
Durante años, la ciencia sostuvo que el cerebro estaba protegido principalmente por una gran muralla biológica: la barrera hematoencefálica. Esa estructura funciona como un filtro que controla qué sustancias pueden pasar desde la sangre hacia el tejido nervioso.
Ahora, un estudio publicado en Nature Neuroscience sugiere que el sistema es más complejo de lo que se creía. Investigadores del Instituto Flamenco de Biotecnología (VIB) y la Universidad de Gante identificaron un nuevo tipo de células que actúan como una segunda línea de defensa.
El hallazgo introduce una pieza desconocida en el mapa de la neuroprotección y podría ayudar a comprender mejor qué ocurre cuando procesos inflamatorios —como infecciones graves, sepsis o enfermedades autoinmunes— impactan en el sistema nervioso.
Un control interno que no se había valorado
La investigación se centró en el plexo coroideo, una estructura ubicada dentro de las cavidades cerebrales encargada de producir el líquido cefalorraquídeo, el fluido que rodea y amortigua el tejido nervioso.
Allí, el equipo detectó células hasta ahora no descritas, a las que denominó “células de la barrera basal”. Estas forman una capa organizada que limita el paso de moléculas y células potencialmente dañinas.

Si la barrera hematoencefálica puede compararse con la puerta principal de un edificio, esta nueva estructura sería un segundo control interno, situado en un punto estratégico que había pasado desapercibido.
La presencia de estas células fue confirmada tanto en modelos animales como en tejido humano, lo que refuerza la relevancia del descubrimiento.
Una defensa activa, no pasiva
Estas células están firmemente unidas entre sí y forman un cierre que regula el intercambio entre la sangre, el líquido cefalorraquídeo y el tejido nervioso.
La profesora Roosmarijn Vandenbroucke, quien lideró el trabajo, describió el mecanismo como una “puerta inteligente”: no bloquea todo de manera indiscriminada, sino que selecciona cuidadosamente qué puede atravesar ese límite.

Este control fino es esencial: el entorno del sistema nervioso debe mantenerse estable para que las neuronas puedan transmitir señales de forma adecuada.
Además, los investigadores observaron que esta estructura no es rígida ni inmutable. Se forma desde etapas tempranas del desarrollo y permanece activa durante la vida adulta, lo que indica que cumple un papel sostenido en la regulación del entorno cerebral.
Qué sucede cuando el cuerpo se inflama
Uno de los puntos más relevantes del estudio es que esta línea de defensa puede debilitarse durante procesos inflamatorios generalizados, como infecciones graves.
El Dr. Daan Verhaege explicó que, en esas condiciones, las células se vuelven más vulnerables. Esa fragilidad podría permitir que componentes del sistema inmunológico o sustancias potencialmente dañinas ingresen en el sistema nervioso.

Este fenómeno podría ayudar a explicar por qué algunas enfermedades sistémicas generan síntomas neurológicos, aun cuando el cerebro no sea el foco primario de la infección.
En términos simples, cuando la respuesta inmunológica es muy intensa, este segundo filtro puede perder parte de su eficacia.
Qué implica para enfermedades como el Alzheimer
Los autores del estudio señalan que el hallazgo podría ser relevante en patologías donde la inflamación acelera el deterioro, como el Alzheimer o la esclerosis múltiple.
Si este mecanismo adicional de control falla o se altera, podría facilitar procesos que contribuyan al daño progresivo del tejido nervioso.
El próximo desafío será determinar si es posible fortalecer estas uniones celulares. Si se lograra reforzar esa “puerta interna”, podría abrirse una nueva vía terapéutica orientada a limitar el impacto de la inflamación sobre el sistema nervioso.

Durante décadas se habló de una única gran barrera protectora. Este trabajo muestra que el esquema es más sofisticado y cuenta con múltiples niveles de regulación.
Aunque todavía no existen aplicaciones clínicas inmediatas, identificar esta nueva capa defensiva amplía la comprensión sobre cómo el organismo protege el tejido nervioso.
Lejos de depender de una sola muralla, el cerebro parece contar con varios filtros coordinados. Entender cómo interactúan y qué los debilita podría ser clave para diseñar estrategias que ayuden a preservar la función neurológica en el futuro.
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