Por qué invitar a los hijos a colaborar funciona mejor que imponer tareas, según una experta

Michaeleen Doucleff, autora de Hunt, Gather, Parent, explicó que la observación y la práctica cotidiana tienen más peso en el aprendizaje infantil que las explicaciones prolongadas

Un hombre, una mujer y dos niños cortan verduras y mezclan ensalada sobre una isla de madera en una cocina.
Una experiencia con una niña maya en Yucatán motivó a Michaeleen Doucleff a investigar las prácticas de crianza en comunidades tradicionales. (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Durante una visita a una comunidad maya de Yucatán, una niña de 12 años se levantó, pasó junto a un grupo de adultos y comenzó a lavar los platos sin que nadie se lo pidiera.

El relato no precisó si la escena ocurrió en la casa de la niña. Cuando la periodista científica Michaeleen Doucleff le preguntó por qué lo hacía, respondió: “Porque quiero a mi mamá”.

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La anécdota fue el punto de partida de su conversación con la conductora Sheryl Ziegler en The In-Between Years.

La entrevistadora llevó esa experiencia a una pregunta sobre los años de adolescencia: si las prácticas de crianza que la autora reunió en Hunt, Gather, Parent podían sostenerse cuando los hijos ya no son pequeños.

Una mujer de cabello oscuro sostiene una taza amarilla frente a un micrófono sobre una mesa de madera
La autora enfrentó dificultades en la crianza de su hija antes de iniciar sus viajes de investigación por la península maya, el Ártico y Tanzania (YouTube/@goodinside)

La charla se concentró en la participación de niños y adolescentes, la preparación de las comidas y el cuidado de la casa.

Doucleff no presentó esas responsabilidades como una lista de obligaciones ni como una forma de castigo, sino como parte de la convivencia familiar y de la adquisición gradual de habilidades.

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Una experiencia de crianza cambió la pregunta de la autora

Antes de iniciar esa investigación, Doucleff contó que trabajó diez años como química y que esperaba encontrar respuestas para la crianza en la investigación científica. Tras el nacimiento de Rosemary, en 2015, relató que atravesó episodios de rabietas, gritos y golpes por parte de la niña.

Manos de un niño meten ropa amarilla, celeste y verde en la lavadora blanca; se ven azulejos claros, una ventana y dos botellas de detergente.
Doucleff propone incorporar a los hijos en las rutinas cotidianas de los adultos en lugar de entretenerlos de forma constante (Imagen Ilustrativa Infobae)

“Me acostaba temiendo que se despertara”, dijo al recordar aquellos años. Durante una cobertura sobre enfermedades infecciosas para NPR, comenzó a observar formas de crianza que diferían de las que conocía.

Allí, explicó, vio otra relación entre las madres y sus hijos: menos discusiones y negociaciones, y mayor presencia de los niños en las actividades cotidianas. La respuesta de la niña orientó la búsqueda de Doucleff, quien recordó que entonces pensó: “Esto es lo que quiero”.

Las invitaciones reemplazaron la idea de entretener y dirigir cada momento

Doucleff cuestionó la expectativa de que los padres debían entretener a sus hijos o controlar sus horarios de forma constante.

Mujer con gafas frente a un micrófono en una habitación con estanterías y una pared azul
El modelo de colaboración familiar prioriza la observación de acciones acotadas sobre las explicaciones prolongadas (YouTube/@goodinside)

Según contó tras sus visitas a la península maya, el Ártico y Tanzania, los adultos incorporaban a los niños a sus actividades sin convertirlos en espectadores ni dejarlos aislados en un mundo separado. La fórmula que resumió esa lógica fue: “Ven a ayudarme. Ven a estar conmigo en mi mundo y te enseñaré”.

En lugar de exigir resultados completos, propuso convocar a acciones acotadas: preparar tortillas, tomar una tarea pequeña cuando todavía no sabían cómo colaborar.

“Los niños aprenden mediante la observación”, sostuvo. Para la entrevistada, la práctica y el tiempo de mirar a otros tenían más peso que las explicaciones prolongadas.

Los aportes pequeños podían convertirse en una rutina de convivencia

La autora contó que aplicó esas prácticas con Rosie desde que tenía cerca de tres años. A los 11 años, la niña ya preparaba platos sencillos y colaboraba con la mesa.

Padre e hijo barren juntos en una cocina luminosa. El niño sostiene la escoba y el padre una pala de recogedor con suciedad en el suelo de madera.
Las tareas del hogar se plantean como una expresión de pertenencia a la comunidad y no como un sistema de premios o tablas de deberes (Imagen Ilustrativa Infobae)

“No se trata de que el niño haga la cena todas las noches ni limpie la casa por sí solo”, aclaró Doucleff. El objetivo, según explicó, era que los aportes crecieran con el tiempo y se volvieran parte de la vida familiar.

Para mostrar cómo iniciar ese proceso con adolescentes, relató el caso de un joven de 13 años que pasó una semana en su casa y solía mirar Instagram o jugar videojuegos mientras ella cocinaba.

Doucleff no le reprochó su actitud, le dijo: “Ven a la cocina y cuéntame qué estás mirando en Instagram”, y luego le preguntó si quería ayudar. El joven aceptó cortar papas y, durante los días siguientes, la actividad se convirtió en un momento de conversación.

Un niño pequeño y las manos de un adulto colocan ropa doblada dentro de una caja organizadora sobre el suelo.
Un joven de trece años comenzó a colaborar en la preparación de la comida tras una invitación a compartir sus intereses en la red social Instagram (Imagen Ilustrativa Infobae)

El margen de decisión y el propósito marcaron los límites de la propuesta

Doucleff diferenció esa colaboración de una tabla de tareas o de un sistema de premios. “Vives aquí, comes aquí y necesitas participar en las actividades que preparan las comidas y mantienen limpia la casa”, planteó como idea para los hijos.

Ziegler coincidió y sostuvo que, en su familia, la conversación no giraba en torno a tareas asignadas, sino a la pertenencia al hogar.

La entrevistada también advirtió que la ayuda requería margen de decisión. Si un niño no quería cortar zanahorias, recomendó preguntarle qué otra tarea prefería asumir.

“No intervengas más de lo necesario”, dijo al referirse a las correcciones adultas. Esa intervención debía limitarse, según explicó, a situaciones de riesgo o a asuntos importantes.

Un hombre, una mujer y dos niños elaboran comida en una cocina de madera con utensilios, cuencos y verduras sobre la mesa.
La propuesta sugiere limitar las intervenciones y correcciones de los adultos a situaciones de peligro o asuntos de importancia relevante (Imagen Ilustrativa Infobae)

En el tramo final, Doucleff distinguió los elogios excesivos de los agradecimientos concretos. Propuso respuestas como “Gracias” o “Has crecido, mira las habilidades que desarrollaste”, antes que celebraciones desmedidas.

También vinculó la autoestima con la posibilidad de sentirse útil para otros: “Lo que realmente da eso es sentir que la vida importa para las personas que te rodean, para tu familia y para tu comunidad”.

Desde esa perspectiva, sugirió que los adultos ayudaran a los adolescentes a identificar maneras de colaborar, crear o hacer voluntariado. Ziegler cerró el episodio con una advertencia dirigida a las familias: “Aunque los hijos actuaran como si no necesitaran a sus padres, todavía los necesitaban”.

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