
Durante todo el Mundial, niños y niñas de Argentina —pero también de otros países— bailaban y saltaban cada vez que sonaba “Argentina, la Scaloneta ya llegó”, imitando los gestos de cada jugador a medida que la canción los nombraba. Esperaban con ansia el momento culminante, el estribillo, donde todo estallaba: “Respeten el rango, el rey ya llegó. Messi, Messi, Messi, Messi”.
Apenas llega el nombre de Messi, saltan, levantan los brazos, sonríen y lo gritan una y otra vez. Lo hacen niños de todas las edades: algunos que apenas empiezan a balbucear, que todavía usan pañales, que se mueven torpemente al dar sus primeros saltitos para participar del ritual colectivo.
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Esto sucede en distintos lugares del mundo. En la previa de la final entre Argentina y España, una madre española le decía a su hija de tres años que debía alentar a España porque ella era española. La niña, con la convicción de quien no necesita dar demasiadas explicaciones, respondía llorando y exigiendo a los gritos, en un reel que se volvió viral:
“No. Yo quiero Messi“.
Las miles de escenas de niños y niñas compartidas durante el Mundial abren una pregunta que trasciende el fútbol: ¿qué representa Messi —y también la Scaloneta— para los niños y niñas?
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La respuesta difícilmente esté solamente en el fútbol o en el conocimiento de la historia de Messi: la del niño que atravesó un trastorno de crecimiento, que migró siendo muy pequeño, que perdió finales antes de ganar un Mundial y se convirtió en el mejor jugador del mundo, y que, pese a que España quiso que jugara para su selección, siempre dijo que no. De todo eso, algunos niños y niñas conocen apenas fragmentos.
La historia de Messi y la de esta Selección tienen, a su manera, la forma del camino del héroe que describió Joseph Campbell: partida, pruebas, caídas y regreso transformado, aun cuando el recorrido termine en una derrota.
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Esa misma grandeza arrastra a las masas a identificarse. Por eso el gesto de los jugadores de sostener la bandera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas” escrita por un hincha en una sábana de hotel con un marcador negro, pese a la prohibición expresa, se convirtió en otra escena de esa épica: un desafío asumido con el riesgo de una sanción, que recorrió el mundo entero y reforzó la identificación que ya existía con los jugadores y que iba mucho más allá de lo futbolístico.
Freud lo señaló en Psicología de las masas y análisis del yo (1921): la identificación es el enlace afectivo más temprano con otra persona y también el mecanismo que sostiene unida a una masa.
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Una masa se forma cuando muchos individuos ponen un mismo objeto en el lugar de su ideal del yo y, por eso, terminan identificándose entre sí, resignando algo de su propia singularidad. En ese encuentro de admiradores y fanáticos surgen instantes de viva emoción en los que se convierten en uno solo.
Eso explica por qué niños de Bangladesh, de distintos países de África o de cualquier otro lugar del mundo, con historias de vida completamente distintas entre sí y a la de un niño argentino o la de una nena española, pueden saltar igual ante el mismo nombre: no se identifican solamente con Messi. Se identifican unos con otros, a través de él.
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Las primeras identificaciones en la infancia se construyen, en gran medida, de manera inconsciente. Sus objetos llegan ya investidos por el deseo de quienes los rodean: sus familias y las personas a quienes se quiere y respeta. La Scaloneta fue uno de esos objetos, admirado y deseado por millones de argentinos, pero también mucho más allá del país.
Vivimos en una época que celebra el éxito permanente, la perfección y la artificialidad. Una de las figuras más admiradas por millones de niños y niñas es alguien a quien también hemos visto llorar.
Messi lloró cuando perdió finales importantes y cuando anunció que dejaba la Selección. Lloró cuando ganó el Mundial. Volvió a llorar hace apenas unos días, después de otra derrota, con la medalla de subcampeón colgada del cuello.
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Millones querían ver campeón al capitán una vez más, en lo que probablemente, por su edad, haya sido su despedida de los Mundiales. Lo querían los jugadores que lo acompañaban y las multitudes que lo admiran en distintas partes del mundo.
El mejor jugador del mundo se emociona, se sienta en el pasto, observa, se frustra y muestra lo que siente. Los niños leen los gestos y las emociones mucho antes de comprender plenamente el significado de las palabras. Vi a una nena que acariciaba la imagen de Messi en el televisor y le decía “ya va a pasar”, intentando consolarlo.
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En ese punto se entrelazan dos movimientos. El deseo del Otro ofrece al niño un nombre ya cargado de sentido. Ese nombre se sostiene y se vuelve un lugar posible de identificación porque la figura que lo encarna es cercana, amable, no se muestra inaccesible ni invulnerable. Es alguien capaz de sostener la excelencia sin dejar de mostrarse humano.

Hay, además, en Messi y en otros jugadores de esta Selección, una manera de vincularse que se aparta del modelo de hombre autosuficiente, distante y obligado a esconder lo que siente. Los vemos abrazarse, consolarse, llorar, expresar afecto y cuidar a sus compañeros. En figuras públicas tan admiradas, estos gestos ofrecen a niños y niñas otras formas posibles de ser varón y de relacionarse con los demás.
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También muestran que los sueños no siempre se alcanzan en línea recta: que se puede caer, perder, resistir, perseverar y volver a intentarlo. No como promesa de que todo esfuerzo conduce necesariamente al triunfo, sino como experiencia de que una derrota no clausura el deseo ni impide seguir luchando por aquello que se sueña.
El canto colectivo que unió a niños y niñas de distintos lugares —“Messi, Messi, Messi”— es la forma concreta en que ese deseo circula y se comparte.
El psiquismo necesita héroes porque el ideal del yo se construye, en parte, mediante identificaciones con rasgos del otro que representan aquello que el yo aspira a ser. Esos héroes pueden ser personajes de cuentos, exploradores, superhéroes o astronautas. Hoy, entre ellos, también aparece un hombre de carne y hueso cuyo nombre millones de niños pronuncian incluso antes de comprender del todo quién es, mientras se ponen la 10.
Lo que la Scaloneta y Messi le dejaron a la infancia fue mucho más allá de un campeonato, un récord o un trofeo. Ofrecieron una forma diferente de vivir la pertenencia, el esfuerzo, el compañerismo y el trabajo en equipo.
Por eso, cuando un niño canta “Messi, Messi, Messi”, participa de algo mucho más importante: una historia compartida, la memoria de un pueblo que no se rinde, un ritual colectivo y una identificación que le permite sentirse parte de un nosotros.
Sonia Almada es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario y Huérfanos atravesados por el femicidio.
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