
Un nuevo estudio realizado por investigadores de la Universidad de Cambridge en el Reino Unido reveló que mejorar la calidad de la dieta y aumentar la actividad física de manera simultánea se asocia con una reducción más marcada de la grasa corporal total y la grasa abdominal en los adultos.
El trabajo se publicó en la revista JAMA Network Open y analizó datos de más de 7.200 personas durante un seguimiento promedio de siete años.
El estudio se centró en la población adulta del Estudio Fenland, una cohorte que incluyó a participantes de entre 29 y 65 años, sin antecedentes de diabetes ni enfermedades graves.

Los investigadores evaluaron los cambios en la calidad de la dieta al utilizar un índice de adherencia a la dieta mediterránea, y la actividad física, medida de forma objetiva con sensores de movimiento y frecuencia cardíaca.
Paralelamente, midieron la evolución de distintos indicadores de adiposidad, como el peso, el índice de masa corporal, la grasa corporal total, la circunferencia de cintura y la cantidad de grasa visceral y subcutánea, además de la presencia de hígado graso.
Los resultados muestran que cada aumento en la calidad de la dieta y en la actividad física se asoció con una menor ganancia de peso y una reducción de la grasa corporal y abdominal.
Por ejemplo, por cada incremento estándar en la actividad física, los participantes redujeron en promedio 1,4 kilos de grasa corporal y 108 gramos de grasa visceral.

El efecto fue aún mayor cuando ambos hábitos mejoraron al mismo tiempo: quienes implementaron dieta y actividad física de forma conjunta lograron una reducción adicional de 149 gramos de grasa visceral, en comparación con quienes mantuvieron sus hábitos estables.
La investigación destaca que estos beneficios fueron más pronunciados en personas con sobrepeso u obesidad al inicio del estudio, así como en quienes eran menos activos físicamente.
En palabras de los investigadores: “Las mejoras en la calidad de la dieta y la actividad física se asociaron de forma independiente con una menor ganancia de grasa corporal total y visceral, con el mayor beneficio observado cuando ambos comportamientos saludables mejoraron juntos”.

El análisis no encontró una interacción compensatoria entre dieta y ejercicio, es decir, mejorar uno de los hábitos no llevó a descuidar el otro.
Tampoco se observó un efecto sinérgico que multiplicara los beneficios, pero sí una suma de efectos positivos.
Además, los resultados se mantuvieron tras ajustar por factores como edad, sexo, nivel educativo, ingresos, consumo de tabaco y energía ingerida, lo que refuerza la solidez de las conclusiones.
El estudio utilizó métodos de medición considerados más precisos que los habituales en investigaciones previas, como la absorciometría de rayos X para estimar la composición corporal y la ecografía para detectar hígado graso.

Esto permitió diferenciar entre tipos de grasa, un aspecto relevante porque la grasa visceral, que se acumula en el abdomen, se asocia con mayor riesgo de enfermedades metabólicas y cardiovasculares, mientras que la grasa subcutánea tiene un impacto menor en la salud.
A pesar de sus fortalezas, los autores reconocen limitaciones. El diseño observacional impide establecer una relación causal definitiva y la mayoría de los participantes eran de origen blanco, lo que podría limitar la generalización de los resultados a otras poblaciones.
Además, no se incluyeron medidas de masa muscular, que también influyen en la salud metabólica.

El contexto de la investigación es relevante: cerca de 3.000 millones de personas en el mundo viven con sobrepeso u obesidad, una tendencia que sigue en aumento y que incrementa el riesgo de enfermedades crónicas y mortalidad prematura.
La evidencia previa sobre la prevención del aumento de peso a largo plazo era limitada, especialmente en estudios que analizaran de forma conjunta los cambios en dieta y actividad física y su impacto en diferentes tipos de grasa corporal.
Este trabajo aporta información clave para el diseño de estrategias de salud pública y recomendaciones clínicas.
Los hallazgos sugieren que abordar simultáneamente la mejora de la alimentación y el aumento de la actividad física puede ser la forma más eficaz de prevenir el aumento de peso y reducir la acumulación de grasa abdominal, especialmente en personas con mayor riesgo.

El equipo de Nita Forouhi escribió: “Estos hallazgos sugieren que mejorar la calidad de la dieta y la actividad física a lo largo del tiempo puede ser más efectivo para manejar la adiposidad general y central y lograr un perfil de grasa corporal más saludable”.
De cara al futuro, los científicos señalaron la necesidad de investigar si estos resultados se replican en otras poblaciones y de explorar intervenciones que ayuden a mantener mejoras sostenidas en ambos hábitos.

También proponen incluir la evaluación de la masa muscular y analizar el impacto de estos cambios en la incidencia de enfermedades metabólicas y cardiovasculares.
La evidencia reunida refuerza la recomendación de combinar una alimentación saludable con la práctica regular de ejercicio como pilares para el control del peso y la prevención de enfermedades asociadas a la obesidad.
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