
Presenciar discusiones entre adultos durante la infancia —ya sea en reuniones familiares, situaciones cotidianas o en el día a día del hogar— puede dejar una huella profunda y silenciosa en el desarrollo emocional. Según la psicóloga Leticia Martín Enjuto de la Universidad Pontificia de Salamanca, el impacto de estos episodios suele pasar inadvertido, pero produce consecuencias duraderas que afectan la vida adulta.
En diálogo con Cuerpomente, la especialista identifica cinco comportamientos frecuentes en adultos que crecieron en ambientes familiares conflictivos y explica cómo estos influyen en el bienestar psicológico.
1. Hipervigilancia emocional
El primer comportamiento señalado por Martín Enjuto es la hipervigilancia emocional. Según explicó para Cuerpomente, los adultos que crecieron expuestos a discusiones familiares adquieren una sensibilidad especial hacia el estado emocional de quienes los rodean, capaces de percibir cambios mínimos en el ambiente, como alteraciones en el tono de voz, silencios o gestos.
Esta capacidad no surge de una intuición extraordinaria, sino de un mecanismo de protección aprendido en la infancia para anticipar el conflicto y protegerse.

En la vida adulta, esta vigilancia puede derivar en agotamiento emocional, ansiedad y dificultades para relajarse en las relaciones cotidianas. Incluso en entornos estables, prevalece la sensación de que algo puede cambiar de manera inesperada.
2. Dificultad para afrontar el conflicto
Otra secuela frecuente es la dificultad para afrontar el conflicto. Según la especialista, estas personas tienden a evitar las confrontaciones, incluso en sus formas más pacíficas, prefiriendo reprimir necesidades o ceder en exceso ante los demás, lo que en ocasiones deriva en respuestas emocionales intensas.
El problema principal, señaló Martín Enjuto, no reside en el desacuerdo, sino en la carencia de herramientas para gestionar el conflicto sin dolor ni rupturas.
“El cuerpo recuerda que discutir dolía, y responde desde ese lugar, incluso cuando las circunstancias son muy diferentes a las vividas en la infancia”, subrayó la psicóloga.
3. Responsabilidad emocional excesiva
El tercer comportamiento habitual es la tendencia a asumir una responsabilidad emocional excesiva respecto a quienes rodean a la persona. Martín Enjuto aseguró a Cuerpomente que es frecuente que estos adultos se sientan obligados a calmar, sostener o cuidar el bienestar emocional de otros, lo que dificulta la imposición de límites y genera temor a decepcionar o culpa ante el malestar ajeno.

“No es que no sepan cuidarse; es que aprendieron muy pronto que su valor estaba en mantener la paz”, indicó la psicóloga. Aunque esta inclinación puede parecer positiva, puede llevar a la auto-negación y al sacrificio personal excesivo.
4. Ambivalencia ante la intimidad
Las personas que presenciaron discusiones familiares en la infancia experimentan, según la experta, una ambivalencia frente a la intimidad. Por un lado, desean establecer vínculos profundos y genuinos; por el otro, temen que el acercamiento a alguien derive en nuevas experiencias dolorosas.
“Aparece la inseguridad, la necesidad de distancia o el temor a que la relación se vuelva dolorosa. La intimidad, sin quererlo, se asocia al conflicto vivido en casa”, explicó Martín Enjuto.
En términos psicológicos, este fenómeno se denomina “ambivalencia emocional”: querer estar cerca, pero no sentirse completamente seguro al hacerlo.
5. Autoexigencia y dificultad para expresar emociones
El último patrón descrito por Martín Enjuto está vinculado con la autoexigencia y la dificultad para expresar emociones. Quienes crecieron en entornos familiares tensos suelen ejercer un fuerte control emocional: evitan mostrar tristeza, enojo o cualquier emoción que podría “empeorar la situación”.
Ya en la adultez, adoptan una apariencia de fortaleza y funcionalidad que, en realidad, oculta elevados niveles de estrés y desconexión emocional.

A su vez, la influencia de los conflictos familiares en la infancia ha sido ampliamente estudiada. Un trabajo relevante de la Universidad de Notre Dame, liderado por E. Mark Cummings y publicado en la revista Child Development, siguió a más de 200 familias durante tres años.
El estudio concluyó que los niños expuestos de manera recurrente a discusiones parentales presentaban mayores niveles de ansiedad, dificultades para regular emociones y problemas en las relaciones interpersonales durante la adolescencia, efectos que pueden persistir en la adultez.
Comprender el origen de estos comportamientos permite romper el ciclo y resignificar las vivencias actuales. Según Martín Enjuto, detrás de estas dinámicas no hay falta de afecto, sino la influencia persistente de antiguas heridas no elaboradas.
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