
En la década de 1920, la deficiencia de yodo era un problema de salud pública generalizado en Estados Unidos. Sin embargo, el enriquecimiento de alimentos básicos, como la sal de mesa, marcó un hito en la erradicación de esta condición.
Hoy, un siglo después, los médicos advierten sobre un preocupante resurgimiento de esta carencia, particularmente entre mujeres embarazadas y niños.
El yodo, un oligoelemento que se encuentra de forma natural en el agua de mar y en suelos costeros, es esencial para la regulación del metabolismo y el desarrollo cerebral en los niños, menciona Time.
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Su ausencia puede desencadenar el crecimiento anormal de la glándula tiroides, conocido como bocio, y causar retrasos en el desarrollo intelectual y físico.
En el pasado, esta deficiencia era visible en regiones del interior de Estados Unidos, donde la falta de yodo en el suelo afectaba a comunidades enteras.
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Los niños en estas áreas sufrían problemas de crecimiento, sordera y discapacidades intelectuales severas, condiciones que fueron históricamente denominadas como “cretinismo”.
El éxito y la posterior caída del uso de yodo en la alimentación
El problema comenzó a resolverse en 1924, cuando la sal yodada se introdujo como una solución accesible y económica.
Durante décadas, este producto, junto con el enriquecimiento de alimentos como el pan, logró eliminar casi por completo la deficiencia de yodo. Para los años 1950, más del 70% de los hogares estadounidenses utilizaban sal yodada.
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Sin embargo, las transformaciones en los patrones de consumo han revertido parcialmente estos avances.
El creciente consumo de alimentos procesados ricos en sal pero carentes de yodo, sumado a la moda de las sales gourmet como la kosher o la sal del Himalaya, llevó a una reducción significativa de la ingesta de este micronutriente.
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Adicionalmente, marcas que antes fortificaban productos básicos con yodo, como el pan, abandonaron esta práctica.

Grupos vulnerables y casos preocupantes
Aunque la mayoría de la población sigue consumiendo cantidades adecuadas de yodo, los médicos han identificado niveles insuficientes entre mujeres embarazadas, lactantes y niños con dietas restringidas.
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La Doctora Mónica Serrano-González, de la Universidad de Brown, describe el caso de un niño de 13 años con autismo leve, cuya dieta limitada a productos específicos de pan y mantequilla de maní lo llevó a desarrollar una notable deficiencia de yodo.
Las mujeres embarazadas y lactantes enfrentan un riesgo particular, ya que la demanda de yodo aumenta para apoyar el desarrollo del feto y el recién nacido.
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Según un estudio de la Universidad Estatal de Michigan, aproximadamente una de cada cuatro mujeres embarazadas en Lansing no consumía suficiente yodo, lo que puede tener implicaciones negativas en el desarrollo neurológico de sus hijos.
Consecuencias y debates científicos
Aunque los casos severos de deficiencia son raros, incluso niveles bajos de yodo en el cuerpo han sido asociados con coeficientes intelectuales más bajos y retrasos en el lenguaje en niños pequeños.
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No obstante, los expertos debaten cuál es el nivel exacto a partir del cual se observan estos efectos.
“Esto necesita estar en el radar de la gente”, afirma la Dra. Serrano-González, mientras alerta sobre el aumento de casos reportados en niños con dietas restringidas.
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Recomendaciones y el camino a seguir
La Academia Estadounidense de Pediatría y otras organizaciones médicas recomiendan que las mujeres embarazadas y en periodo de lactancia consuman al menos 150 microgramos de yodo al día, una cantidad que puede obtenerse con menos de una cucharadita de sal yodada.
Sin embargo, muchos suplementos prenatales carecen de este mineral, lo que hace fundamental revisar las etiquetas de los productos.
Además, los expertos llaman a recuperar la conciencia pública sobre la importancia del yodo en la dieta diaria.
La Doctora Elizabeth Pearce, del Centro Médico de Boston, subraya que “la gente ha olvidado por qué hay yodo en la sal”.
Su advertencia resuena en un contexto donde la desinformación y los cambios en la alimentación podrían tener consecuencias graves para las generaciones futuras.
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