Son biólogos argentinos y viven en un velero hace tres años: “Estudiábamos con animales muertos, ahora la experiencia es asombrosa”

María Belén Pérez se especializa en ecología y Nicolás Lischetti en zoología. Egresados de la Universidad Nacional de La Plata convirtieron al mar en su fuente de ingresos y el escenario desde el que divulgan ciencia en redes sociales. A mediados del 2028 tienen planeado salir a dar la vuelta al mundo navegando

Son biólogos y viven en un velero desde hace 3 años: hicieron del oceáno su hogar y de la naturaleza su manera de contar el mundo

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Hay un momento en el que el horizonte de cuatro paredes se vuelve insoportable, sobre todo para quienes dedicaron su juventud a entender la vida. Nicolás Lischetti (33), zoólogo, y María Belén Pérez (32), ecóloga, se conocieron en el primer mes de cursada en la carrera de Biología en la Universidad Nacional de La Plata. Durante casi trece años construyeron un camino juntos entre apuntes, campañas de campo a pie de mochila y laboratorios. Sin embargo, cuanto más se adentraban en el ejercicio profesional, más crecía un choque interno insostenible: el estudio de la naturaleza se reducía a muestreos confinados o al análisis de animales muertos.

Decididos a no habitar una rutina prediseñada, los jóvenes tomaron una decisión radical. Renunciaron a la estabilidad de sus empleos, ahorraron dólar a dólar, compraron un velero en Venezuela y se lanzaron a la mar. Hoy, el patio de su casa cambia con las mareas y la naturaleza es el escenario diario desde donde comunican y reescriben su manera de contar el mundo a través de sus redes sociales.

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Son biólogos y viven en un velero desde hace 3 años: hicieron del oceáno su hogar y de la naturaleza su manera de contar el mundo
Belén Pérez y Nicolás Lischetti se conocieron durante el primer año de la carrera de Biología en la Universidad Nacional de La Plata

De las mochilas al timón: el giro de 180 grados

El plan inicial era el clásico sueño del viajero itinerante. “Siempre pensábamos en un viaje sin fecha de regreso y sin rumbo fijo al terminar la facultad. Lo primero que uno imagina es por tierra, en un motorhome o en lo que fuera, porque es lo que más conoce”, recordó Belén. Sin embargo, en 2020 una recomendación casual cambió la hoja de ruta de manera definitiva.

Un amigo les insistió para que realizaran un curso de navegación a vela. “Lo hicimos y definitivamente nos gustó. Tanto, que el viaje que teníamos pensado fue mutando y pasó de la tierra al mar”, relató entre risas.

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La decisión de soltar la amarra profesional no fue comprendida por todos. En un contexto donde insertarse laboralmente en la ciencia resulta complejo, ambos contaban con puestos estables que les gustaban. Pero la motivación de fondo no era el descontento con la disciplina, sino el deseo de experimentar la biología de una forma viva y sin ataduras.

Son biólogos y viven en un velero desde hace 3 años: hicieron del oceáno su hogar y de la naturaleza su manera de contar el mundo
Belén tiene 33 años y es experta en ecología

Sobre ese punto de quiebre, Nicolás reflexionó: “En la carrera tenés muchos viajes de campo, pero de un momento a otro tenés que encerrarte en un laboratorio a procesar muestras. Terminás encerrado entre cuatro paredes y eso es chocante. Mismo en la universidad uno estudia biología, que es el estudio de la vida, con animales muertos. Es cuestionable; es una forma de aprender, pero nosotros queríamos vivirlo, que el patio de nuestra casa sea cualquier lugar. Nuestra experiencia de ahora es asombrosa”.

El barco en Venezuela: ahorros, colecta familiar y resistencia

Sin un respaldo económico ni fortunas heredadas —Nico es hijo de una maestra jardinera y perdió a su padre a los 18 años; Belén creció en un hogar de ingresos modestos—, la travesía se financió a puro esfuerzo y con el impulso de la solidaridad familiar.

“Juntamos ahorros de tres o cuatro años de trabajo. Nico sumó una partecita de un terreno familiar que se vendió, pero para irnos a Venezuela, entre tíos, primos y abuelos, todos nos dieron lo poquito que tenían. Mi abuela, por ejemplo, me dio doscientos dólares en un sobrecito. Fue literalmente una colecta”, rememoró Belén.

Son biólogos y viven en un velero desde hace 3 años: hicieron del oceáno su hogar y de la naturaleza su manera de contar el mundo
Nicolás tiene 33 años y es experto en zoología

En 2020, durante las clases de vela, su instructor les comentó que vendía un velero que tenía amarrado en Puerto La Cruz, Venezuela. Para dos navegantes novatos, adquirir la embarcación de su propio profesor representaba una garantía de seguridad frente a los riesgos de ser engañados en el mercado náutico. Sin embargo, la compra a distancia —solo viendo fotos y videos— dio paso a una dura prueba de resistencia.

Lo que estaba planeado como una estadía de dos meses para hacer reparaciones básicas se convirtió en una permanencia forzada de seis meses y medio. La burocracia local, sumada a la compleja situación económica y política de Venezuela, exigía trámites inacabables y costos imprevistos. “Económicamente cada paso burocrático era una traba o una coima. Todos los ahorros que teníamos para vivir desaparecieron”, explicó Belén.

A la escasez de dinero se sumó la imposibilidad legal de habitar la embarcación dentro de la marina privada. “Los malabares que hicimos no te los podés imaginar”, señaló Nicolás. Durante semanas durmieron en un departamento en remodelación sin servicios básicos que les prestó el encargado del predio. “Nos levantábamos a las siete de la mañana, íbamos al velero a trabajar todo el día. Cuando se hacía de noche y se iba la luz, volvíamos al departamento solo a bañarnos y dormir”, contó Belén. Más adelante, lograron permutar trabajo de mantenimiento y pintura por alojamiento en otro departamento deshabitado.

Son biólogos y viven en un velero desde hace 3 años: hicieron del oceáno su hogar y de la naturaleza su manera de contar el mundo
La pareja compró su primer velero, el "Fran Austral", en Venezuela, en 2023

Inquietud financiera y la vida en Curazao

En julio de 2023, el velero finalmente soltó amarras de Puerto La Cruz rumbo a Curazao. Salieron al Caribe con lo justo y necesario: las reparaciones del barco aún estaban incompletas y en el bolsillo sólo quedaban 500 dólares.

“Salimos con el barco que a mitad de camino se le rompió la vela y no le funcionaba el motor. Llegamos con mil dificultades y dijimos: ‘Acá tenemos que conseguir trabajo o inventar algo’”, recordó Belén.

A los diez días de haber amarrado, la necesidad los condujo a la tienda de insumos marinos más grande de la isla. Nicolás contó que iban a mirar los repuestos que necesitaban sin poder pagarlos, “como quien va al shopping sin plata”. En una de esas visitas, el gerente le pidió ayuda a Nico para cortar una cadena pesada con una cizalla. Tras la changa improvisada, surgió la oportunidad: al día siguiente, ambos estaban contratados.

Durante sus viajes, los biólogos comparte información sobre las especies marinas que van encontrando en el océano. En este video, Nico se refiere al tiburón nodriza

Trabajaron de lunes a sábado de 8 a 17 horas durante seis meses. La estabilidad económica regresó, al punto de permitirles costear los arreglos fundamentales del barco y reponerse financieramente. Incluso les ofrecieron sponsorearles la residencia y cursos de idiomas para quedarse a largo plazo. Sin embargo, la sombra de la rutina sobrevoló de nuevo.

“En un momento nos pasó que estábamos cumpliendo horarios otra vez y dijimos: ‘Che, estamos de nuevo en la misma rueda de la que habíamos escapado en Argentina’. Dudamos dos días porque la comodidad y un buen sueldo tientan, pero sabíamos que ese no era el propósito”, reflexionó Belén.

Encuentros en alta mar y el choque con la vida salvaje

El viaje continuó hacia Aruba y posteriormente a Panamá, donde llegaron a principios de 2025. Allí se sumaron como tripulantes en la embarcación de una familia amiga —denominada “El barco amarillo”— para afrontar la mítica travesía del Océano Pacífico con destino a la Polinesia Francesa.

Son biólogos y viven en un velero desde hace 3 años: hicieron del oceáno su hogar y de la naturaleza su manera de contar el mundo
Durante sus inmersiones, Nicolás y Belén filmaron tortugas, pulpos, sepias, estrellas de mar y distintas especies de peces

En abril de 2025 cruzaron el Canal de Panamá y se adentraron en casi un mes de navegación en mar abierto, sin avistar tierra. Como biólogos, la travesía fue una inmersión absoluta en un ecosistema vivo. Acompañados por delfines, orcas cerca de Galápagos, ballenas, tiburones y aves piqueros de patas azules que descansaban en la proa, la experiencia superó cualquier texto académico.

“La navegación nunca implicó abandonar la biología. La intención siempre fue acercar información verificada sobre especies y ecosistemas a personas que no tienen contacto cotidiano con la naturaleza”, remarcó Nico.

“Hay mucha desvinculación con la naturaleza. Demasiada pantalla también te abstrae de mirar un ave que está volando o un hornero que está haciendo una casita”, sostuvo Belén. “Queríamos llevar curiosidades de la naturaleza a las redes, pero con información real. Por eso, creamos el Instagram @navegacionynaturaleza”, agregó.

Son biólogos y viven en un velero desde hace 3 años: hicieron del oceáno su hogar y de la naturaleza su manera de contar el mundo
“Queríamos llevar curiosidades de la naturaleza a las redes, pero con información real. Por eso, creamos el Instagram @navegacionynaturaleza”, contaron

Durante sus inmersiones y navegaciones filmaron tortugas, pulpos, sepias, estrellas de mar y distintas especies de peces. En Polinesia observaron un pez Napoleón, una especie de gran tamaño que los sorprendió por su presencia bajo el agua. Y en el archipiélago panameño de San Blas, volvieron a encontrarse con un caballito de mar, un animal que es muy poco frecuente de observar.

Sin embargo, no todas las experiencias en el agua fueron contemplativas. Durante una travesía desde Aruba hacia Panamá, Nico se arrojó al mar sujeto a una cuerda en una zona de calma. Mientras nadaba junto a su hermana, pescó un pez con arpón. La sangre atrajo a un tiburón, que se acercó a la embarcación.

Al intentar subir con rapidez, quedó con un dedo atrapado en la bisagra de la escalera. “Me explotó el dedo”, recordó. Belén le hizo cinco puntos a bordo, sin anestesia, y navegaron cerca de un día hasta llegar al puerto más próximo. “En un barco, en dos minutos sos médica, después mecánica, carpintera o electricista”, resumió ella.

En este video, Belén se sumerge en el mar para bucear junto al pez Napoleón

Hoy reciben huéspedes y preparan la vuelta al mundo

Tras volver a Panamá, trabajaron en embarcaciones de alquiler para otros propietarios. Primero lo hicieron en un catamarán y luego durante un año en otro velero. Mientras tanto, siguieron con las mejoras de su propia embarcación, que recibía huéspedes a través de amigos que vivían a bordo.

El primer velero, un barco de 34 pies llamado “Franca Austral”, fue vendido hace unos días. La pareja compró otra embarcación de 40 pies, llamada “Lupa”, que utilizará para el próximo tramo de su proyecto: dar la vuelta al mundo.

La pareja tiene pensado salir a dar la vuelta al mundo en velero a mediados de 2028
La pareja tiene pensado salir a dar la vuelta al mundo en velero a mediados de 2028

“Es un Jeanneau Sun Odyssey 40 pies del año 2000. Tiene tres cabinas dobles y dos baños”, se enorgulleció la pareja, que hoy se encuentra en San Blas, Panamá. Allí ofrecen estadías en el velero con comidas, bebidas, paseos por las islas y salidas de esnórquel. “Estamos juntando plata para lo que se viene”, remarcaron. Para ello, crearon la página Sailing the World.

El viaje comenzará a mediados de 2028. Partirá desde Panamá hacia Baja California y México, para luego cruzar nuevamente hacia la Polinesia Francesa. Después planean navegar por Nueva Zelanda, Australia, Indonesia y Sudáfrica. Desde allí evaluarían el cruce hacia Brasil y, posiblemente, un regreso por mar a Argentina.

Para dar al vuelta al mundo, vendieron el "Franca Austral" y compraron otro velero al que llaman "Lupa". Tiene 40 pies y es del año 2000. Posee 3 cabinas dobles y 2 baños
Para dar al vuelta al mundo, vendieron el "Franca Austral" y compraron otro velero al que llaman "Lupa". Tiene 40 pies y es del año 2000. Posee 3 cabinas dobles y 2 baños

“Sería hermoso volver a nuestro país con el barco, pero sería recién al final de la vuelta”, concluyeron.

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