
Desde hace tiempo, el envejecimiento se asociaba inevitablemente con el deterioro cognitivo, una noción que, afortunadamente, ha sido superada. Una investigación de la Universidad de Illinois, ha demostrado que, si bien algunos cambios en la función cerebral son esperables con el paso de los años, no necesariamente tienen que afectar la calidad de vida ni nuestra capacidad de pensar con claridad.
Un hallazgo clave en este campo ha sido la identificación de los llamados SuperAgers, personas mayores de 80 años cuya memoria y habilidades cognitivas son comparables a las de individuos mucho más jóvenes.

El concepto de SuperAger fue acuñado en 2008 por la profesora Emily Rogalski, de la Universidad Northwestern, en Illinois, Estados Unidos. Su equipo de investigación descubrió que estos individuos no experimentan el adelgazamiento progresivo de la corteza cerebral que normalmente ocurre con la edad, lo que preserva sus capacidades mentales.
Aunque todavía no se ha determinado con certeza qué factores permiten conservar un cerebro joven, la evidencia sugiere que el estilo de vida desempeña un papel fundamental. Rogalski destaca a Telegraph, que “sabemos que la genética influye solo en un 20% en cómo envejecemos; el resto depende de nuestros hábitos”. En consecuencia, es posible adoptar estrategias que contribuyan al mantenimiento de la salud cerebral y reduzcan el riesgo de deterioro cognitivo con el tiempo.

Uno de los rasgos más llamativos de los SuperAgers es su capacidad de adaptación ante la adversidad. En sus estudios, Rogalski ha identificado que muchas de estas personas han atravesado circunstancias difíciles, como la pérdida de seres queridos o episodios de pobreza extrema, sin permitir que estas experiencias los definieran.
“Hemos entrevistado a sobrevivientes del Holocausto, personas que han perdido a toda su familia o que han vivido en condiciones muy duras, y sin embargo, han logrado sobreponerse”, explica la investigadora a Telegraph. Esta actitud resiliente tiene un impacto en la salud cerebral.
Según contó a Telegraph la doctora Dawn Harper, autora del libro Live Well to 101, la acumulación de estrés y resentimiento puede ser perjudicial tanto física como mentalmente. Para desarrollar una perspectiva más positiva, recomienda escribir diariamente en un cuaderno algo que haya generado alegría, como “el primer brote de una flor en primavera”.
Otro factor determinante es la percepción que las personas tienen sobre el envejecimiento. La profesora Becca Levy, de la Escuela de Salud Pública de Yale, ha dedicado su carrera a estudiar la influencia de las creencias sobre la edad en la salud física y cognitiva. Sus investigaciones han revelado que quienes sostienen opiniones positivas sobre el envejecimiento tienen mejores capacidades mentales y físicas, e incluso viven en promedio 7,5 años más que aquellos con creencias negativas.

En un experimento, Levy encontró que personas con una actitud favorable hacia la edad se recuperaban más rápido de lesiones en comparación con aquellas que veían el envejecimiento de manera pesimista. Para combatir los prejuicios, propone la “Método ABC”: primero, tomar conciencia de los mensajes sobre la edad en la sociedad (Awareness); segundo, responsabilizar a la discriminación etaria en lugar de culpar al envejecimiento en sí (Blame ageism, not ageing); y tercero, desafiar los estereotipos negativos mediante el activismo y la representación positiva (Challenge).
Mantener interacciones sociales frecuentes es otra característica común entre los SuperAgers. Rogalski ha observado que estas personas suelen tener mayores niveles de conexión social que sus pares. Conversar, según sus estudios, representa un desafío cognitivo porque obliga al cerebro a formular respuestas, estructurar ideas y seguir el hilo de la conversación.
Además, la interacción humana tiene un efecto protector contra el deterioro mental. Se ha demostrado que la soledad incrementa en un 50% el riesgo de desarrollar demencia, lo que subraya la importancia de cultivar relaciones interpersonales.

Además de estos hábitos sociales y emocionales, existen factores biológicos y físicos que inciden directamente en la salud del cerebro. La alimentación es uno de ellos. Según los expertos, una dieta de estilo mediterráneo, rica en frutas, verduras, pescado, frutos secos y aceite de oliva, está asociada con un menor riesgo de deterioro cognitivo. Esta dieta ayuda a mantener un peso saludable y reduce el riesgo de diabetes e hipertensión, dos condiciones que aumentan las probabilidades de desarrollar demencia en un 1% y un 2% respectivamente.
Según la Universidad de Harvard, la actividad física es otro pilar fundamental en la preservación de la salud cerebral. Estudios con modelos animales han demostrado que el ejercicio regular incrementa la cantidad de vasos sanguíneos que llevan oxígeno al cerebro, estimula la formación de nuevas células nerviosas y mejora las conexiones neuronales. En humanos, se ha observado que la actividad física reduce el estrés, mejora la regulación del azúcar en sangre y contribuye a mantener niveles óptimos de colesterol, todos ellos factores clave para la función cognitiva.

El control de la presión arterial y la salud cardiovascular en general también desempeñan un papel crucial. Según la Universidad de Harvard la hipertensión en la mediana edad incrementa el riesgo de deterioro cognitivo en la vejez. Por ello, adoptar hábitos como mantener un peso adecuado, hacer ejercicio regularmente, reducir el consumo de alcohol y controlar los niveles de colesterol puede favorecer la longevidad cerebral.
Asimismo, según reseña en un informe especial The Conversation, evitar el tabaco es otra estrategia clave para la salud del cerebro, ya que el abuso de estas sustancias ha sido vinculado con un mayor riesgo de demencia y con cambios estructurales en el cerebro, como la reducción del volumen neuronal.
La hidratación también es un aspecto que no debe pasarse por alto. El cerebro, compuesto en gran parte por agua, necesita niveles adecuados de hidratación para funcionar de manera óptima. Se ha demostrado que la deshidratación puede afectar la memoria, la concentración y el tiempo de reacción, mientras que una ingesta adecuada de líquidos contribuye a prevenir la disminución del rendimiento cognitivo.
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