
La alimentación constituye un pilar fundamental en el tratamiento de la insuficiencia cardíaca, una afección que exige modificaciones inmediatas en el estilo de vida para mejorar la calidad de vida y disminuir el riesgo de complicaciones.
De acuerdo con la Cleveland Clinic, la indicación principal es limitar la ingesta de sodio a menos de 2.000 miligramos diarios, cifra inferior a la que contiene una cucharadita de sal de mesa. Esta restricción previene la retención de líquidos y reduce la carga sobre un corazón debilitado, medida fundamental para quienes conviven con esta enfermedad.
La selección de alimentos, clave para reducir el sodio
Según Cleveland Clinic, la insuficiencia cardíaca es una condición crónica y progresiva en la que el músculo cardíaco no puede bombear suficiente sangre para satisfacer las necesidades del cuerpo de sangre y oxígeno.
Esto ocurre porque el corazón se debilita y su capacidad de bombeo se reduce, normalmente como resultado de daño o lesiones precedentes por otras enfermedades cardíacas o presión arterial alta.

Los especialistas aconsejan priorizar alimentos frescos y mínimamente procesados. Las frutas y verduras frescas se distinguen por su elevado valor nutricional y bajo contenido de sodio. Si se eligen opciones congeladas o enlatadas, se recomienda que no tengan sal añadida.
Las carnes frescas, como res, cerdo, pollo y pescado, aportan cantidades muy bajas de sodio de forma natural, siempre que no hayan sido procesadas ni contengan sal agregada. Elegir cortes magros constituye una alternativa más saludable.
En el caso de los productos lácteos, tanto el yogur como la leche ofrecen un bajo aporte de sodio. No obstante, es necesario observar el contenido en los quesos, porque algunas variedades, entre las que se incluyen el suizo, la mozzarella fresca, el brick y el de cabra, tienen niveles inferiores de este mineral.
Los frutos secos y semillas sin sal resultan una valiosa fuente de nutrientes, mientras que los granos integrales y las legumbres secas, como el arroz integral y la avena, aportan fibra y prácticamente no contienen sodio cuando se preparan en casa y sin aditivos.

Productos a restringir y riesgo de los alimentos procesados
Es fundamental evitar o limitar alimentos con alto contenido de sodio. Entre los principales figuran:
- Carnes procesadas (salchichas, embutidos, fiambres)
- Comidas preparadas y cenas congeladas
- Pizzas
- Mezclas de pasta o arroz
- Pan blanco
- Bagels
- Galletas
- Sopas enlatadas
- Salsas y aderezos
- Jugos de vegetales
- Snacks salados
- Postres industriales
Según la Cleveland Clinic, más del 70% del sodio consumido proviene de productos procesados y ultraprocesados, ya que el sodio se emplea extensamente como conservante para prolongar la vida útil de estos alimentos.
Julia Zumpano, dietista registrada de la Cleveland Clinic, advierte sobre la importancia de leer con atención las etiquetas nutricionales, ya que productos catalogados como “bajo en sodio” o “sin sodio” pueden contribuir cantidades considerables si se consumen en grandes porciones.

Un alimento se considera bajo en sodio si aporta 140 mg o menos por porción, y sin sodio si el contenido es menor de 5 mg por porción. Las versiones “reducidas” o “con menos sodio” no necesariamente cumplen estos estándares, lo que hace indispensable revisar el valor real de sodio por ración.
Estrategias para facilitar la transición hacia una dieta baja en sodio
Para adaptarse con éxito a un plan alimentario con menos sodio, la Cleveland Clinic recomienda retirar el salero de la mesa, disminuir gradualmente la sal en las recetas cotidianas y, al comer fuera, elegir preparaciones sencillas, como papas al horno o ensaladas con el aderezo aparte.
Llevar un registro diario del consumo de sodio —en formato físico o mediante aplicaciones móviles— contribuye a tomar conciencia y optimizar las decisiones alimentarias. Según la Cleveland Clinic, dedicar tiempo a leer las etiquetas permite descubrir la presencia de sodio en productos inesperados.
La adaptación a estas nuevas pautas puede necesitar paciencia, ya que el sentido del gusto cambia al reducir el sodio. Con el tiempo, el paladar se ajusta y los alimentos previamente considerados insípidos adquieren sabor, incluso pueden llegar a percibirse como excesivamente salados, lo que refuerza la capacidad de mantener las restricciones y facilita la adherencia a una alimentación más saludable.
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