Los perros ofrecen compañía, pero no necesariamente mejoran la salud mental de sus dueños

La evidencia disponible relaciona el cuidado cotidiano con apoyo afectivo, actividad y rutinas, aunque los estudios revisados no establecen que esa convivencia reduzca la ansiedad o la depresión en todas las personas

Ilustración en acuarela de un niño de espaldas y un perro sentados en la hierba frente a un paisaje de colinas al atardecer.
Un análisis sistemático de 21 investigaciones no halló un cambio significativo en el riesgo de depresión por tener animales en el hogar (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Los perros ocupan desde hace tiempo un lugar singular en los hogares: acompañan las rutinas, impulsan salidas al aire libre y, para muchas personas, ofrecen una presencia constante. La expresión “el mejor amigo del hombre” resume una cercanía que suele asociarse con afecto, lealtad y compañía en distintos momentos de la vida.

Esa convivencia también alimentó la idea de que los canes pueden favorecer la salud mental. El cuidado cotidiano, los paseos y el vínculo emocional aparecen con frecuencia como aspectos capaces de aportar estructura, contacto social o sensación de propósito, aunque sus efectos varían según cada persona y las condiciones en que se desarrolla la relación.

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La ciencia empezó a examinar esa percepción con herramientas más precisas y resultados menos concluyentes que la creencia popular. De acuerdo con la ciencia, el vínculo estrecho entre un perro y su dueño puede relacionarse con mayor apoyo emocional y compañía, pero no implica necesariamente menores niveles de ansiedad o depresión.

Mujer con gorra y camisa vaquera pasea un perro golden retriever con correa por vereda. Alrededor hay casas, árboles, césped y calle con autos.
La cercanía emocional con una mascota no se tradujo en menores niveles de ansiedad o depresión entre los encuestados (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los perros y el apoyo emocional

Un estudio publicado en Frontiers in Psychology analizó las respuestas de 1.693 adultos dueños de perros en el Reino Unido. La investigación combinó cuestionarios sobre salud mental y sobre la relación entre la persona y el animal, además de respuestas abiertas acerca de los aspectos positivos y negativos de la convivencia.

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Los autores evaluaron ansiedad, depresión, apoyo emocional y compañía, junto con tres dimensiones del vínculo: las interacciones cotidianas, la cercanía emocional y la carga percibida por cuidar al perro. Este último concepto refiere a cuánto esfuerzo, preocupación o dificultad representa para una persona asumir las responsabilidades que demanda el animal.

Según indicó el artículo, una relación más cercana se asoció con una percepción mayor de apoyo emocional y compañía. Sin embargo, la cercanía emocional también se vinculó con puntuaciones más altas de ansiedad y depresión en la muestra.

Por tratarse de un estudio transversal, realizado en un solo momento, los resultados no permiten determinar si determinadas características del vínculo afectan la salud mental o si quienes ya atraviesan malestares emocionales buscan con más frecuencia el apoyo de su perro.

Una persona en silueta extiende el brazo hacia un perro de pelaje claro sentado en un suelo de madera cerca de una puerta de vidrio
La percepción de una menor carga financiera y de cuidado hacia la mascota se asoció con mejores indicadores de bienestar (Imagen Ilustrativa Infobae)

La menor carga percibida fue el factor que mostró una asociación más consistente con mejores resultados de bienestar. Cuando las tareas, los gastos, el comportamiento del perro o las preocupaciones por su salud se perciben como manejables, la convivencia puede resultar más favorable. La investigación aclara que tener un perro, por sí solo, no equivale a una intervención para prevenir o tratar la ansiedad o la depresión.

Esa conclusión coincide con una revisión sistemática y metaanálisis publicada en Annals of General Psychiatry, que reunió 21 estudios observacionales con 159.322 participantes. El análisis no encontró una asociación significativa entre tener una mascota y un cambio general en el riesgo de depresión. En el subgrupo de personas con perros tampoco se observó una relación significativa, mientras que los resultados vinculados a la tenencia de gatos mostraron una asociación modesta que los autores pidieron interpretar con cautela.

La compañía puede aportar rutina, propósito y contacto social

Los beneficios que algunas personas atribuyen a sus perros no se reducen a la presencia del animal en el hogar. El estudio publicado en Frontiers in Psychology recogió experiencias en las que los participantes describieron que las responsabilidades de cuidado les daban una razón para organizar el día, salir de casa y sostener una rutina. También mencionaron los paseos como una oportunidad para encontrarse con otras personas.

Un perro de pelaje negro y blanco con arnés azul mira hacia arriba sujeto por una correa en un camino de parque rodeado de árboles.
Las responsabilidades diarias del cuidado animal y los paseos aportan estructura a la jornada e impulsan el contacto social (Imagen Ilustrativa Infobae)

Estas experiencias pueden contribuir a formas de bienestar vinculadas con el placer cotidiano y con la percepción de tener un propósito. La compañía de la mascota, su presencia durante momentos de soledad y la posibilidad de brindar cuidados fueron identificadas por los participantes como componentes valiosos de la relación.

Una investigación dirigida por Takefumi Kikusui, profesor de la Universidad de Azabu en Japón, examinó además una posible relación entre la convivencia con perros, el comportamiento social y la microbiota.

Según publicó The Guardian, el equipo analizó a 343 adolescentes sanos de Tokio, 96 de los cuales convivían con perros. A los 14 años, quienes tenían perro a los 13 mostraron puntuaciones más bajas en problemas sociales, aislamiento, conductas agresivas y comportamientos delictivos que quienes no tenían uno.

El mismo trabajo detectó diferencias en las bacterias presentes en la saliva de adolescentes que convivían con perros y de quienes no tenían ese contacto. Los investigadores transfirieron microorganismos de esas muestras a ratones libres de microbiota y observaron diferencias en algunas conductas sociales.

Kikusui señaló al diario británico que el microbioma podría ser uno de los mecanismos involucrados. Sin embargo, el estudio no analizó los microorganismos de los perros ni permitió determinar si los cambios observados estaban relacionados directamente con la convivencia con el animal, con una posible reducción del estrés o con otros factores.

El cuidado también puede convertirse en una fuente de estrés

Primer plano de un adolescente con camiseta azul y un perro de pelaje dorado, con sus frentes tocándose y manos del joven en el cuello del animal.
Los perros de terapia certificados participan en entornos clínicos definidos pero no reemplazan los tratamientos de salud mental (Imagen Ilustrativa Infobae)

La relación con un perro incluye obligaciones que pueden modificar la experiencia de compañía. La investigación de Frontiers in Psychology registró preocupaciones de los participantes por los costos de atención veterinaria, la falta de tiempo, las dificultades para compatibilizar los cuidados con el trabajo y las limitaciones para viajar o pasar tiempo fuera de casa.

Los problemas de salud o comportamiento del animal también aparecieron como fuentes de tensión. Perros con ansiedad por separación, ladridos persistentes, alta demanda de actividad o enfermedades pueden aumentar la percepción de responsabilidad y generar frustración, agotamiento o culpa, de acuerdo con el análisis cualitativo del estudio.

La investigadora Carri Westgarth, coautora del trabajo, y sus colegas sostuvieron que el bienestar de la persona depende de las características del dueño, del perro y del vínculo que establecen. La disponibilidad de apoyo para el cuidado, recursos económicos, entrenamiento y atención veterinaria puede influir en que las exigencias se mantengan dentro de límites asumibles.

La diferencia entre un perro de compañía y un perro de terapia también es relevante. La Universidad de Utah explicó que estos últimos forman parte de entornos clínicos y acompañan a pacientes dentro de programas específicos; su función no reemplaza las terapias de salud mental, sino que puede facilitar interacciones de apoyo en un contexto profesional.

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