
Una piedra tirada en un estanque de agua genera ondas, que luego al golpear con los bordes del mismo chocan a su vez entre sí generando reverberancias. El caso de Silvina Luna, que causó tanto impacto en la sociedad, resalta problemas similares que ocurren diariamente pero que no siempre reciben la misma atención mediática. Así surgen, entonces, estas problemáticas que alarman por su difusión y que, luego, otros manifiestan.
Una de las cuestiones que surgieron fue las de las prácticas o indicaciones médicas realizadas por parte de quienes no están en condiciones de hacerlo. Así, por ejemplo, fue la queja que expresaron varios profesionales del área de la cirugía estética y reparadora respecto a las diferentes prácticas en un área que se engloba dentro de la medicina estética, pero realizadas por médicos sin la especialización correspondiente. En ella plantearon algo tan simple como frecuente y constantemente transgredido: los tratamientos realizados por personal médico pero no especialista, o sin la adecuada capacidad para un ejercicio ético de la medicina dentro del área específica.
Para situar el tema en la importancia que tiene es necesario aclarar que la llamada “mala praxis”, en realidad responsabilidad médica, está considerada tanto por los códigos civiles y comerciales, como en los penales de todos los países. El transgredir los límites de esos artículos lo sitúa obviamente por fuera de la ley y así tendrá consecuencias tanto civiles, como penales.
Si bien este tema corresponde ser abordado por profesionales del derecho, es uno de los factores de mayor consulta en la medicina legal. El eje conceptual es la tríada, “impericia, imprudencia y/o negligencia”. Esto se encuentra claramente establecido en cuanto a las penas en el artículo 84 del Código Penal, modificado en la Ley 27.347.

Dentro de estos presupuestos legales se considera al que, aún siendo profesional médico debidamente habilitado y matriculado (caso contrario estaríamos en ejercicio ilegal de la medicina), carece de la capacitación actualizada sobre el conocimiento y los hallazgos de la ciencia médica al momento de sus indicaciones o prácticas, u obra de manera en que el riesgo es importante o no lleva a cabo todos los recaudos necesarios.
Así, la impericia médica se refiere a la falta de habilidad o competencia. Es cuando un médico no posee los conocimientos, la formación o la experiencia necesarios para llevar a cabo un tratamiento o procedimiento médico específico.
La imprudencia es la falta de precaución o el descuido. Aun si un médico posee los conocimientos y la experiencia necesarios, puede incurrir en imprudencia si no actúa con el cuidado y/o la diligencia requerida.
Finalmente, la negligencia es cuando no se toman las precauciones razonables que se esperarían en circunstancias similares y como resultado de ello causa daño a un paciente.
El caso Silvina Luna, a quien se le administrara un producto sintético con consecuencias posteriores en su estado de salud general, puede hacer más evidente algo que vemos en la administración de otros productos, fármacos o implementación de procedimientos.

En el caso de los psicofármacos, que hemos mencionado en diversas ocasiones, esto se da cuando los mismos son administrados sin sustento diagnóstico que lo justifique y de manera anárquica. El carecer del conocimiento en psicofarmacología lleva a imaginar que su nombre por el cual han salido al mercado, por ejemplo, “antidepresivo”, “ansiolítico” o inclusive algo aún más difuso como “anti impulsivo”, lo transformará en eso que se supone que es el tema a tratar en el paciente y que por alguna extraña razón el fármaco actuará de esa manera y sin ninguna otra consecuencia.
El mecanismo de toma de decisiones es similar al de “hay de rellenar una zona” y un producto determinado provoca un efecto masa y se lo administra al paciente, sin considerar las consecuencias del mismo, en la medida que el desconocimiento parece actuar como un justificativo y no como un agravante.
Los ejemplos son múltiples pero la cuestión es una, y la del viejo refrán de la sabiduría popular “zapatero a tus zapatos”, se trasforma en medicina en la que no solo es evidente que el profesional debe serlo, sino que debe estar especializado. Que su práctica esté actualizada y en el caso de patologías específicas, hoy cada vez más claro en medicina con las subespecialidades, tenga experiencia en ellas.
Así, si bien en cuanto a divulgación se pueden perdonar ciertas transgresiones, en la medida que quien lo haga tenga claro que lo hace desde el periodismo médico pero no como experto del área, en la práctica sobre el paciente es cada vez más imperioso que la atención ética sea en pleno conocimiento del terreno del cual se está ocupando.

Las consecuencias en muchos casos se dan por desconocer los efectos secundarios de un cierto medicamento, útil en determinada circunstancia específica, como la reciente divulgación del uso de la semaglutida, muy útil en manos de un médico que maneje las variable endocrinológicas y psiconeuroendocrinas, pero que recetada desde una de las funciones descontextualizada (bajar de peso) y sin tener en cuenta al paciente individual, lleva a desconocer los graves efectos que se encuentran registrados por la literatura médica en el terreno de la psiquiatría, por ejemplo, con depresión e inclusive ideas suicidas.
El avance en los conocimientos en medicina y las herramientas cada vez más poderosas para tratar los diferentes cuadros, que en función de ello van siendo disponibles, llevan al igual que todo medio, a recursos a los que a mayor poder, mayores responsabilidades. Hemos señalado varias veces los efectos secundarios, el correcto diagnóstico, los tiempos en la introducción, mantenimiento, pero más especialmente en el retiro de la medicación psicofarmacológica, como factores a prestar especial atención. Quizás el caso Silvina Luna nos deja una enseñanza desde la tragedia, de algo aun más evidente: ciertos tratamientos deben ser administrados solo por quienes conozcan a la perfección aquello de lo que se están ocupando, otra conducta es imprudente, al punto de poder ser criminal.
También por parte de los demás como consumidores de un servicio, en salud está la tarea de informarse y de no prestar atención o ceder a la tentación de supuestos tratamientos que son atajos. Hemos hablado de los sesgos cognitivos que son esos atajos conceptuales y en muchos casos pasamos por alto algo de suma importancia porque lo que escuchamos es más seductor, o más rápido, pero no será quizás lo más seguro.
* El doctor Enrique De Rosa Alabaster se especializa en temas de salud mental. Es médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y médico legista
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