La hija de Hillary Clinton explica el mundo a los niños

En “Es tu mundo”, Chelsea Clinton (36) busca despertar el interés de los pequeños por la actualidad –pobreza, desigualdad, medioambiente, salud, educación, desventajas de las niñas, etc- y darles pistas sobre lo que pueden hacer para cambiar las cosas. Extracto

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La hija de los Clinton
La hija de los Clinton escribió un libro para despertar en los niños el interés por el mundo que los rodea y el deseo de participar en soluciones a los problemas

Es tu mundo. Infórmate, inspírate, ¡ponte en marcha!

Introducción

¿Qué es lo primero que recuerdas haber leído? La primera cosa que yo recuerdo haber leído por mi cuenta es el periódico local, uno de aquellos ejemplares de hace años que manchaban las manos de tinta. Seguramente, fue Corduroy o una historia de Jorge el Curioso lo primero que leí en mi vida, a mis padres en voz alta, pero lo que en mi cabeza marca la línea entre leer y no leer son los periódicos que me tenían absorta mientras desayunaba mis cereales. Probablemente esto es así porque los periódicos eran lo que me permitía participar en las conversaciones de mis padres sobre lo que sucedía en nuestro pueblo, Little Rock (Arkansas), y en el mundo en general. Esas conversaciones tenían lugar en la mesa cada noche durante la cena y, especialmente, durante la comida de los domingos, después de misa. También cuando me llevaban al colegio, mientras volvíamos a casa tras mi clase de ballet, antes de las reuniones de las Guías Scouts y tras los partidos de sóftbol. En resumen, estábamos charlando continuamente. Saber lo que contaba el periódico significaba que no tenía que esperar a que mis padres me lo explicaran todo, sino que podía hacer preguntas y comenzar conversaciones sobre lo que pasaba en el mundo. Pero lo mejor de todo era que el periódico me permitía ocultar toda la miel que les echaba a los cereales. De niña, mi madre no me dejaba tomar cereales azucarados (luego diré más al respecto), así que yo improvisaba, y les ponía mucha más miel de la que llevarían normalmente unos cereales azucarados. Por suerte, mi madre nunca se enteró.

Tuve una infancia muy afortunada. Mis mayores preocupaciones eran cosas como intentar que mi madre levantara su prohibición sobre los cereales azucarados, encontrar la manera de pegar en una cartulina un panal de arcilla, un Júpiter de papel maché o un arrecife de coral hecho con arcilla y palos de piruleta para distintos proyectos de ciencias, cómo vender más galletas de las Guías Scouts que el año anterior, o si mi mejor amiga, Elizabeth, y yo dormiríamos en su casa o en la mía la noche del sábado. Nunca dudé de que tendría un techo bajo el que cobijarme, un vecindario seguro en el que jugar y un médico al que acudir si caía enferma. Mis padres y mis abuelos se encargaban de que no olvidase la suerte que tenía.

En “Es tu mundo”, la
En “Es tu mundo”, la hija de los Clinton describe su niñez privilegiada pero también el modo en que sus padres le hicieron tomar conciencia de que no todos los niños tenían lo que a ella le estaba asegurado

Desde que tengo memoria recuerdo la historia de la vida de la madre de mi madre, mi abuela Dorothy. A los ocho años sus padres ya la habían abandonado dos veces, y la habían dejado muchas veces sola y hambrienta en su apartamento de Chicago. La primera vez fue cuando ella tenía tres años. Finalmente, la enviaron a vivir a California con sus abuelos, quienes, cuando llegó a la adolescencia, le dijeron que no podía seguir viviendo en su casa y que, puesto que ya tenía edad suficiente para buscarse un trabajo y ganarse la vida, tenía que irse. Si no hubiese entrado a trabajar en casa de alguien, habría acabado viviendo en la calle. Y si esa familia no hubiese apoyado su determinación de seguir estudiando, habría tenido que abandonar la escuela. Durante su adolescencia, Dorothy vivió con la preocupación constante de no saber si tendría un techo bajo el que cobijarse, si podría ir a la escuela o si pasaría hambre. Mi abuela siempre habló sin darle demasiada importancia de la época en que pasó hambre y miedo cuando era niña. Conocer su historia me ayudó a ser consciente de que, probablemente, algunos de los niños a los que conocí en Forest Park Elementary, Booker Arts Magnet School y Horace Mann Junior High debían preocuparse por si tendrían comida suficiente ese día o si podrían jugar sin miedo en la calle al volver a casa.

Menos de veinticinco años antes de que yo naciese, Horace Mann era una escuela exclusivamente para alumnos afroamericanos. Por aquel entonces, los colegios estaban segregados por razas en Arkansas —como en la mayor parte del sur de Estados Unidos hasta finales de los años cincuenta del pasado siglo— y aquellos a los que iban los chavales blancos disponían de más y mejores recursos, aulas más agradables, más libros, pupitres en mejor estado y patios de recreo mejor acondicionados. La hiriente herencia de la segregación, y el hecho de haber conocido siendo niña a adultos que habían trabajado en favor de los derechos civiles y la igualdad de oportunidades para los afroamericanos fue en parte lo que me permitió entender que a muchos niños de mi entorno, y en todo el mundo, aún se les trataba de manera diferente debido al color de su piel.

Chelsea Clinton: “Menos de 25
Chelsea Clinton: “Menos de 25 años antes de que yo naciese (…) los colegios estaban segregados por razas en Arkansas”

El trabajo de mi madre en favor de niñas y mujeres, primero en Arkansas y más adelante en todo el mundo, me ayudó a comprender que, a menudo, el hecho de haber nacido niña se considera motivo suficiente para negarle a una persona el derecho a asistir a la escuela o a tomar sus propias decisiones, incluso las relativas a con quién o cuándo casarse.

Desde mucho antes de cumplir dieciocho años y poder votar —en realidad, desde que tengo memoria—, mis padres esperaron de mí que tuviese una opinión y un punto de vista sobre todas las cosas. De verdad: sobre todas las cosas. Sobre todo lo que experimentaba y aprendía en el colegio y sobre las noticias que veía en la televisión o leía en el periódico. También esperaban que fuese capaz de respaldar mis opiniones con hechos y pruebas; y que, si estaba en mi mano, trabajase para cambiar las cosas que no me gustaban. Nunca le dieron importancia a lo mayor —o joven— que yo era. Y no eran solo mis padres: mis abuelos pensaban lo mismo. Como mi abuela Ginger, la madre de mi padre, solía decirme hasta que murió cuando yo tenía trece años: «Chelsea, tú eres muy afortunada. Nunca dejes de pensar en cómo ampliar el número de los afortunados». Mi abuela Dorothy me repetía una y otra vez: «Nunca lo sabrás hasta que lo intentes».

Leer el periódico y estar al tanto de lo que sucedía solo era el primer paso; lo más importante era dejar una huella positiva, o al menos intentarlo. Estas expectativas fueron uno de los mayores regalos que me hicieron mis padres y mis abuelos. Parecía importante, y emocionante, saber que yo podía dejar huella o, insisto, que al menos podía intentarlo. Cuando tenía cinco años, le escribí una carta al presidente Reagan para expresar mi oposición a su visita al cementerio de Bitburgo, en Alemania, porque allí había nazis enterrados. Pensaba que un presidente estadounidense no debía honrar a un grupo de soldados entre los que había nazis. Reagan no dejó de ir, pero yo al menos lo había intentado a mi humilde manera.

Chelsea Clinton estudió Historia en
Chelsea Clinton estudió Historia en Standford y se doctoró en Relaciones Internacionales en Oxford

En la escuela primaria formé parte de un grupo que contribuyó a poner en marcha un programa de reciclaje de papel. A través de mi parroquia en Little Rock, me ofrecí como voluntaria para la limpieza de parques, colaboré en campañas de recogida de alimentos y trabajé en comedores sociales. Siempre quedaban cosas por hacer, pero al ver cómo las bolsas se llenaban de basura y los barriles de latas de conserva y cómo la gente podía comer, me di cuenta de que el trabajo en equipo de un grupo de personas puede tener un efecto real, y que además puede ser divertido. Con el apoyo de mis abuelos, mientras estaba en primaria me hice socia de organizaciones como Greenpeace, el Fondo Mundial para la Naturaleza [World Wildlife Fund] y Conservación Internacional, porque creía en su trabajo y quería formar parte de él, aunque lo realizasen muy lejos de Arkansas. Todas estas organizaciones se dedicaban a la protección del medio ambiente y de animales —ballenas, elefantes, pandas gigantes— que solo había visto en nuestro zoológico local o por televisión, pero con los que sentía una conexión. Quería desempeñar un papel, por pequeño que fuese, en el intento de garantizar su futuro. Le contaba qué era lo que me importaba a cualquiera que me escuchase, confiando en no ser demasiado pesada, porque si no lo era, y si mis argumentos eran convincentes, cabía la posibilidad de que, después de mi charla, una persona más se interesase por las ballenas, los elefantes o los pandas gigantes.

De lo que no me daba cuenta cuando era más joven es de cuántas de las cosas sobre las que leía, pensaba, debatía y trataba de cambiar eran probablemente asuntos que tenían un efecto aún mayor sobre los chavales de mi edad que sobre los adultos. Aún sigue siendo así. Algunas cosas, como ciertas enfermedades infecciosas, son más peligrosas en los niños, mientras que otras, como el cambio climático, afectan más a los jóvenes porque vosotros viviréis durante más tiempo bajo sus efectos (a menos que detengamos el cambio climático). Buena parte de lo que me preocupa actualmente son asuntos por los que empecé a interesarme cuando era niña. Este es un libro sobre algunos de los grandes problemas a los que se enfrenta nuestro planeta, y los niños en particular. También es un libro sobre algunas de las soluciones que los jóvenes (y unos cuantos adultos) han creado y apoyado para conseguir que sus familias, sus vecinos, sus ciudades y nuestro mundo sean más sanos, seguros e igualitarios.

Chelsea Clinton nació en 1980.
Chelsea Clinton nació en 1980. Es la única hija de Hillary y Bill Clinton

Este libro no es exhaustivo, en el sentido de que no aborda todos y cada uno de los problemas que existen hoy en el mundo. Ni mucho menos. Tampoco pretende, ni remotamente, tratar todos los detalles de los problemas sobre los que sí hablo. Asimismo, las soluciones que describo representan solo una pequeña parte de todo lo que se ha intentado y de lo que ha funcionado para mejorar la salud de las personas, incrementar el número de niños escolarizados, etc. A lo largo de todo el libro, me he basado en hechos y estudios. Espero que los datos contribuyan a hacer que los asuntos tratados resulten más interesantes (y tan urgentes como lo son para mí). También confío en que las historias que incluyo tengan un efecto similar. Entender por qué existe un problema, y si la situación ha mejorado o empeorado recientemente, es importante a la hora de determinar cuál es la mejor solución.

Este libro no es político, en el sentido de que no adopta una postura política, ni dice a quién hay que votar, pero sí tiene en cuenta la influencia que los representantes políticos de Estados Unidos y del resto del mundo tienen sobre los asuntos que más nos interesan. Los problemas de los que hablo en estas páginas están todos relacionados entre sí. Es más probable que pase hambre una familia que vive en la pobreza que otra que vive cómodamente. Un tipo de discriminación a la que se enfrentan niñas de todo el mundo consiste en que se les niegue el derecho a ir a la escuela, por lo que son más numerosas las niñas no escolarizadas —en particular de una cierta edad— que los niños. Los patrones de la enfermedad infecciosa están cambiando a medida que el clima varía y la Tierra se calienta. Y estos no son más que unos pocos ejemplos de los muchos problemas que señalo. No resulta sorprendente, por tanto, que las soluciones también estén relacionadas. Conseguir equilibrar el número de niñas y niños en la escuela les hace llegar a los alumnos, y a otros niños más jóvenes, el potente mensaje de que todas las personas tienen el mismo derecho a la educación y a sus propios sueños. Detener el cambio climático para que el clima sea más estable reduce la incertidumbre que rodea al próximo estallido de una enfermedad, lo cual significa que los sistemas de salud, los hospitales, las clínicas, los médicos, los enfermeros, etc., podrían estar mejor preparados para salvar más vidas. Y, de nuevo, estos no son más que unos pocos ejemplos.

A lo largo de este libro, conocerás a asombrosos jóvenes (y no tan jóvenes) —a algunos de los cuales tengo la suerte de considerar mis amigos— que trabajan para encontrar soluciones para cada uno de los problemas por separado y también para aquellos derivados de las conexiones existentes entre ellos. Los admiro a todos por su trabajo, y confío en que sus historias te resulten al menos tan inspiradoras como a mí. Me hace mucha ilusión que hayas decidido acompañarme en este viaje. Al fin y al cabo, ¡es tu mundo!

 

[Extractado de "Es tu mundo", de Chelsea Clinton. Pengouin Random House, 2016]