
Era el primer día de clases después de las vacaciones de invierno, y la mañana estaba helada. Corina caminó con sus hijas hasta el colegio, en Palermo, y esperó a que entraran. Desde la vereda de enfrente, alguien observaba la escena en silencio, agazapado. Era su ex pareja -el padre de las nenas- pero, a simple vista, era un anciano: tenía peluca, sobretodo, lentes, boina y bastón. Recién cuando la agarró del brazo y oyó su voz, Corina lo reconoció: "Te dije que te iba a matar, hija de puta", le susurró al oído.
No eran ni las 8 de la mañana del 2 de agosto de 2010 cuando Javier Weber sacó un revólver calibre .32 de una bolsa de la marca de ropa infantil Cheeky y le disparó al pecho. Dos balas entraron por el tórax, a la altura de los pulmones, pero Corina no se desplomó. Giró y corrió hacia la puerta del colegio, por la que seguían ingresando chicos. Su ex, sin embargo, no dejó de gatillar: la tercera bala entró por la espalda.
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Antes de perder la conciencia, Corina Fernández le dijo al policía que llamaba a la ambulancia con desesperación quién le había disparado. Además, le dictó la dirección del PH de Flores en el que podían encontrarlo. Después, cuando ya la habían trasladado al Hospital Fernández, uno de los docentes fue a buscar a la más chica de sus hijas, que tenía 10 años. Cuando le contó que su mamá, de la que acababa de despedirse con un beso, había sido baleada, la nena hizo dos preguntas:
—¿Fue mi papá, no? ¿La mató, no?
El caso llegó a los medios y mostró que la violencia contra la mujer no distinguía escalas sociales. Corina, la mujer que luchaba por sobrevivir, era nieta de diplomáticos y había estudiado dos carreras universitarias (Diseño gráfico y profesorado de inglés) en la UBA.
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Para sus hijas —una de 10 y otra de 11 años— no fue una sorpresa. Un año antes, el padre había mandado un remise al colegio con la orden de retirarlas. Cuando llegaron a la casa, encontraron a su mamá ensangrentada y cautiva. Según consta en el fallo judicial, Weber estaba convencido de que Corina lo engañaba y quería que ella o sus hijas le revelaran la clave de la casilla de e-mail. Como Corina no accedía a dársela, la mantuvo 11 horas secuestrada, esperando, mientras le arrojaba cuchillazos.

"El tipo me hace lo que quiere, me mata como quiere y no se entera nadie. Me tiraba con cuchillos como si yo fuera un blanco", había denunciado ella en la Oficina de Violencia Doméstica. Era 2009, la violencia contra la mujer seguía siendo vista como un problema de pareja, y cuando la Policía logró liberarla no le permitió llevarse a sus hijas. Quedaron con él. Una de ellas amenazó con tirarse por el balcón. Corina logró sacarlas con lo puesto al día siguiente. Nunca volvieron.
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Con ojos de hoy, era un caso "de manual": había violencia económica desde el inicio de la relación (ella lo mantenía, él le robó una indemnización), y cuando él empezó a consumir pasta base (paco), le vendió hasta las copas de cristal que ella había heredado de sus abuelos diplomáticos. Las violencias estaban subiendo, un escalón tras otro, y el episodio de los cuchillos lo ponía en evidencia.
Si no fue una sorpresa para las hijas, tampoco debería haberlo sido para la Justicia: cada vez que él violaba una orden de restricción de acercamiento, ella volvía a denunciarlo. También algunas madres del colegio sabían lo que podía pasar porque fueron testigos de las amenazas (una contó en el juicio que vio cuando él la persiguió hasta la puerta del colegio, le acercó los dedos a la sien y dijo pum). Por las amenazas de muerte, Weber fue condenado a 1 año y 6 meses de prisión en suspenso. O sea, quedó libre para seguir.
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Aquel 2 de agosto, mientras Corina agonizaba, la Policía fue a buscarlo y lo encontró sedado. Quería matar a su ex mujer y suicidarse pero no lo logró. Había tomado pastillas pero no lo suficiente para matarse. Allí estaban el disfraz y el arma. Además, había tres cartas en su computadora que Weber había escrito pocos días antes, durante la planificación del ataque final.
"Espero que estos días de vacaciones te hayan cogido como a una puta y que hayas gemido de placer, porque yo te haré gemir de dolor. Lástima que no pueda ser más largo tu sufrimiento pero esos segundos para mí serán suficientes para sentir que hice justicia. Sólo te darás cuenta cuando ocurra y será muy pronto. No dudes que saldremos en las noticias".
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También le escribió a una de sus hijas: "El amor que le tengo (a tu madre) hoy me llevó al extremo de pararla como sea, ya que si no lo hiciera vería cómo me cambia por un idiota con un poquito de plata y no podría soportar que esto ocurriera, si ya no está pasando y mis hijas son cómplices. Sería como si me dispararan un tiro en el estómago y caminara desangrándome. Como verán, es muy difícil de explicar, pero el día que se enamoren y compartan tanto tiempo con alguien se darán cuenta de lo que hoy estoy hablando (…)".
El juicio, dos años después, comenzó en lo que ella llama "el peor momento" de su vida como sobreviviente. Había quedado sola a cargo de sus hijas, no tenía trabajo, había vendido el PH por la mitad de su valor y tenía diagnóstico de depresión aguda mayor. Tenía —y todavía tiene— dos balas alojadas en el pulmón y un dolor permanente. Una de las balas le fracturó varias costillas y el filo de los huesos le seccionó un sector de un pulmón.
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Corina presenció el juicio con el cuerpo encorvado. Cargaba con el miedo y con la mirada de él, clavada en su cuerpo roto desde el banquillo de los acusados. Faltaban todavía tres años para la primera marcha #NiUnaMenos, y los jueces, formados en perspectiva de género, fueron una excepción para la época.
"Corina Fernández recuperó a las niñas (después del episodio de los cuchillazos) y fue a establecerse en el departamento de su madre: con ello inició su declaración de independencia del dominio que sobre ella ejercía Weber (…) A partir de allí el imputado intentó volver a colonizarla, a conquistarla o a ocuparla (…). Su herida no es la infidelidad, sino el abandono."
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Si bien Weber estaba acusado por el delito de homicidio calificado por alevosía, los jueces decidieron, por primera vez en el país, llamar a las cosas por su nombre.
"La muerte de una mujer a consecuencia de la violencia de género constituye una categoría sociológica claramente distinguible y ha adquirido especificidad normativa a partir de la Convención de Belem do Pará. No hay razón, en consecuencia, para no darle nombre y, en tal sentido, la conducta de Weber constituye un intento de femicidio, entendiendo por tal la muerte de una mujer -o de una persona con identidad femenina- ejecutada por un varón en razón del género. La conducta del imputado ha sido planeada, sopesada, repensada, y el estímulo para llevarla a cabo fue la situación que cursaba a partir de la separación, que destruía su dominio sobre la mujer y sus hijas. El imputado decidió destruir lo que ya no podría dominar".
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Javier Weber fue condenado a 21 años de prisión. Como en ese entonces los femicidas no perdían la patria potestad, le exigió a su ex mujer desde el penal de Marcos Paz un régimen de visitas: quería que sus hijas fueran a visitarlo. En 2015 murió en la cárcel. Había cumplido solo tres años de condena.
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