
“Es jodido; es una enfermedad que discrimina. La gente no se cuida, no habla del tema. Hasta que no te pasa no tomás conciencia”.
La que habla es Laura (así la llamaremos porque ella prefiere preservar su identidad). Tenía 26 años cuando supo que era portadora del virus del VIH. Tenía 26 años, una hija de una pareja anterior y un hijo de un año y medio a quien le diagnosticaron encefalitis. Tenía 26 años, un hijo con encefalitis y una sospecha.
En su entorno varios amigos se habían empezado a enfermar -algunos habían muerto-, y el estado de salud de su bebé la llevó a hacerse el test.
“Tenía inseguridad porque no siempre me había cuidado con preservativo”, reconoció Laura a Infobae, aunque admitió que de no haber sido por su hijito, tal vez no se hubiera chequeado.
El “positivo” la sorprendió por partida doble y confirmó sus peores sospechas: ella y su pequeño hijo vivían con el virus. Laura estaba enferma sin saberlo durante el embarazo y Martín (tampoco es el nombre real de su hijo) contrajo el virus de inmunodeficiencia humana por transmisión vertical.
Laura comenzó a tratarse en el Hospital Fernández recién dos años después (“primero quise dedicarme a mi hijo”, contó) y recordó que su caso fue bastante complicado al principio porque todos los cócteles de drogas que le indicaban le caían mal, no los asimilaba. Así llegó a Fundación Huésped, donde la ayudaron, contuvieron y encauzaron su tratamiento.

“Llegué a pesar 40 kilos; estaba complicada de salud”, relató la mujer, a quien hoy, sus 50 años la encuentran con carga viral indetectable. “Me subieron unos puntitos este último tiempo, pero me dijo la doctora que es por estrés”.
“¿Y cómo es vivir con VIH?”, preguntó esta periodista. Y la respuesta fue toda una lección de vida: “Mi vida es totalmente normal, como la de cualquier persona. Puedo hacer de todo. Limpio casas por hora, ahora tengo sólo tres; y también hago pedicuría”. Además, Laura está cursando el CBC para estudiar Podología (ya rindió bien Sociedad y Estado y en dos semanas será el turno de Pensamiento Científico).
“La carrera dura cuatro años y se cursa en el Hospital de Clínicas”, contó entusiasmada la mujer que parece no rendirse ante nada.
Laura vive en Lanús, y todos los días cuando sale de su trabajo se toma un colectivo a Quilmes para visitar a su hija mayor y disfrutar de sus tres nietos.
- ¿Martín cómo está?
- Como a mí no se me detectó la enfermedad hasta que él tenía un año y medio no pudo prevenirse en el embarazo, eso es lo que más lamento.
En Fundación Huésped me ayudaron a acercarme, me orientaron y a sus 12 años pude contarle lo que le pasaba. Él tomaba remedios todos los días desde muy chiquito y eso lo tenía naturalizado.

Cuando sentí que podía contarle le dije que teníamos que hablar, que no sabía cómo él lo iba a tomar...y le expliqué la causa por la que él tomaba toda esa medicación.
La reacción del niño le dio la paz que necesitaba y la tranquilidad de que como mamá estaba haciendo las cosas bien. “Mamá vos no lo hiciste a propósito”, respondió con su escasa edad y una empatía asombrosa.
“Él nunca me reclamó nada; ya tiene 23 años. Terminó la secundaria y trabaja en una heladería”, contó Laura.
En este punto de la charla, la mujer hizo una pausa y siguió: “Hace un año, más o menos, decidí internarlo en una granja por problemas de adicciones. Él dice que no empezó a consumir por esto (por tener VIH). Hasta ese momento estaba con carga viral indetectable, pero desde ahí no quiere tomar la medicación”.
Sobre cómo lleva como mamá este tema, respondió, con la voz quebrada por el llanto: “Me desespera, creo que lo cuidé bastante bien y por eso estaba indetectable; yo lo veo bien, pero no sé”.
“La doctora Patterson (Patricia Patterson es la coordinadora de Estudios Locales de Fundación Huésped y quien trata a Laura y Martín) me dijo que no puedo obligarlo y mi psicóloga me dice que no sea tan obsesiva”.

Laura, que desde hace tres años está separada del papá de su segundo hijo, empezó terapia hace un par de meses. Hubiera querido hacerlo hace años, pero por cuestiones económicas no había podido hacerlo. Ahora quiere que Martín también haga terapia, pero su psicóloga, casi como la recomendación de los aviones que aconseja a las madres ponerse la mascarilla de oxígeno antes de asistir a sus hijos en caso de descompresión de la cabina, le dice que, primero, se ocupe de ponerse bien ella para poder ayudarlo.
- ¿Cómo creés que sería tu vida hoy si allá por 1996 no te surgía esa duda y no te hacías el test?
- Yo no tenía una vida muy ordenada, era muy inestable: no tenía horarios de comida, no encontraba estabilidad laboral. Tuve que empezar a trabajar a los 14 años porque había fallecido mi mamá y terminé el secundario de grande.
De lo que me pasó yo no le hecho la culpa a nadie, porque la verdad es que yo no me cuidaba.
Si me transportara a antes de que mi hijo se enferme, creo que hubiera dejado que siga reinando el desorden en mi vida, el no cuidado de mi persona y de mi entorno.
Saber que tenía VIH para mí fue como un cachetazo, que cambió mi vida para siempre. Sin ese diagnóstico en ese momento hoy no sé cómo estaría, quizá muerta.
Yo siempre digo que recibir ese “positivo” fue mi salvación. A partir de ahí me empecé a interiorizar, a querer saber sobre el tema, y a cuidarme.
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