
Quién diría que él, hombre del norte profundo, de montañas verdes, de salinas, de desiertos casi lunares, clavaría un día sus pies y su bandera (la nuestra) en el más lejano y opuesto de los confines, mundo de hielo, silencio y soledad.
Pero así fueron las cosas, y el 10 de diciembre de 1965, a sus 44 años, el general Jorge Edgar Leal comandó la primera expedición terrestre nacional que llegó y venció al Polo Sur Antártico.
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Doble o triple hazaña. Porque la soberanía se puede reclamar desde un discurso, se puede afincar año a año en bases profesionales y bien dotadas, pero nada tiene el sabor de alcanzar esa meta casi fantasmal doblegándola día a día, metro a metro, sin más armas que la voluntad y el coraje.
¿Quién es, quién fue ese hombre que acaba de morir a sus 96 años?
Vio la primera luz en la salteña Rosario de la Frontera el 23 de abril de 1921.
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Padre político (don Servando Leal), concejal e intendente, y madre (doña Eduviges Romano) maestra de una escuela fundada en 1910, centenario del Mayo de la revolución, semilla de la independencia. Buena sangre.
Allá por el '39 vistió su primer uniforme en el Colegio Militar, y egresó en el 43, año convulso que desembocaría en el 17 de octubre del '45 como subteniente de Caballería.
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Pero ya los hielos y las soledades del ultra sur lo esperaban…
Año 1951: ya capitán, lo honran (y honraría) como jefe de la base antártica General San Martín, y en '57 repite cargo en la General Belgrano. Pero sentía latir algo más que el escalafón, los naturales ascensos, la rutina militar. Empezaba a roerlo la pasión por la aventura.
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Y en noviembre de 1963 empezó a esculpir su gran sueño: la Operación 90 -Polo Sur. Los 90 grados de latitud sur. El corazón polar…

Apenas con nueve hombres, partió desde la Base General Belgrano el 26 de octubre de 1965, llegó a meta el 10 de diciembre, y plantó el mástil e izó la bandera.
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En pocas líneas se resume la hazaña, sí. Sólo 66 días de marcha: 45 de ida, 21 de vuelta.
Pero en un contexto abrumador: mundo hostil, helado, peligroso. Vencido con material mínimo. Dos trineos tirados por perros hasta los 83 grados de latitud sur, y seis tractores snow-cat (gatos de nieve) con trineos de arrastre.
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Lo peor del trayecto: el tramo más largo, iniciado en la casi recién nacida Base Sobral: 2 de abril de 1965. Porque era terreno absolutamente desconocido. La latitud 90 sólo había sido alcanzada por aviones navales tres años antes…

En la bitácora de Leal, histórica sin duda, quedaron asentados estos datos: "Trepamos alturas de más de tres mil metros, con temperaturas apenas menores de los cuarenta grados bajo cero".
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Sentido de la misión: no sólo un gran símbolo de soberanía. También "mediciones gravimétricas y magnéticas, observaciones meteorológicas y glaciológicas, ensayos clínicos sobre los efectos del frío". Y algunos etcéteras…
Otro pergamino: la Argentina fue el primer país que llegó al Polo Sur partiendo desde el Mar de Wedell y regresando a éste: siempre en el sector antártico patrio.
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El general Leal, luego y por su hazaña ascendido a general de brigada, fue recibido por la prensa como un gran héroe –no fue menos–, y hasta ocupó la tapa de la revista GENTE, nacida en julio de ese mismo año. Todavía un bebé de papel.
Pero Polo 90 no fue su último legado. Ya en 1952 había creado la Base de Ejército Esperanza.
Quien esto escribe lo entrevistó en enero de 1966, y en el devenir del relato le recordó que el 24 y el 25 de diciembre, Nochebuena y Navidad, lo habían sorprendido en el camino de regreso:
–¿Qué hicieron en esas noches, coronel?
–Gracias por recordarlo… Nadie me lo preguntó. Ya en el Polo Sur, dejé una imagen de la Virgen del Milagro, y en Nochebuena, bajo las estrellas y en un vasto y silencioso campo de hielo, celebramos una misa… La única en esa inmensidad, y tal vez irrepetible.

Desde luego, y con justicia, fue declarado Ciudadano Ilustre, y lo circundaron de homenajes, medallas y hasta uno que otro poema.
Retirado del Ejército y de una vida pública que jamás buscó, su muerte volvió a llevarlo al primer plano del recuerdo.
Pero ni la avalancha de homenajes ni el telón del olvido mellaron su austeridad, su vocación de pionero, y mucho menos la memoria de aquellos 66 días "en los que estuve sólo acompañado por mis nueve hombres… y por Dios", dijo más de una vez.
Él, nueve hombres, Dios, el miedo, la aventura, el peligro, la gloria. Bien dicen que a veces un solo acto justifica toda una vida.
Pues bien. Ese 10 de diciembre de 1965, de pie en uno de los helados y desiertos extremos de esta pequeña esfera azul que llamamos Planeta Tierra, el general Jorge Edgar Leal se encontró cara a cara con su destino.
Un instante profundamente místico.
Y nada más hay que contar.
Adiós, héroe de la patria.
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