
Borges, recordando una idea del escritor, poeta y filósofo norteamericano Ralph Waldo Emerson (1803–1882), decía que "no hay plaza que no soporte a su guarango de bronce. Mejor sería usar ese metal para hacer cómodas bañeras": recipiente que no abundaba en los tiempos de aquel ácido pensador sureño…
Desde luego, lo de "guarango de bronce" se refiere a personajes de virtudes dudosas cuyo pase al bronce mereció, al menos, un serio y largo debate, para no entronizar a un traidor a la patria, a un ideólogo de la violencia, etcétera.
Pero de pronto, desde no hace mucho y hasta hoy, acometió a los argentinos un furor por dedicar estatuas a muertos, vivos y coleando, héroes de historieta, directores técnicos de fútbol, ¡jugadores!, boxeadores…, mientras en la Chacarita, Gardel, el bronce que sonríe y tanto lo merece, fuma un cigarrillo eterno, porque nunca falta el porteño nostálgico que le pone uno entre los dedos…
Hagamos una pizca de futurología. A este paso, cada club de fútbol de primera división erigirá una estatua (o busto, algo más discreto) a sus presidentes históricos, sus grandes DT, sus goleadores, a sus arqueros casi invencibles. Y, de rebote, lo mismo sucederá en todas las categorías de ascenso (B, C, D).
Y la ola de frenético estatuismo llegará a los barrios… Inevitable. De modo que cada vecindad porteña levantará una estatua de su almacenero más amado, del vecino amigo de hacer gauchadas, y de la vecina más bondadosa, del peluquero, del plomero…
Gran problema: habrá, de pronto, tantas, que
los vándalos tendrán su hora más gloriosa. Porque ya no estarán limitados arrancarle el poncho a Patoruzú, las manos a Porcel y Olmedo, la cabeza a Mafalda, y medio cuerpo a Messi, como viene ocurriendo sin descanso.
Tan amplia será la oferta, que apenas alcanzarán esos obreros de la destrucción, y se sumarán otros…

Hablemos en serio. Es ofensivo para los próceres indiscutibles (San Martín Belgrano, Sarmiento, Güemes… y siguen las firmas), los que murieron por la patria, los científicos sabios, los grandes escritores, los benefactores del país y/o del mundo, compartir cartel con gente acaso meritoria (muy, incluso), pero sin trascendencia épica o intelectual.
Y además es un riesgo. Porque generación tras generación, esos luminosos próceres seguirán en su estatua, pero también en la memoria colectiva: un privilegio que rara vez, o nunca, tendrán esos personajes llevados al bronce o a la resina.
Pasados algunos años, ¿quién se acordará de ellos?
Nadie, o muy pocos.
Sus huesos o sus cenizas seguirán en soledad, hasta que, cada tanto, alguien les lleve flores y deje correr una lágrima: un acto noble, profundo y privado que conmueve más que una estatua descolorida por la lluvia y el tiempo, y cada tanto, mutilada sin piedad por los bárbaros.
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