
Corrían los primeros días de febrero de 1971, que también eran los últimos de la dictadura de Roberto Marcelo Levingston, cuando se desató la euforia entre un grupo de actores. Tras una larga prohibición, una película nacional vencía la barrera de la censura.
Susana "Shock" Giménez, Norman Briski, Soledad Silveyra, Víctor Bo, Malvina Pastorino, Jorge Salcedo, Nathan Pinzon, Linda Peretz y Marcela López Rey, entre otros, apenas si lo creían: ya podía verse en la Argentina una película que los tenía por protagonistas pero que hasta esos días sólo había sido exhibida en el extranjero.

Visto con mirada actual el film es de una abrumadora inocencia, pero igual el régimen militar lo calificó de "atrevido para el nivel mental del público argentino".
Primero, no gustó su título, Psexoanalizados. El productor, Héctor Olivera, y el director, Fernando Ayala, lo cambiaron entonces por Los neuróticos. No fue suficiente para los censores oficiales, y la prohibición se mantuvo por tiempo indeterminado.
La cinta continuó siendo prisionera de un shock autoritario que venía desde el golpe de Juan Carlos Onganía en 1966, año desde el cual se desplegaron aún recordadas represiones contra el pelo largo, los músicos de rock, la minifalda y los hoteles alojamiento.

Los regímenes militares de Onganía y de Levington –especialmente- fueron pródigos en secuestro de libros, allanamiento de editoriales y prohibición de películas extranjeras como El Silencio, de Ingmar Bergman, o Blow-up, de Michelangelo Antonioni.
Desde el Estado, las fuerzas conservadoras también pusieron sus ojos sobre películas como La hora de los hornos, de Fernando Pino Solanas y Octavio Getino, cuyas exhibiciones eran obligadamente clandestinas.
Aunque en 1973 llegó la democracia, no llegó la libertad para los estímulos intelectuales y cinematográficos.

Ese año, un acto terrorista destruyó la sala del teatro donde presentaban la ópera rock Jesucristo Superstar, miles de ejemplares de El marxismo de Henry Lefebvre fueron quemados, se secuestró la película El último tango en París, y Miguel Tato operaba sin piedad desde el Ente de Calificación Cinematográfica.
Es cierto que en 1974 se proyectaban con éxito películas como Quebracho, de Ricardo Wullicher, y Operación masacre, sobre libro de Rodolfo Walsh. Mucho más costó difundir La Patagonia rebelde, de Fernando Ayala, sobre libro de Osvaldo Bayer. Según Perón, la historia que allí se contaba era mentira.
Un desfile de locos
Pero volvamos a Los neuróticos, basado en un libro del humorista Gius. Lo que tanto escandalizaba al régimen militar de turno era un desfile de locos por el consultorio del psicoanalista Sigmundo, cuyo papel estaba a cargo de Norman Briski.
Entre los que se hacían atender por él estaba Prometeo (Jorge Salcedo), especialista en conquistas de mujeres traumatizadas. A veces venían también Scherezade (Marcela López Rey), una auténtica mitómana, y Jacinta (Susana Giménez), narcisista por derecho propio.

Otros pacientes eran el necrófilo Lázaro (Nathan Pinzón), el fotógrafo mirón Polifemo (Héctor Pellegrini) y Penélope (Malvina Pastorino), decidida a seducir a todo el mundo.
Todos contaban sus delirios. Scherezade juraba haber caído bajo los hechizos seductores de un marciano. Jacinta estaba alborotada porque su novio no quería hacer el amor con ella dado que, actor de cine como era, necesitaba tener un rostro descansado.
Prometeo se tiraba lances con cuantas pacientes aparecían por el lugar, pero encontró que su galeno hacía lo mismo. Le contó a su médico un sueño en el que aparecía siendo subastado como "ejemplar macho". Su problema era que las posibles adquirientes no lo compraban por encontrarle cierta falla.

En determinado momento, apareció la periodista Lolita (Soledad Silveyra) proponiendo al galeno una entrevista exclusiva sobre su ciencia. En realidad, lo que quería era "conocer un poco más profundamente" al profesional.
Como los de Agatha Christie, aquí también los personajes iban apareciendo y desapareciendo de la cinta.
Volvió, por ejemplo, Scherezade para contar su nueva aventura amorosa. Ahora ya no era con un marciano sino con el mismísimo Diablo. También regresó Jacinta, quejándose de otra frustrada noche de amor con Narciso (Horacio Bustos), cuya única preocupación seguía siendo cuidar, mostrar y admirar su propio cuerpo.
Se sumó a la singular clientela del médico, Osiris (Víctor Bo), un inocentón campesino que se enamoró de Jacinta pero terminó cayendo en las redes de la muy experimentada Penélope.

Al final de la película, el pobre Prometeo recibió un trasplante para solucionarle la "falla" que hacía que en su sueño ninguna mujer quisiera comprarlo.
Difícil de creer, hoy. Sin embargo, esta película, con semejante argumento, despertó las iras de un gobierno militar.
*El autor es periodista e historiador
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