Kovi es una empresa textil de La Matanza que comenzó fabricando cortinas. En marzo de 2020 estaban decididos a innovar usando nanotecnología para fabricar toallas capaces de inactivar hongos y bacterias, pero los sorprendió la pandemia. Gran parte de las empresas de su rubro comenzaron a fabricar barbijos pero ellos querían ir por más y junto a la Universidad de Buenos Aires, el Conicet y la Universidad de San Martín, crearon las mascarillas Atom Protect, el famoso “barbijo Conicet”.
En plena pandemia, Alicia Bárcena, quien era entonces Secretaria Ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), en una reunión con las autoridades científicas de los países de la región resaltó la importancia de la relación entre la ciencia, la tecnología y los sistemas productivos nacionales: “Habrá cambios muy significativos en el comercio internacional y las cadenas de suministros en sectores claves se verán cortadas o debilitadas y, por lo tanto, será necesario desarrollar a nivel local y regional una nueva forma de producir bienes y servicios más localmente”.
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Esa reflexión es de mayo de 2020 y no pierde vigencia. La experiencia de vivir una pandemia nos permitió entender que tenemos que estar cada vez más preparados y trabajar para fortalecer nuestro sistema sanitario pero, a la vez, llegaron nuevos desafíos para el sistema productivo en general: la necesidad de reinventarse y reordenar prioridades, sorteando las dificultades económicas propias de la incertidumbre.
Así como sucedió en el caso de Kovi, la esperanza en ese momento estuvo —y sigue estando— en buscar soluciones junto a lo mejor de nuestro talento, acercando la ciencia y la tecnología a las distintas industrias y sectores productivos. Esto genera resultados fascinantes que además nos posicionan como referentes en el mundo. En la agricultura, por ejemplo, la bioquímica Raquel Chan descubrió junto a su equipo del Conicet el gen HB4, una posible respuesta para combatir los efectos del cambio climático en la producción de alimentos. Y así, hay un sinfín de casos que ponen de manifiesto el valor que tiene la investigación científica para nuestra economía.
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En lo que refiere a la industria farmacéutica, la innovación sigue firme. En el caso de Richmond, recientemente lanzamos un medicamento para el tratamiento terapéutico completo del VIH en un solo comprimido diario con la combinación de tres drogas. Pero además, se trata de una industria que sigue llevando productos de calidad al mundo: en 2021 los medicamentos argentinos alcanzaron los 884 millones de dólares de exportaciones (CILFA) y, según datos de INDEC, en el acumulado hasta julio de 2022 las exportaciones fueron de 520 millones de dólares, un 8,3% superiores a igual período de 2021.
Si vamos específicamente al sector de vacunas, en Argentina este mercado alcanza los 500 millones de dólares y necesitamos que siga creciendo. Por eso en Richmond firmamos un acuerdo de transferencia tecnológica con CanSino Biologics Inc. (CanSinoBIO) que nos permitirá producir en el país vacunas para tratar diversas patologías. Esto significa la creación de 120 puestos de trabajo y un nuevo espacio de crecimiento para nuestros científicos. Además de sustituir su importación, dentro de un tiempo, esas vacunas de producción nacional se exportarán a la región.
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La primera vacuna a transferir tecnológicamente será la de COVID-19, cuyo nombre comercial es Convidecia®. CanSino Biologics Inc. es una compañía biofarmacéutica que desarrolló proyectos de 17 vacunas para 12 enfermedades infecciosas, entre ellas la meningitis, la neumonía, la tuberculosis, el COVID-19, la enfermedad por el virus del Ébola, la tos ferina, la difteria, el tétanos y la culebrilla, entre otras.
La generación de conocimiento local y la creación de nuevos bienes de industria argentina es una ambición sana que no podemos perder. Tiene que ser un motor para nuestra economía pero también para nuestro talento. Para eso necesitamos colaboración, curiosidad e innovar todo el tiempo. Como ejecutivo, como parte de la industria farmacéutica, creo que lo mejor que podemos hacer es dejarnos tentar por las ganas de ver a nuestro país como referente y seguir preparándonos para exportar no solamente bienes sino conocimiento con sello argentino.
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*Juan Manuel Artola es CEO del Laboratorio Richmond
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