
Las fiestas de fin de año, que vivenciamos unas semanas atrás, impulsan una actitud introspectiva que moviliza nuestras emociones, en una mezcla agridulce de entusiasmo y nostalgia. Este marco emocional es una buena oportunidad para reflexionar sobre nuestra salud mental y la forma en la cual la misma es influida y modelada por nuestro entorno.
Vivimos en una era en la cual los niveles de malestar relacionados con la salud mental, sobre todo ansiedad y depresión, han aumentado de forma alarmante, incluso desde antes de la epidemia de COVID. En varias regiones, el suicidio afecta particularmente a las personas de entre 18 y 34 años.
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Algunos investigadores plantean que la depresión es una respuesta adaptativa esperable, que nos permite lidiar con cuestiones que no podemos modificar. La depresión clínica es un estado que excede el hecho de estar abatido por una circunstancia concreta, como ocurre en el duelo, y produce marcada interferencia y malestar.
Luego de muchos años de discusiones acerca de si la depresión es producto de algún tipo de disfunción cerebral innata o el resultado de un mal procesamiento psicológico de los eventos vitales, la ciencia ha llegado a un punto que articula estos elementos en una hipótesis integrada que hemos denominado como la “teoría de los campos unificados de la depresión”, tomando el concepto de la física teórica.
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En este modelo tiene un rol fundamental el estrés, la capacidad de adaptarse a la agresión e incertidumbre, y su interacción con el desarrollo psíquico y neurobiológico de los individuos.
La infancia es un período de alta permeabilidad a los estímulos del medio, lo que nos permite incorporar habilidades y conocimientos a un ritmo vertiginoso. No obstante, esa permeabilidad también implica una alta vulnerabilidad ante los eventos vitales estresantes negativos que ocurren en ese período, lo que amplifica en forma progresiva la posibilidad de enfermar y desarrollar trastornos vinculados a la salud mental, particularmente depresión.
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La exposición temprana a cierto tipo de agresiones, como las carencias materiales y emocionales junto con el abuso y el maltrato, modifican la forma en la cual reaccionaremos ante nuevos eventos estresantes en el futuro, lo que favorece el desarrollo de depresión en etapas posteriores. Este proceso estaría mediado por una intrincada red de factores neurobiológicos y modalidades de procesamiento psicológico que quedarían programadas en etapas tempranas.
Hace unas semanas, el prestigioso investigador neerlandés Jim Van Os publicó, en una de las revistas de psiquiatría más prestigiosas, un interesante editorial en el cual da cuenta de esta situación y propone, a futuro, un cambio conceptual focalizando en la modificación de las condiciones que conducen a los trastornos de salud mental, denominando a su modelo como “salutogénico”.
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Uno de los grandes avances científicos de la psiquiatría de las tres últimas décadas son los denominados programas de detección e intervención precoz. Van Os plantea que ese avance es correcto pero que no es suficiente, porque estamos llegando tarde. Él destaca la necesidad de generar cambios que modifiquen los factores medioambientales que favorecen los trastornos de salud mental.
Las disparidades socioeconómicas, tales como la pobreza, el acceso limitado a la educación y la vivienda, son determinantes en la generación de vulnerabilidad para el desarrollo ulterior de trastornos mentales e interfieren en el desarrollo de lo que se ha denominado “capital humano”.
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La idea del modelo salutogénico de Van Os implica un abordaje global, que sostiene los esfuerzos hasta aquí logrados en las intervenciones precoces y el abordaje clínico especializado por parte de los equipos interdisciplinarios de salud mental; pero al mismo tiempo promueve estrategias dirigidas a reducir el riesgo y favorecer la resiliencia ante la adversidad. Estas implican acciones en el marco social, con una aproximación colectiva y comunitaria que garantice el acceso universal a las condiciones de vida que permitan la consolidación de la salud mental de las personas.

La resiliencia ha sido definida como la capacidad de convertir la adversidad en experiencia. No implica la percepción de ser invulnerable ante los inconvenientes de la vida, sino la habilidad de implementar los recursos necesarios para recuperarnos. Focalizar en la resiliencia implica un cambio radical en la forma en la cual estudiamos la salud: en lugar de estudiar qué es lo que nos enferma, los investigadores comienzan a investigar aquello que nos protege. Se diseñaron ambiciosos proyectos de investigación, como la red DynaMORE de Europa, que busca desentrañar los factores que hacen que las personas sean más resilientes ante la adversidad.
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Datos recientes confirman lo que ya observaron durante la pandemia: en la resiliencia tiene una importancia fundamental la capacidad de replantearnos las adversidades en forma positiva, no con un optimismo necio, sino con la certeza de que confiamos en nuestra capacidad de sortear el desafío. El otro aspecto sobre el que pivota nuestra resiliencia es la percepción de apoyo social, la certeza de que no estamos solos frente a la adversidad.
Van Os no duda en cuestionar la capacidad del modelo macroeconómico neoliberal imperante para generar los cambios necesarios; la salud pública sometida a las leyes de la oferta y la demanda no permite ni siquiera pensar un modelo salutogénico. Aquellos países que han diseñado sistemas de salud mental universales y solidarios son los que están más cerca de lograrlo.
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Sabemos que el abordaje interdisciplinario moderno de la depresión ha logrado resultados asombrosos pero, además, las personas con depresión experimentan en primera persona el efecto positivo de la comprensión y el acompañamiento; esto les permite poner en juego las herramientas de revaloración y resiliencia necesarias para su recuperación.
En este contexto, rodearse de afectos y planificar, aprovechando este comienzo de año, cómo afrontaremos los tiempos difíciles que podemos llegar a atravesar, adquiere un importante significado.
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*El Dr. Marcelo Cetkovich es Director Médico de INECO y médico psiquiatra.
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