
El Valle de Lerma, en Salta, guarda entre sus suelos la historia de un trabajo agrícola intenso y sostenido en el tiempo. Con una producción que gira principalmente en torno a cultivos estivales como el tabaco, el maíz y el poroto, esta región supo aprovechar sus recursos naturales al máximo. Pero el paso de los años y las prácticas de manejo aplicadas dejaron marcas.
Los investigadores lo saben: los sistemas de producción intensivos afectan las propiedades físicas, químicas y microbiológicas de los suelos. Y en esta zona de Salta, las señales de ese desgaste están a la vista. Las rotaciones cortas, el barbecho prolongado en invierno y ciertas características genéticas propias del suelo fueron debilitando sus condiciones.

Mirar el invierno con otros ojos
Pero donde otros ven un suelo descansando, un grupo de investigadores del INTA Salta y del Conicet vio una oportunidad. Y plantearon un cambio simple, pero potente: aprovechar los meses de barbecho invernal para sembrar cultivos de servicio.
La idea era clara: incorporar una cobertura vegetal que proteja el suelo, mejore sus propiedades y, sobre todo, lo prepare mejor para la próxima campaña estival. Así fue como comenzaron a evaluar, en sistemas poroteros del Valle de Lerma, el impacto de sumar cultivos de servicio a las tradicionales rotaciones.
Carbono que vuelve
Los resultados no tardaron en llegar. El estudio comprobó que la presencia de cultivos de servicio permite incrementar hasta un 30 % el stock de carbono del suelo. Un número más que significativo, si se tiene en cuenta que el carbono es uno de los principales indicadores de la calidad y salud del suelo.
“En todos los casos, los tratamientos que introdujeron un cultivo de servicio lograron incrementar el stock de carbono del suelo en un 30 %, destacándose significativamente sobre una práctica conservacionista sin cultivo de servicio”, destacaron desde el equipo de investigación.
Mucho más que carbono
Pero el carbono no es lo único que mejora cuando se incorporan cultivos de servicio. El estudio demostró que esta estrategia de manejo también aporta beneficios físicos, químicos y microbiológicos al suelo. Entre ellos, una mayor actividad biológica, mejores niveles de materia orgánica y una estructura más estable.
En definitiva, se trata de devolverle al suelo parte de lo que el sistema productivo le fue quitando con los años. Y como la región sigue siendo una zona agrícola intensiva, esta propuesta abre la puerta a sistemas más equilibrados, con suelos más sanos y mejor preparados para sostener la producción en el tiempo.
Fuente: Inta
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