
Una despedida, una burla o un tono autoritario pueden despertar un desamparo que parece venir de otro tiempo. Aprender a esconder el miedo para conservar la aprobación de quienes debían cuidarnos afecta la salud mental.
—Déjala que llore, al fin y al cabo es mujer, pero tú eres hombre y no quiero un hijo llorón, un hijo con miedo de quedarse solo, con miedo de esto, con miedo de aquello. La madre fue a terminar de llorar en el baño; Lucas apretó la boca: el llanto frenó en seco.
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El padre se arrodilló, miró a Lucas a los ojos, y dijo: —¿Me has oído bien? No quiero un hijo blanducho y llorón. Los ojos de Lucas se fijaron en la masa que había sido la cara. Su voz sonó muy baja, un hilo de voz: —Nunca más me vas a ver llorar.
La escena pertenece a Seis veces Lucas, una novela infantil de la escritora brasileña Lygia Bojunga. Lucas es un niño que lucha con su miedo a quedarse solo, mientras sus padres se preparan para salir al teatro.
Se lo explica, se lo muestra con gestos, con actos, lo ven, lo oyen, pero no lo escuchan ni lo miran. Pide que su madre se quede o que lo lleven con ellos. Ella le recuerda cuánto irrita al padre escucharlo hablar de sus temores.
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Cuando se van, Lucas, muerto de miedo, piensa en llamar a su tía para pedirle compañía, pero desiste: su padre podría enterarse de que volvió a tener miedo. Busca entonces cómo acompañarse y encuentra su plastilina. Modela una cara, se la coloca sobre el rostro e inventa un interlocutor con quien conversa y baila hasta que se duerme. La pasta fría se convierte en un alter ego, que, de alguna manera, lo protege del miedo.
No solo de estar en la casa sin nadie, que ya es demasiado para un niño pequeño, sino de la soledad de la incomprensión y del desamparo emocional.
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Al regresar, mientras discute con la madre de Lucas, el padre le arranca su creación protectora. Lucas llora y su padre lo humilla una vez más, en la escena relatada.
Para un niño, necesitar a los adultos es una condición de su existencia. Depende de ellos para su cuidado, pero también para encontrar palabras, cobijo y compañía frente a experiencias que todavía no puede atravesar solo, y, si lo hace forzado, como es el caso, lo hace con consecuencias en su salud mental.

El miedo puede ser una experiencia devastadora, sobre todo cuando se vive en situaciones de violencia o negligencia, como le sucede a Lucas. La manera en que los adultos respondan puede marcar cómo aprenderá cada niña y cada niño a reconocer su malestar, expresarlo, buscar ayuda o convertirlo en otra cosa apenas aparezca.
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Es muy común ver en la clínica la vergüenza de sentir miedo, tanto en niños como en adultos. El miedo tiene mala prensa y socialmente denota debilidad, aunque sea todo lo contrario. En general, las personas que pueden demostrar y hablar de sus miedos, de su vulnerabilidad, se sienten más confiadas y firmes que las que esconden, de manera consciente o inconsciente, su malestar.
Muchos niños que llegan a consulta, y adultos que recuerdan su infancia, relatan que no tienen o no han tenido permiso para expresarlo. Como le sucede al personaje, la expresión del miedo entra en conflicto con el deseo de obtener la aprobación del padre, de la madre o de alguna otra figura importante para su vida.
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“No tengas miedo”, “No seas cagón”, “Bancátela”, “Hacete hombre”, “No seas débil”, “Hacete fuerte”.
En muchos entornos sociales, el miedo se convierte en motivo de burla. Por ejemplo, en las canciones de cancha. Los alardes de valentía refuerzan esa descalificación. Cuando se tiene miedo, se tiene: ninguna orden ni humillación lo hace desaparecer. Es una emoción universal, aunque se nos exija vivir como si pudiéramos elegir no sentirla.

En los varones, la cuestión de sentir miedo es mucho más aguda. La crianza y los estereotipos imperantes de masculinidad no admiten sentimientos o sensaciones como esos. Un hincha de fútbol puede llorar y golpear cosas o expresarse de formas a veces extremas cuando su equipo gana o pierde, pero no puede llorar delante de otro si algo le infunde temor, como un trabajo nuevo, una cita o cualquier otra situación.
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Y a las niñas, en cambio, nos crían entre advertencias: “Cuidado”, “No vayas sola”, “No vuelvas tarde”. Aprendemos a tener miedo, a anticipar peligros, pero también a disimularlo para que no nos llamen exageradas. Se nos exige vivir alertas y, al mismo tiempo, no incomodar con lo que sentimos.
Desde donde se lea, tener miedo es una escena especialmente dolorosa. El miedo se profundiza cuando pedir ayuda expone a los niños y niñas a la descalificación de quien debería protegerlos.
En la adultez, estas experiencias de temor sofocado pueden reactualizarse. A veces aquello que produjo miedo sigue teniendo efectos décadas después, aunque cambien sus formas de expresión. Lo actual queda ligado a aspectos de esa historia y despierta una intensidad que quizá la escena presente no requiere.
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Hace muchos años, una paciente relataba una y otra vez los escándalos que armaba cuando alguna de sus parejas debía irse de su casa. Cuando anticipaba que se acercaba la hora de la despedida, inventaba planes para retardarla. Cuando veía que era inexorable, armaba una pelea y, si eso no funcionaba, suplicaba, al punto de arrodillarse.
Se había enlazado, de manera inconsciente, las escenas actuales con escenas de su infancia, cuando el padre, los domingos, se retiraba de las visitas. La invadía la angustia de no volverlo a ver y él le pedía que no llorara, que no tuviera miedo, que se callara porque, si no, no regresaría. Ella, de niña, con enorme esfuerzo lograba reprimir su temor. El temor quedó ahí agazapado para abrirse camino cuando pudiera y lograr elaborarse.
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También las experiencias posteriores a la infancia pueden reactualizarse.
En la serie War hay una escena muy elocuente: dos abogados se enfrentan durante una negociación. Nicholas Taylor tiene enfrente a St. John Smallwood, su antiguo jefe, que conoce una dificultad de sus primeros años de profesión.

Durante la instancia posterior a una mediación fracasada, su ex jefe, hoy contrincante en la batalla judicial, le espeta un sobrenombre, “Singer”, refiriéndose a la tartamudez que Nicholas debió trabajar, años atrás, con un entrenador vocal para resolverla.
La burla, calculada para desbaratar la estrategia, trae al presente aquella dificultad: Nicholas, que llevaba años sin tartamudear, comienza a trabarse y no consigue sostener su intervención.
Un adulto puede estar en condiciones de sostener una conversación difícil y quedarse sin palabras ante un tono autoritario, una burla o un desprecio. Un niño puede necesitar ayuda y postergar el pedido porque anticipa que puede molestar. Del mismo modo, un adolescente puede quedarse congelado ante la burla de sus compañeros, sin poder esgrimir alguna forma de defensa. En general, estas manifestaciones están ligadas a situaciones no resueltas o muy dolorosas del pasado que se encienden a veces ante el mínimo significante.

Quizá Lucas pudiera, en su vida adulta, revisar aquella promesa, pronunciada cuando niño frente a un padre que no toleraba su llanto, porque ahí no le quedaba otra opción.
Cumplirla durante toda una vida puede tener un costo demasiado alto para la salud mental.
*Sonia Almada es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario y Huérfanos atravesados por el femicidio.
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