
El cansancio mental, una experiencia que afecta a millones de personas en todo el mundo, ha adquirido una nueva relevancia científica tras la pandemia de COVID-19.
Investigadores de diversas disciplinas están logrando avances en la comprensión de las raíces biológicas de la fatiga mental, un fenómeno que no solo reduce la motivación y la capacidad de concentración, sino que también puede tener consecuencias graves en la vida diaria y en la salud pública.
Según Nature, estos progresos abren la puerta a mejores métodos de medición y tratamiento, especialmente para quienes sufren trastornos debilitantes como el COVID persistente.
La fatiga mental, también conocida como cansancio cognitivo, se manifiesta como una disminución progresiva de la capacidad para mantener el control y la regulación del pensamiento. Este fenómeno puede aparecer tras largas jornadas laborales, escolares o ante la toma constante de decisiones, y afecta tanto a personas sanas como a quienes padecen enfermedades crónicas.
De acuerdo con Mathias Pessiglione, director de investigación en el Instituto del Cerebro de París, la fatiga mental surge cuando el cerebro abandona rutinas automatizadas y se enfrenta a situaciones nuevas que exigen un esfuerzo cognitivo sostenido.

Según Nature, este tipo de cansancio actúa como una señal fisiológica de advertencia, indicando que el cerebro se acerca a sus límites y necesita descanso.
Factores biológicos y teorías recientes
Durante los últimos cinco años, la investigación sobre la fatiga mental ha experimentado un impulso notable, en parte debido al aumento de casos de COVID persistente. Científicos como Pessiglione, Vikram Chib de la Universidad Johns Hopkins y Clay Holroyd de la Universidad de Gante han explorado diversas teorías sobre las causas biológicas de este fenómeno.
Una de las hipótesis más aceptadas sugiere que la fatiga mental está relacionada con cambios metabólicos en regiones cerebrales responsables del control cognitivo. Se han identificado posibles vínculos con metabolitos como la glucosa y el lactato, neurotransmisores como el glutamato y la adenosina, y proteínas como el factor neurotrófico derivado del cerebro.
Incluso fragmentos proteicos asociados al Alzheimer, como la beta-amiloide, podrían contribuir al problema al interferir con la eliminación de glutamato o aumentar la neuroinflamación.
Holroyd defiende la teoría de la “acumulación tóxica”, que compara la fatiga con el dolor como mecanismos de protección corporal. Aunque la sensación de cansancio puede ignorarse temporalmente, el cerebro cuenta con sistemas automáticos que obligan al descanso, y el sueño profundo resulta fundamental para eliminar residuos metabólicos y restaurar el equilibrio energético.

Desafíos en su medición
La medición de la fatiga mental sigue siendo un desafío para la neurociencia. Tradicionalmente, se ha recurrido a autoinformes subjetivos o a pruebas de rendimiento en tareas de memoria de trabajo. Sin embargo, estos métodos presentan limitaciones importantes.
Según Daniel Forger, investigador en la Universidad de Michigan citado por Nature, “las personas son pésimas evaluando su propio cansancio”. Factores como la motivación, el aburrimiento o la frustración pueden distorsionar los resultados, y el entrenamiento puede enmascarar la fatiga real.
Para superar estas limitaciones, los investigadores están desarrollando nuevas estrategias que combinan el análisis bioquímico con la evaluación de la motivación y la toma de decisiones. Un estudio dirigido por Pessiglione en 2022 demostró que, tras realizar tareas cognitivas exigentes, los participantes tendían a preferir recompensas inmediatas en lugar de mayores beneficios a largo plazo.

Este comportamiento se asoció con una mayor acumulación de glutamato en la corteza prefrontal lateral, una región clave para la memoria de trabajo y la toma de decisiones. Además, Matthew Apps, de la Universidad de Birmingham, destaca el papel de la dopamina, que al disminuir tras un esfuerzo sostenido, reduce la disposición a invertir energía mental.
El papel de la fatiga mental en el COVID persistente
El interés científico por la fatiga mental se intensificó en los últimos años por su rol central en el COVID persistente. Tal como señaló Chib en declaraciones citadas por Nature, la fatiga se presenta como el síntoma predominante de esta condición.
Este síntoma también es común en la encefalomielitis miálgica (síndrome de fatiga crónica), el trastorno de estrés postraumático, la esclerosis múltiple, la depresión y la enfermedad de Parkinson. Además, la fatiga extrema puede aparecer tras tratamientos oncológicos, lesiones cerebrales, accidentes cerebrovasculares o exposición a toxinas.
La investigación sugiere que las diferencias individuales en la química cerebral podrían explicar por qué algunas personas experimentan fatiga crónica o extrema. En estos casos, tareas mentales simples pueden resultar tan abrumadoras como una cirugía cerebral, lo que evidencia la gravedad del problema.
Consecuencias en la vida cotidiana y recuperación
El impacto de la fatiga mental trasciende el ámbito clínico y afecta profundamente la vida cotidiana. Ana Lia Tamariz, artista y coach de salud residente en Miami con diagnóstico de encefalomielitis miálgica, describe la dificultad de separar el cansancio mental del físico.

“A veces, no puedo leer ni una palabra más”, relata en Nature. Para ella, cualquier tarea que exija concentración puede dejarla exhausta físicamente, y el esfuerzo físico puede agotar su mente. Esta experiencia ilustra cómo la fatiga mental y la física pueden estar interrelacionadas y compartir mecanismos biológicos.
La investigación respalda esta interacción. Apps señala que, tras correr un maratón, el agotamiento físico se acompaña de un intenso cansancio mental debido a la concentración requerida. De forma inversa, Chib y su equipo han observado que, después de tareas cognitivas exigentes, incluso personas sanas muestran menor disposición a realizar esfuerzos físicos.
El desarrollo de mejores métodos para medir la fatiga mental y comprender sus mecanismos biológicos es una prioridad para la comunidad científica. El sueño profundo se perfila como un elemento clave en la recuperación cerebral, al facilitar la eliminación de residuos metabólicos y la restauración de los circuitos neuronales.
Además, se están investigando los roles del estrés, los ritmos circadianos y la inflamación en la aparición y persistencia de la fatiga cognitiva.
Según Nature, la identificación de biomarcadores cerebrales y la integración de enfoques experimentales innovadores podrían allanar el camino hacia tratamientos más efectivos para quienes padecen fatiga mental, ya sea de forma ocasional o crónica.
La magnitud del problema y la urgencia de encontrar soluciones eficaces impulsan a los investigadores a profundizar en este campo. Descifrar los mecanismos de la fatiga mental es esencial para avanzar en su estudio y en el desarrollo de intervenciones que mejoren la calidad de vida de millones de personas.
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