
El estrógeno vaginal lleva décadas disponible en farmacias de todo el mundo, pero muchas de las mujeres que podrían beneficiarse del tratamiento nunca llegan a recibirlo.
Un estudio publicado en 2026 en la revista Urology que analizó casi dos millones de mujeres con infecciones urinarias recurrentes encontró que solo el 25% llegó a recibir una prescripción del tratamiento.
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Mientras tanto, la evidencia científica acumulada sobre su eficacia y seguridad llevó a la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) de Estados Unidos a eliminar, en noviembre de 2025, la advertencia de recuadro negro que durante más de dos décadas había frenado su uso.

La decisión de la FDA marcó un punto de inflexión. La agencia concluyó, tras una revisión exhaustiva de la literatura científica y una reunión de expertos en julio de 2025, que esa advertencia —que alertaba sobre mayor riesgo de cáncer, enfermedades cardiovasculares y demencia— se basaba en interpretaciones desactualizadas de los primeros datos del Estudio de Iniciativa de Salud de la Mujer (WHI, por sus siglas en inglés).
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En ese sentido, sobreestimaba los riesgos, particularmente para las formulaciones vaginales de baja dosis, según informó la Harvard Medical School.
La Sociedad de la Menopausia (The Menopause Society) respaldó públicamente la medida, al señalar que la advertencia había funcionado como un disuasivo al uso de una terapia segura y eficaz para una condición que afecta a la mayoría de las mujeres en la menopausia.
El tratamiento apunta al síndrome genitourinario de la menopausia (SGM), un conjunto de síntomas producidos por la caída estrogénica natural que ocurre en la mediana edad. Según datos consolidados por los Institutos Nacionales de Salud (NIH), entre el 40% y el 54% de las mujeres posmenopáusicas reportan síntomas molestos: sequedad vaginal, ardor, irritación, dolor durante las relaciones sexuales y urgencia urinaria.
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La caída de estrógeno reduce también la acidez vaginal y la presencia de bacterias protectoras, lo que facilita el crecimiento de microorganismos patógenos y aumenta la susceptibilidad a infecciones del tracto urinario.
A diferencia del estrógeno sistémico —administrado en píldoras o parches—, el estrógeno vaginal en bajas dosis se absorbe de forma mínima en el torrente sanguíneo: actúa principalmente sobre el tejido local.
Una revisión sistemática publicada en la revista Menopause, que evaluó 75 ensayos clínicos, encontró que las formulaciones más nuevas —anillos, tabletas e insertos de estradiol— producen los menores aumentos en los niveles séricos de la hormona, lo que apunta a un mayor margen de seguridad.
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El Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos y la Sociedad Americana del Cáncer coinciden en que las terapias locales de baja dosis no alteran el riesgo de cáncer de mama ni endometrial de forma significativa.
Uno de los hallazgos más recientes refuerza el argumento a favor del tratamiento más allá de la calidad de vida. Un estudio retrospectivo, presentado en 2025 en el congreso de la Sociedad Internacional de Continencia (ICS), analizó a mujeres posmenopáusicas con infecciones urinarias recurrentes y encontró que quienes recibieron estrógeno vaginal tuvieron un 51% menos de riesgo de sepsis, un 22% menor probabilidad de hospitalización y una reducción del 73% en las probabilidades de muerte.
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Esos hallazgos fueron complementados por el análisis más amplio de 2026, publicado en Urology, que utilizó datos del sistema Epic Cosmos —con casi dos millones de pacientes— y observó reducciones similares en mortalidad en todos los grupos de edad.
Ambos estudios son de diseño observacional, por lo que sus autores advierten que no prueban causalidad: las mujeres que reciben la prescripción podrían también tener un acceso más completo a la atención médica en general.

La guía conjunta 2025 de la Asociación Americana de Urología (AUA), la Sociedad de Urología Femenina (SUFU) y la Asociación Americana de Uroginecología (AUGS) establece que los médicos deben ofrecer estrógeno vaginal de baja dosis a las pacientes con SGM y recomendar su uso específicamente a quienes padezcan infecciones urinarias recurrentes.
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Asimismo, aclara que el tratamiento no aumenta el riesgo de hiperplasia endometrial con atipia ni de cáncer de endometrio.
La seguridad del tratamiento se extiende también a pacientes con antecedentes oncológicos. Un estudio de la Clínica Cleveland publicado en 2020, el primero de su tipo, evaluó a sobrevivientes de cánceres ginecológicos —endometrial, ovárico y cervical— que recibieron estrógeno vaginal.
Con una mediana de seguimiento de 80 meses, los investigadores no encontraron un aumento en las tasas de recurrencia del cáncer. Laura Chambers, una de las autoras del estudio, señaló que los casos de coágulos venosos, accidentes cerebrovasculares e infarto de miocardio fueron infrecuentes entre las participantes.
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El largo estudio de la Iniciativa de Salud de la Mujer (WHI), con 18 años de seguimiento de enfermeras posmenopáusicas que formó la base del análisis de la Escuela de Salud Pública de Harvard, tampoco encontró diferencias estadísticamente significativas en el riesgo cardiovascular ni oncológico entre usuarias y no usuarias de estrógeno vaginal.
El perfil de efectos secundarios del tratamiento es, según los especialistas, generalmente leve: irritación cutánea transitoria o, al inicio del tratamiento, infecciones por hongos. Las pacientes con cánceres sensibles a estrógenos que aún están en tratamiento activo requieren una evaluación individualizada.
La mayoría de las sobrevivientes que completaron su terapia pueden acceder al tratamiento, a menudo mediante tabletas o anillos en lugar de cremas, para mantener un control más preciso de la dosis.
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La nueva etiqueta de la FDA, que reemplazará el recuadro negro en un plazo máximo de seis meses desde el anuncio de noviembre de 2025, incluirá orientación específica por edad: el tratamiento hormonal, tanto sistémico como vaginal, se recomienda preferentemente dentro de los 10 primeros años del inicio de la menopausia o antes de los 60 años en el caso de las terapias sistémicas.
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