
El padre Luis Montes lleva tres décadas en Medio Oriente. Desde Líbano, epicentro de los ataques en las últimas 48 horas y donde dirige una obra de asistencia social en las afueras de Beirut, describe la incertidumbre cotidiana frente a la guerra que involucra a Estados Unidos, Israel e Irán. En diálogo con Infobae, señaló que la población local atraviesa un estado de agotamiento social, marcado por la violencia y una crisis económica que transformó todo. “La gente quiere paz y que esto termine”, aseguró.
El ejército israelí anunció este sábado que en las últimas 24 horas atacó más de 200 objetivos del movimiento islamista proiraní Hezbolá en Líbano, en medio de las negociaciones previstas en Washington entre Israel y el gobierno libanés, y también en medio de las reuniones que se desarrollan en Pakistán. Según reportes oficiales, desde el miércoles se registraron más de 200 muertos y un millar de heridos.
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Misionero del Instituto del Verbo Encarnado, escondido en un pequeño pueblo sobre la montaña a 25 kilómetros de la zona más caliente de conflicto, Montes nació en Darregueira, en el sudoeste de la provincia de Buenos Aires. Iba a estudiar abogacía en Rosario, pero se volcó a la religión y estuvo destinado a Israel, Jordania, Egipto y Bagdad.

- ¿Cómo está la situación en Líbano tras el último alto el fuego anunciado por Donald Trump y las conversaciones en Pakistán?
Cuando se declaró el alto el fuego, no había mucha esperanza de que se cumpla. Las demandas de Irán y las de Estados Unidos son irreconciliables. Parecía más una tregua para reacomodarse. En menos de veinticuatro horas hubo un ataque muy duro contra el Líbano, con zonas residenciales de Beirut destruidas y cientos de muertos. Hay personas bajo los escombros. No sé cómo va a seguir esta guerra, pero no parece que tenga una solución pronta.
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- ¿Cómo vive la población en este contexto de bombardeos constantes?
Aquí la gente está acostumbrada y muy cansada. Sabe que con manifestaciones no va a cambiar nada. Tratan de seguir la vida normal en la medida que pueden, pero predomina la desesperanza en los políticos, tanto de aquí como de afuera. En los últimos años hubo buena convivencia, pero ahora se siente el cansancio. La gente quiere paz y que esto termine.
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- ¿Cuál es la posición de la población con relación a la injerencia de otros países como EEUU, Israel e Irán?
El Líbano, en general, quisiera verse libre de tanta interferencia extranjera, sea de Irán, de Israel o de Estados Unidos. Hay división en la sociedad. Algunos están enojados con Hezbolá y otros consideran que es la única defensa real porque el ejército nacional no tiene mucha fuerza. Hay opiniones diversas, pero la mayoría solo quiere paz.
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- ¿En qué modifica este contexto la vida diaria?
El Líbano está en una crisis económica muy grande. Hace diez años era un país floreciente y ahora muchos jóvenes profesionales buscan irse. Esto complica todo. Tuvimos guerra el año pasado, la de este año y, en el medio, bombardeos casi todas las semanas. Aunque se hable de alto el fuego, hay ataques en el sur frecuentemente.
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- ¿Cómo llegó a Medio Oriente?
Llegué en 1996. Estuve en Tierra Santa siete años, en Jordania uno, en Egipto siete, en Bagdad diez, luego dos más en Egipto y ahora tres en Líbano. Siempre busqué fundar obras de misericordia, casas para recibir a los más necesitados. En Líbano, tras hablar con el Ministerio de Asuntos Sociales, nos pidieron una casa gratuita para ancianos pobres. Ahora tenemos ancianos, discapacitados, mujeres víctimas de violencia, familias sirias y personas que buscan salir de adicciones.
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- ¿Cómo se sostiene económicamente la obra que dirige?
No recibimos subsidio estatal ni ayuda de otros gobiernos. Yo estoy solo como sacerdote y me acompañan seis laicos consagrados del movimiento Nazarenos Perseguidos, todos de Latinoamérica. No tenemos empleados, hacemos todo nosotros. Recibimos donaciones pequeñas de particulares, tanto aquí como del exterior. Nunca nos faltó comida ni medicinas, aunque vivimos muy austeramente.
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- ¿De qué forma administran las relaciones entre personas de distintos credos, nacionalidades, culturas?
Atendemos a quien lo necesite, sin preguntar su religión o procedencia. Hay cristianos católicos y ortodoxos, musulmanes de distintos grupos, sirios, iraquíes, libaneses, una persona de la India y hasta gente de Dinamarca. Vivimos como una familia y los problemas se resuelven dialogando. El criterio es ayudar al que lo necesita, sin distinción.
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- ¿Cuántas personas atienden actualmente?
Hay 30 residentes y, además, 70 refugiados africanos desplazados por la guerra. Ellos reciben ayuda de una asociación con apoyo de la ONU. Nosotros les prestamos la casa, pero igual surgen dificultades, como la escasez de agua.
Los refugiados son todos desplazados por la guerra....
Sí. Son africanos, en su mayoría de Sudán y Etiopía, que trabajaban en el sur del país y fueron expulsados por la guerra. La mayoría es desplazada por el conflicto actual. La casa se llenó, porque a los treinta que ya asistíamos se sumaron estos setenta refugiados.
¿Han pensado en dejar el país si la situación empeora?
Nuestra zona es segura, estamos a veinticinco kilómetros de Beirut, en la montaña. No hay bombardeos directos aquí. Nos mudaremos pronto a una casa más grande y más segura. No contemplamos irnos, porque eso significaría dejar abandonada a toda esta gente.
¿Qué lugar ocupa la fe en este contexto de guerra y crisis?
Para nosotros es fundamental. Estamos aquí por mandato de Jesucristo, para predicar el evangelio y mostrar la caridad de Dios hacia los más pobres. Eso me llevó a dejar Argentina hace treinta años y enfrentar situaciones mucho más peligrosas, como en Bagdad. La fe es lo que nos sostiene y nos impulsa a ayudar. Cuando alguien convive con el peligro de muerte permanente, prioriza lo esencial. Quien tiene fe se prepara para dar cuenta ante Dios. Aquí se ve una fe viva y muy probada. Muchos viven con profundidad su espiritualidad, sabiendo que quizás mañana les toque a ellos.
¿Cuál fue su historia antes de irse de Argentina?
Soy del sur de la provincia de Buenos Aires, de un pueblo pequeño que se llama Darregueira, cerca de La Pampa. Cuando tenía 18 años, terminé la secundaria y me anoté para hacer la carrera de Abogacía en Rosario, porque tenía parientes ahí. Justo había paro de profesores en marzo y, como tenía tiempo, fui a San Rafael, Mendoza, donde tenía un hermano haciendo el seminario para ser sacerdote, José, que es actualmente misionero en Ucrania. Cuando hice los ejercicios espirituales me di cuenta que Dios me llamaba al sacerdocio, así que no fui a Rosario. Me quedé en el seminario. En el 96, cuando me estaba por ordenar, había una fundación en Tierra Santa que no tenían nadie para mandar. Entonces le dije al superior que si él quería yo podía ir. Así que me he destinado para Tierra Santa y bueno, ya está. Y ahí comenzó todo lo que es mi vida en Medio Oriente y ya tengo toda mi vida acá armada.
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