Ezeiza–sacaron todas las cosas allí depositadas, y con las grúas que mueven los aviones armaron un cenotafio con los nombres de los caídos, como una maqueta… ¡de tamaño natural!, igual al monumento que se haría en Darwin.

En enero de 2004, frente a ese monumento, se firmó el acuerdo para llevar a las islas las partes del cenotafio, prearmadas.
Empieza el periplo. Las partes del cenotafio, en diecinueve camiones, llegan al puerto de Campana, y desde allí, en un barco de bandera Noruega, van hacia Malvinas. Pero es solo un primer paso. Sigue la secuencia…
Desde Puerto Argentino, en veintidós camiones, las partes llegan a Darwin. Y lo arman el paraguayo Chaparro, que no necesitaba visa, el arquitecto, con permiso especial como artista, y siete isleños. Entre ellos, una mujer…

Respetan el plano del cementerio. Las cruces de las siete madres. Ponen las 230 placas de granito, 121 con la leyenda "Soldado Argentino Solo Conocido por Dios" .
Todo hecho en la Argentina por el marmolero Calello: el mismo que para el 26 de marzo de 2018 hizo las placas con los nombres de los 90 soldados identificados.
Pero volvamos al pasado. Marzo de 2005: se hace la entrega oficial del monumento a las familias de los caídos. Sin prensa ni alharaca, y durante toda esa misión (lo hace siempre que puede), Eduardo Eurnekian viajó a las Malvinas. Porque los ojos y las manos de un mago no suelen dormirse cuando hay tanto público, tanta ansiedad, tanta tensión.
Desde entonces, fielmente comprometido con esas islas y sus muertos –y más allá del manejo de sus enormes empresas–, se ocupa de que todo –tumbas, placas, cruces, mármoles– mantengan su brillo, su pulcritud, su majestad.

¿Por qué ese compromiso tan sanguíneo? Porque quiere y siente a la Argentina, su país, pero también cada uno de sus símbolos.
Entre el infinito espinel de obras, empresas, intentos, sueños, Eurnekian fue productor de teatro. Y de buen oído y ojo: eligió a Astor Piazzolla y su operita María de Buenos Aires.
Piazzolla, ese otro mago, que cierto día le dijo:
—Van a vender la casa de Carlos Gardel… y van a demolerla.
Corría el año 1996. Eurnekian era dueño del multimedios América. Compró la casa de Gardel, y la donó al gobierno de la ciudad. No iba a permitir que ese símbolo muriera.

Volviendo a Malvinas… Eurnekian supo que las familias querían viajar a honrar a sus seres queridos luego de la identificación. Y en reuniones con la Comisión de familiares y el embajador británico Mark Kent, dijo: "Yo me hago cargo". En su cabeza y en su corazón no entraba que, pasados 36 años de paciente espera, las familias de los guerreros caídos no pudieran volar a dejarles una lágrima y una flor a sus hijos ya identificados.
Por eso se puso su capa de mago, creó ese milagroso lunes 26 con un golpe de su varita… y desapareció. Eduardo Eurnekian no estuvo en Malvinas ese día histórico.
Quien sí estuvo en las islas, y trabajando tiempo completo en la compleja organización de este viaje, fue el gerente de desarrollo de negocios de Aeropuertos Argentina 2000, Roberto Curilovic, cuya biografía agrega un dato significativo: fue veterano de Malvinas, piloto de Super Etendart, y el 25 de mayo de 1982 integró la cuadrilla que hundió el Atlantic Conveyor de la Armada británica.

En las islas muchos preguntaron dónde estaba Eurnekian. Muchos lo buscaron entre la comitiva. Pero no lo encontraron. Ante el enigma, alguien dijo:
—Yo sé por qué no vino. Dijo que los únicos protagonistas de este día son aquellos que perdieron a su gente amada.
Desde luego, en el mundo real, es posible encontrarlo detrás de un escritorio, manejando sus muchas empresas.
Pero nadie sabe en qué rincón secreto prepara su próximo acto de magia. Porque esta historia de Eduardo Eurnekian no ha terminado. Esta historia continuará.
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