
¿Cambiar de hábitos o incorporar nuevas habilidades te parece un desafío? Un reciente avance científico podría explicar por qué. Lejos de ser solo el “centro del miedo”, la amígdala cerebral juega un papel estratégico a la hora de ayudarnos a tomar decisiones y elegir cómo enfrentamos situaciones novedosas.
Así lo demuestra un estudio de Dartmouth College, que revela cómo esta estructura es clave para adaptarnos a situaciones nuevas y resolver desafíos complejos, abriendo nuevas posibilidades en salud mental. La investigación fue publicada en la revista Nature Communications.
Más que el “centro del miedo”: una mediadora del aprendizaje
Durante años, la amígdala fue vista casi exclusivamente como responsable de las respuestas emocionales, sobre todo al miedo. Sin embargo, el análisis liderado por Jae Hyung Woo revela una función mucho más compleja. Woo sostiene que “no hay nada realmente primitivo en el cerebro, ni siquiera en esta zona”, reflejando la sofisticación que se atribuye hoy a este núcleo cerebral.

El estudio establece que la amígdala actúa como un mediador estratégico al permitir que el cerebro elija entre dos estrategias principales de aprendizaje: una basada en la acción y otra centrada en el estímulo.
El aprendizaje basado en la acción implica repetir conductas previas que resultaron exitosas, mientras que el aprendizaje basado en estímulos consiste en identificar señales clave del entorno para lograr un objetivo. “No estamos diciendo que la amígdala deje de estar vinculada al miedo. Replanteamos su papel como mediadora entre sistemas de aprendizaje diversos”, aclaró Woo.
Cómo arbitra la amígdala entre acción y estímulo
El trabajo distingue entre aprendizaje basado en la acción, enfocado en movimientos motores que conducen a una recompensa, y aprendizaje basado en estímulos, orientado a detectar señales ambientales relevantes. Por ejemplo, ante una cafetera desconocida, una persona puede decidir repetir el procedimiento utilizado en ocasiones anteriores (acción) o, alternativamente, prestar atención a una luz indicadora (estímulo).
Según el profesor Alireza Soltani, miembro del equipo, la vía de la acción se asocia a enlazar una recompensa con un movimiento específico, mientras que la basada en estímulos permite escoger según características del entorno sin limitarse a una acción concreta. Ambas estrategias coexisten y requieren la capacidad de arbitraje otorgada por la amígdala para adaptarse a diferentes situaciones.

Cuando existe incertidumbre, la amígdala recopila información para determinar cuál de los dos modelos de aprendizaje tiene más posibilidades de éxito. El equipo utilizó modelos computacionales para analizar cómo el cerebro pondera cada estrategia ante tareas ambiguas.
Los resultados muestran que, al principio, la amígdala alterna entre los dos sistemas pero, a medida que reúne información, prioriza el que presenta mayor fiabilidad. Esta mediación promueve una flexibilidad cognitiva esencial para la toma de decisiones adaptativa. “Una amígdala sana fomenta la exploración entre modelos alternativos y puede hacerte elegir algo que normalmente no elegirías, lo que favorece el aprendizaje”, destacó Soltani.
Qué ocurre cuando la amígdala está dañada
El estudio examinó también las consecuencias del daño en la amígdala. En ese caso, el cerebro pierde su capacidad de arbitraje y tiende a responder de forma repetitiva, usando el aprendizaje basado en la acción incluso cuando ya no resulta útil.
Esta conducta rígida lleva a una menor capacidad de adaptación y dificultad para actualizar estrategias frente a cambios en el entorno. Según los datos de Dartmouth College, tras una lesión en la amígdala, el aprendizaje se vuelve menos flexible y la persona se aferra a hábitos previos aunque la situación requiera un cambio. El sistema cerebral se empobrece ante la novedad y disminuye su eficacia en la resolución de problemas.

Estos hallazgos influyen en la comprensión y el tratamiento potencial de fobias y trastornos de ansiedad. En estos casos, la mente suele fijarse en un estímulo que provoca miedo, generando respuestas automáticas difíciles de cambiar.
Soltani señala que la clave está en la exploración conductual: enfocar la atención en una secuencia de acciones alternativas —por ejemplo, atrapar una araña con un vaso en vez de evitarla— permite a la amígdala inclinarse por el aprendizaje basado en la acción. Este método ayuda a reducir la reacción automática provocada por el estímulo, haciéndola menos dominante y más flexible.
En estudios con fobias, los investigadores comprobaron que desplazar la atención hacia acciones repetitivas asociadas con la amígdala puede reducir la carga emocional y facilitar un aprendizaje más adaptable.
El trabajo de Dartmouth College contó con la colaboración del Instituto Nacional de Salud Mental y la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA). El equipo actualmente estudia la actividad neuronal en la corteza prefrontal durante tareas que requieren arbitraje entre estrategias de aprendizaje.

En conjunto con UCLA, se llevan a cabo experimentos en animales para investigar las conexiones entre la amígdala y la corteza prefrontal, buscando esclarecer cómo la mediación estratégica de la amígdala interactúa con sistemas ligados al control ejecutivo. Estos resultados podrían contribuir al desarrollo de intervenciones para impulsar mayor flexibilidad y respuestas adaptativas ante la incertidumbre.
Este alto grado de conectividad, avalado por el análisis de Dartmouth College, indica que la amígdala cumple funciones más sofisticadas y relevantes de lo que se pensaba, constituyéndose en un nodo esencial para el equilibrio emocional y la adaptación inteligente en la vida cotidiana.
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