
En un episodio de The In-Between Years, la psicóloga y entrevistadora Sheryl Ziegler conversó con la psicóloga Marisa G. Franco sobre Worth, un libro dirigido a adultos que revisan su propia crianza.
Durante la charla, abordaron la autoestima, el valor propio y la forma en que madres y padres podían acompañar el malestar de sus hijos, sin pretender resolverlo de inmediato.
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Franco distinguió la autoestima de la aceptación de las emociones
Franco definió el valor propio como la decisión de considerar importantes los sentimientos y los valores personales. La autora relató que, al estudiar a personas con autoestima alta, había hallado dos perfiles.

Uno buscaba sentirse superior, reaccionaba a la defensiva y descalificaba a los demás. El otro se sentía bien consigo mismo y mantenía relaciones más consideradas.
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Para la psicóloga, la diferencia estaba en la capacidad de reconocer las emociones difíciles. “La autoestima alta consiste simplemente en decir o pensar que te sentís muy bien con vos mismo, mientras que el valor propio implica poder reconocer todo lo que realmente sentís por dentro”, sostuvo.
Quien podía admitir vergüenza o incomodidad tenía más posibilidades de evitar que esos sentimientos dirigieran sus reacciones.

Ziegler relacionó esta diferencia con las consultas de familias inquietas por los pensamientos negativos de sus hijos. Franco planteó que, ante chicos con baja autoestima, los adultos debían dejar de intentar corregirlos y comenzar a escucharlos. “Los recuerdos no solo registran el pasado, predicen el futuro”, afirmó al aludir a rechazos, burlas o exclusiones.
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Los recuerdos dolorosos podían influir en nuevas relaciones
La entrevistada señaló que el acoso o la pérdida de una amistad podían seguir presentes si no se hablaba de esas experiencias.
Una persona que hubiera recibido burlas por una característica podía interpretar relaciones nuevas a partir de aquel episodio y volver a esperar rechazo. También explicó que el cerebro recurría a vivencias previas para comprender situaciones actuales y podía reactivar las sensaciones físicas vinculadas con ese dolor.
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Para acompañar esos recuerdos, Franco sugirió que madres y padres respondieran con curiosidad. Propuso preguntas como: “Contame más sobre lo que pasó. ¿Cómo te afectó? ¿Cómo te hizo sentir? ¿Cómo creés que está influyendo en la forma en que encarás estas amistades ahora?”.
A su juicio, chicos y adultos con dificultades para reconocer su propio valor necesitaban a alguien que validara su experiencia y les permitiera observar las emociones dolorosas desde un lugar de calma.
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La psicóloga indicó que volver a una memoria difícil podía ayudar si se buscaba un sentido. “¿Qué aprendiste de esa experiencia?” fue una de las preguntas que mencionó para pensar qué se esperaba de una amistad y cómo se quería ser tratado después.

La crianza también requería revisar las reacciones de los adultos
Franco reconoció que acompañar a un hijo no siempre resultaba fácil, porque el sufrimiento infantil podía despertar dolor e incomodidad en los adultos.
Al contar su experiencia en terapia, dijo que había aprendido a no restarle importancia a lo que sentía y a admitir celos, necesidad, dolor o vergüenza. “Hay una parte de mí que siente vergüenza, y está bien. Hay una parte de mí que siente celos, y está bien”, expresó.
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La autora también cuestionó la idea de que una persona pudiera tener una forma de vincularse completamente segura y permanente. Después de escribir sobre relaciones de amistad seguras, relató que advirtió que intentar mostrarse siempre tranquila en una relación durante la pandemia había significado ignorar su propio malestar.

Por eso, propuso hablar de personas “seguras a medias”, capaces de reconocer sus inseguridades sin utilizar las formas de vincularse para avergonzarse o juzgar a otros.
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Al hablar de quienes buscaban criar de manera distinta a como habían sido criados, advirtió que reprimir un impulso similar al de un adulto que les había hecho daño podía aumentar la posibilidad de reaccionar desde ese impulso.
Aceptar el dolor ayudaba a atravesarlo sin intentar borrarlo
Franco mencionó el caso de un padre que, ante la insistencia de su hijo por recibir consuelo, terminó gritándole. “Tenemos que dejar de presionarnos para ser perfectos y, en cambio, permitirnos ser reales”, dijo.
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La psicóloga sostuvo que reconocer la rabia antes de actuar permitía preguntarse qué necesitaba esa parte de uno mismo, en lugar de descargarla sobre un hijo.
La conversación también trató la frase “está bien no estar bien”. Franco consideró que aceptar las emociones era necesario para poder elaborarlas, mientras que juzgarlas o tratar de demostrar que no eran razonables aumentaba el malestar. “Solo podemos sanar las partes de nosotros que estamos dispuestos a reconocer”, señaló.
Para ayudar a un adolescente a tolerar la tristeza, aconsejó detenerse, preguntar cómo la sentía en el cuerpo y, si lo deseaba, invitarlo a poner una mano sobre el pecho.

Después podía repetirse algo que necesitara escuchar, como “Todavía te quiero”, “Todavía veo lo mejor en vos” o “Estoy acá”. La práctica apuntaba a que aprendiera a calmarse y a tratarse como alguien importante.
Franco sostuvo que la meta no consistía en evitarles todo dolor a los hijos, sino en enseñarles a atravesarlo sin perder estabilidad. “La validación es como un pañuelo emocional”, resumió.
Al cerrar el episodio, Ziegler invitó a las familias a mirar con curiosidad alguna frustración o enojo reciente, sin juzgarse, y recordó que los adolescentes podían aparentar que no necesitaban a sus padres, aunque todavía los necesitaran.
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