
El funcionamiento del sistema visual tiene cambios a lo largo de la vida. Se pueden establecer tres grandes etapas en el ciclo vital de la visión: desarrollo, estabilidad y decaimiento. Y, en cada una, los controles y cuidados serán diferentes.
Durante el desarrollo se diferencian en tres fases:
La infancia temprana, que abarca los cuidados desde el nacimiento hasta el inicio de la escolarización (4 o 5 años). “Es la etapa crítica, que podrá facilitar el posterior buen progreso de la visión o afectarla definitivamente y para siempre. Las patologías más frecuentes son los problemas de graduación (miopía, astigmatismo, hipermetropía), el estrabismo (la desviación de uno o ambos ojos), la ambliopía (u ojo vago, que expresa la falta de desarrollo neurosensorial de la visión), pero, también, pueden surgir, con menos frecuencia, dificultades como tumores oculares que pueden ser potencialmente severos, no solo para la visión, sino también para la propia vida”, explica doctor Germán Bianchi, médico oftalmólogo, jefe de trasplante de córnea en Clínica Nano.

La hipertensión ocular y las cataratas congénitas, si bien son poco habituales, si aparecen, pueden tratarse y evitar el desarrollo de una futura discapacidad visual.
Los controles oftalmológicos deben realizarse, al menos, una vez al año o lo que determine el oftalmólogo según cada caso. Por ejemplo, cada 6 meses, en niños que utilizan anteojos o cada 4, en situaciones que pudieran generar ambliopía, dado que la visión que se pierde en la infancia temprana es la más compleja de recuperar luego. En cada persona, es relevante el antecedente obstétrico y conocer detalles del transcurso del embarazo ya que, por ejemplo, un bebe prematuro tiene más probabilidades de desarrollar complicaciones visuales y, por ende, requerirá más controles.
La infancia media es el tiempo entre el inicio de la escolaridad hasta el fin del secundario. “Aquí, pueden asomar dificultades como la miopía, pero, también, alergias oculares, patologías en la córnea (queratocono) y el estrabismo. Se recomiendan controles anuales”, agrega Bianchi.

La juventud temprana, en tanto, es el desde la pubertad hasta la universidad o etapa laboral inicial y, generalmente, se extiende hasta los 25 años. “Si la persona es sana y no tuvo problemas visuales, hay que controlar que no surjan por exigencias visuales asociadas con tareas de estudio o por actividades intensas frente a pantallas. También puede despertarse la miopía o, menos frecuentemente, otros relacionados con la necesidad de alguna corrección óptica. Se recomiendan controles, al menos, cada 2 años”, agrega Bianchi.
Durante la estabilidad, se distinguen dos etapas, la madurez temprana y la présbita.

Si bien no se puede poner un límite de edad estricto, se estima que, desde los 25 años hasta los 40 años, la visión estará estable y si no han aparecido enfermedades anteriormente, es poco frecuente que sucedan en esta etapa.
“Aunque, actualmente, hay problemas asociados con la sequedad ocular por el uso de pantallas, a cualquier edad. Se recomienda un control cada dos años. Aunque, lo ideal, es anual”, sigue el especialista.

La madurez présbita ocurre entre los 40 a los 45 años y empeora progresivamente hasta los 60. La mayoría de las personas comienza a notar que su visión sufre fluctuaciones, se afecta la capacidad de enfocar a corta distancia.
“Esto genera dificultad para leer, sobre todo, la letra pequeña. Se conoce como presbicia y aparece en todas las personas sanas. Representa la primera llamada de atención de que el tiempo pasa, a pesar de que el resto del cuerpo pueda verse y sentirse joven. Pero también es el momento en donde pueden surgir otras alteraciones oculares como el glaucoma (enfermedad que al nervio óptico y cuyo principal factor de riesgo es la hipertensión ocular) o secundarias a patologías generales como la hipertensión arterial, diabetes y problemas de tiroides, entre otras. Los ojos pueden ser blanco secundario de muchas y muy diversas enfermedades. Los controles deben ser anuales o más frecuentes, según la salud general de cada uno”, agrega Bianchi.

Finalmente, desde los 60-65 años en adelante llega el decaimiento. A partir de este momento, se requieren mayores cuidados, controles y, a la vez, tratamientos para mantener la capacidad visual funcional por el resto de la vida.
“No hay que temer a utilizar la palabra decaimiento porque es parte del ciclo biológico normal de la vida. Se pueden acentuar las alteraciones visuales previas y/o aquellas asociadas con enfermedades generales. Además, se puedan sumar otras como los problemas neurovasculares, la demencia senil y la polimedicación”, recomienda Bianchi.

También surgen las cataratas, que es la opacificación del cristalino (la lente del ojo), pero que, en realidad, desde la etapa anterior viene sufriendo cambios que afectan su calidad óptica.
“Ahora, hay una disminución en la cantidad visual (además de calidad). Si bien hoy no constituyen un problema porque se resuelven con cirugía ambulatoria. Menos simples de solucionar son los problemas de la retina, como la degeneración macular asociada con la edad. Otra alteración que aparece o se exacerba con los años es el síndrome de ojo seco ya que la calidad de las lágrimas disminuye con la edad y, en algunas enfermedades reumatológicas, se afecta de manera severa. Además, la piel palpebral se pone más flácida y altera el parpadeo”, finaliza
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