
El temible esquema de protestas “a la francesa” que aprobó la CGT junto con las dos CTA para embestir contra el Gobierno quedó convertido en las últimas horas en una versión light, sin paros sectoriales ni rotativos como los que se hicieron en 2023 contra Emmanuel Macron.
En la reunión de líderes cegetistas, las dos CTA y de confederaciones sindicales que tuvo lugar este martes en Azopardo 802 se acordó una agenda de movilizaciones, asambleas y volanteadas que arrancarán el 22 de este mes con una marcha ante el Congreso en apoyo a los jubilados, pero, contrariamente a lo que había trascendido, no se combinarán con huelgas por sectores, en forma alternada y sostenida en el tiempo.
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El “modelo francés” fue propuesto por la Confederación Argentina de Trabajadores del Transporte (CATT): líderes de ese espacio como Juan Carlos Schmid (Dragado y Balizamiento) y Juan Pablo Brey (aeronavegantes) creen que hacer un paro general en forma esporádica no tiene impacto, pero sí lo tendría una sucesión de protestas que fueran alternándose en áreas clave, como sucedió en Francia para rechazar la reforma jubilatoria, un plan que les permitió a los sindicatos mantener el conflicto durante meses sin que cada trabajador perdiera semanas enteras de salario.

¿Por qué las 3 centrales obreras no incluirán paros impulsados por cada sindicato? “No hay clima -confesó un jefe gremial a Infobae-. Ahora, en las empresas y en las fábricas la gente está con la cabeza en el Mundial y cuando termine tampoco tenemos muchas garantías de que acaten los paros que van a afectar su bolsillo o que puedan poner en riesgo su fuente de trabajo”.
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A este giro pragmático se sumaron también sindicatos del ala dura, como los que integran las dos CTA y los movimientos sociales, que no plantearon los paros sectoriales durante la reunión en la CGT, aunque sí, junto con el resto de sus colegas, coincidieron en que hay que salir a la calle y buscar la adhesión de otros sectores sociales, sobre todo la clase media, para ir preparando el clima hacia el objetivo final de un paro general.
Para eso se aprobó una agenda de movilizaciones que comenzará el 22 de este mes con una marcha ante el Congreso para acompañar el reclamo de los jubilados y se profundizará con una serie de acciones callejeras: el 7 de agosto, marcha de San Cayetano y, el mismo mes, una concentración ante el Ministerio de Economía en rechazo del endeudamiento familiar; en septiembre, la participación en la Semana Social de la Iglesia y una movilización por el Día de la Industria; en noviembre, una medida para acompañar la visita del papa León XIV a la Argentina y otra marcha cuando se realice la próxima reunión del Consejo del Salario Mínimo, Vital y Móvil.
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El plan de lucha también contemplará encuentros con entidades empresariales del interior para consensuar medidas en común en su carácter de “víctimas del modelo Milei”, tal como la CGT considera a los trabajadores.
De la misma forma, se decidió la presencia de 15 a 20 dirigentes por gremio para acompañar conflictos o reclamos específicos en algunas empresas, tanto en el AMBA como en el interior, y reuniones con las delegaciones regionales de la central obrera.
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En la estrategia de los dirigentes gremiales hay un paro general de 24 o 36 horas que cerraría el plan de lucha, pero, además, una gran marcha federal contra el Gobierno que uniría Córdoba, Rosario y Buenos Aires.

La jugada más audaz será la apuesta de “capitalizar” la visita del Papa a la Argentina en busca de alguna señal que se interprete como un respaldo a los reclamos del sindicalismo. Una de las ideas es tratar de que la recorrida de León XIV por la ciudad de Buenos Aires se acerque lo máximo posible al edificio de la CGT, en Azopardo 802, donde lo esperarían las columnas de trabajadores. Hay dirigentes con llegada al Vaticano que prometieron gestionar un gesto papal de esa naturaleza.
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La CGT avanza hacia su nuevo plan de lucha, que terminará en el quinto paro general contra Javier Milei, envuelta una vez más en intrigas y divisiones. Los cotitulares cegetistas Jorge Sola (seguro), Octavio Argüello (Camioneros) y Cristian Jerónimo (empleados del vidrio) decidieron recostarse más en las confederaciones sindicales (industria, transporte, energía, alimentación y comunicaciones) para definir la vuelta a las protestas que en su propio Consejo Directivo.
En la última reunión donde se aprobó el esquema del plan de lucha junto con las CTA, las confederaciones y los movimientos sociales, tal como hizo la semana anterior la conducción cegetista, hubo sugestivas ausencias de algunos líderes sindicales como Andrés Rodríguez (UPCN), Gerardo Martínez (UOCRA), Héctor Daer (Sanidad), Sergio Romero (UDA), José Luis Lingeri (Obras Sanitarias), Sergio Palazzo (bancarios), Osvaldo Lobato (UOM), Sergio Sasia (Unión Ferroviaria), Guillermo Moser (Luz y Fuerza) y Víctor Santa María (encargados de edificios), entre otros.
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Casi todos enviaron a algún representante de su sindicato, pero en otras épocas de la CGT, también signadas por las diferencias y las internas permanentes, nadie quería perderse la posibilidad de debatir cara a cara con los secretarios generales de otros gremios las estrategias y los cursos de acción.
Los faltazos parecen un símbolo de estos tiempos en los que, con menos poder que nunca, los sindicalistas avanzan con medidas que sienten que deben hacer aunque, en el fondo, sepan que no cambiará nada.
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Milei no es el primer presidente de la Nación que asimila los paros generales sin rectificar ni una medida. Tampoco lo hicieron Cristina Kirchner ni Mauricio Macri. Alberto Fernández zafó: tuvo la suerte de que la CGT no le hizo ni una marchita pese a la inflación alta, la caída de los salarios y la crisis financiera de las obras sociales.

Ahora, los jefes sindicales perciben que sus propias bases no se sumarán ciegamente a cualquier protesta (en la CGT admiten en voz baja que el último paro general “no fue bueno”) y apuestan a reconciliarse con sectores de la sociedad que desde hace años los miran de reojo.
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“Algo hay que hacer” parece ser la consigna actual de la CGT, corrida por izquierda por combativos que, ante los micrófonos, exigen un paro de 36 horas, pero que no hacen ni una hora de huelga en sus propios gremios.
Esa consigna al menos se mantendrá hasta que se realicen las próximas elecciones presidenciales, donde los sindicalistas tienen la esperanza de que Milei no se reelegido y asuma alguien más sensible a sus posturas. Claro que eso no les garantiza que recuperen el poder perdido entre los jirones de su representatividad.
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