
En los mercados internacionales, el maní argentino se reconoce apenas se prueba. No hace falta mirar el origen en el envase ni leer la ficha técnica: el dulzor aparece primero.
Ese atributo, que distingue al maní cordobés frente a competidores de otras regiones del mundo, no es un golpe de suerte ni una moda reciente. Es el resultado de un ambiente particular, decisiones agronómicas precisas y años de investigación científica.
La Argentina destina alrededor del 95 % de su producción de maní a la exportación y se mantiene como el principal proveedor mundial. Para la campaña 2025/26, la Cámara Argentina del Maní proyecta una producción de 972.500 toneladas de maní en grano y exportaciones cercanas a las 750.000 toneladas, con destino a más de 100 países. En ese volumen, el sabor funciona como carta de presentación. Pero:¿qué hace que el maní sea tan dulce?

El frío como aliado inesperado
Los estudios desarrollados en INTA permitieron ponerle números y procesos a una percepción que los compradores ya tenían clara. El maní cordobés es más dulce porque se desarrolla en una de las regiones maniseras más frías del mundo.
Durante el llenado del grano, esas temperaturas más bajas favorecen la transformación del almidón en sacarosa, el azúcar que define el gusto final.
Las comparaciones no dejaron lugar a dudas. Muestras de la misma variedad, cultivadas en Córdoba y en regiones más cálidas como el sur de Estados Unidos, mostraron diferencias contundentes: el contenido de sacarosa del maní argentino superó ampliamente al de sus equivalentes externos, incluso duplicándolo.
Cuando la nutrición suma calidad
El ambiente explica una parte del fenómeno, pero no todo. Los trabajos realizados en INTA Manfredi demostraron que el manejo nutricional puede profundizar aún más ese diferencial. En ensayos de varias campañas, la fertilización con micronutrientes como boro y zinc mostró efectos positivos sobre el metabolismo de los carbohidratos del grano.
En zonas con deficiencias de boro —como el sur de Córdoba—, la respuesta fue aún más marcada. Pero incluso en áreas sin limitaciones nutricionales evidentes, los tratamientos lograron incrementar el contenido de azúcares, reforzando el perfil sensorial del maní confitería, destinado mayormente al consumo directo.
Dulce, pero también nutritivo
El sabor no llega solo. El maní argentino combina ese dulzor con una composición nutricional que refuerza su valor en góndola. Cerca del 50 % del grano corresponde a grasas saludables, con predominio de ácidos grasos omega-9 y omega-6, además de fitoesteroles y tocoferoles con función antioxidante, entre ellos la vitamina E.
A eso se suman un 18 % de carbohidratos —donde la sacarosa juega un rol central— y alrededor de un 28 % de proteínas de alto valor biológico, junto con minerales esenciales como magnesio, potasio, fósforo, zinc y selenio. Incluso el tegumento del grano aporta compuestos bioactivos con efecto antioxidante.
Investigación que deja huella
El trabajo sobre calidad y valor agregado en maní no es reciente. Desde hace décadas, los equipos del INTA Manfredi evalúan cultivares comerciales y precomerciales en ensayos multiambientales, analizando cómo interactúan el genotipo y el ambiente para sostener atributos estables campaña tras campaña.
Esa trayectoria permitió, además, acompañar la expansión de los cultivares alto oleico y resolver obstáculos comerciales de peso.
Cuando los estándares internacionales limitaban el contenido de ácido oleico, la evidencia científica generada localmente fue clave para modificar las normas y abrir mercados estratégicos como la Unión Europea.
Hoy, cada grano de maní cordobés sintetiza ese recorrido: clima, ciencia y manejo agronómico puestos al servicio de un sabor que no se copia y que sigue siendo una de las principales ventajas competitivas de la Argentina en el mundo.
Fuente: Inta
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