
“Los gobernadores van hacia adelante con pie de plomo. Despacio pero con decisión”, sostuvo un diputado nacional que forma parte del esquema de mandatarios del PJ, en el que muchos dirigentes ponen una gran expectativa para este año. Sobre todo porque creen que la presencia de ellos en el escenario político limita el protagonismo de Cristina Kirchner.
“Hay que ver cuántos gobernadores aguantan estar en este bloque y no le terminan votando las leyes a Milei”, explicó la mano derecha de uno de los mandatarios que estuvo en la reunión que se realizó, a fin del año pasado, en la casa de La Pampa. No todas las miradas son tan lineales y positivas. La desconfianza es un mal que atormenta al peronismo, que hoy no tiene un proyecto sólido.
En el interior del país, en el Movimiento Derecho al Futuro (MDF) y en otras terminales más pequeñas del peronismo advierten que el liderazgo de CFK ingresará este año en una caída pronunciada, debido a su limitación, de por vida, para ser candidata en las elecciones. También por.su detención en San José 1111 y, sobre todo, por el visible desgaste del proyecto político que encarnó en los últimos veinte años.
El 2026 es un año clave para estructurar una propuesta nacional de cara a las elecciones ejecutivas del año que viene. “El peronismo está paralizado en el debate interno. Hay que dar un debate sobre política exterior, política económica, defensa de la industria y del trabajo. Hay que discutir un modelo nacional”, precisó Miguel Pichetto durante un mano a mano que tuvo con Guillermo Moreno en Radio del Plata. De eso se trata.

Lo que sostuvo el ex senador nacional es exactamente lo que piensan en gran parte de la fuerza política. Las discusiones internas, desde el comienzo del gobierno de Alberto Fernández a esta parte, han mantenido al peronismo ocupado en solventar rencillas donde se disputa poder, ego, conducción y el final de un ciclo. El cristinismo ha resistido. El resto del peronismo ha intentado, sin tanta fuerza, dar por terminada la etapa peronista con sello K. Y en eso andan hace ya seis años. Mientras tanto, el apoyo electoral se diluye.
El motivo más básico tiene que ver con los votos. La gente le ha dado vuelta la cara al cristinismo, salvo en algunos municipios donde se mantiene fuerte. El ejemplo por excelencia es el de Quilmes, donde Mayra Mendoza reeligió en el 2023 y tiene un importante índice de aprobación en su gestión. Una fortaleza en el medio del vendaval de críticas al kirchnerismo.
La discusión que en el peronismo piensan tener este año es completamente horizontal. Sin líderes ni reglas inamovibles. Lo que hay, en todo caso, son aspirantes a ser parte de una conducción colegiada que derive en el proceso electoral del 2027. Quiénes van a estar sentados en la mesa de decisiones del año que viene. Ese es uno de los temas que se discute. El otro es qué le proponen a la sociedad para que los vuelva a votar.
Este año puede ser fundacional para el peronismo o puede ser un año más en el que su renovación esté congelada. Kicillof se está dedicando a tratar de romperlo. Más allá de que su objetivo tiene una carga personal importante, ese movimiento de fricciones incesantes para romper el status quo le sirve a una gran parte de la dirigencia, esté o no involucrada en el proyecto kicillofista.

En paralelo, las negociaciones permanentes que hay sobre la postura que tendrá la oposición respecto a la reformal laboral desnudan las grietas internas. Los gobernadores no quieren bloquear todo el proyecto, pero serán duros respecto a la iniciativa libertaria. El kirchnerismo será el bastión de la resistencia, mientras que la CGT, ahora más dura que antes, tratará de encontrar un lugar en el que no quede parada como un bloque político que solo rechaza todo lo que propone el Gobierno.
En la central obrera hace rato que creen que el ciclo de Cristina Kirchner está agotado y que es ella, por su capacidad y su poder de influencia en la provincia de Buenos Aires, la que debe encontrar un rol más constructivo para empujar el armado político nacional. Algunos, los más reticentes a su figura, consideran que hay que armar un esquema nuevo que no contenga al cristinismo. Parece una utopía. La mayoría, aún con fastidio, entiende que el proyecto político tiene que tener al cristinismo adentro, pero con mucho menos poder del que supieron tener.
“Este año se va a notar fuertemente la perdida de centralidad del kirchnerismo. Antes te sometían al látigo, pero te hacían ganar. Tenían poder. Ahora pegan y no hacen daño. No ganan. Es el momento de que se corran”, reflexionó un histórico dirigente del peronismo bonaerense, de estrecha relación con Sergio Massa, el kirchnerismo histórico y los legisladores del interior. Uno de esos nombres propios que conocen bien los vericuetos del poder peronista.

En gran parte del universo justicialista creen que este año será el final de CFK como una líder capaz de conducir a la mayor parte del peronismo con dedicación y capacidad. “Será el final de todo un sistema. El final de un posicionamiento ante la sociedad. El final de una forma de entender la política”, analizó un ex funcionario nacional, que conoció bien de cerca los roces de lo que supo ser el peronismo albertista y el camporismo. La convivencia del último gobierno peronista.
Los más afines al proyecto de Kicillof dicen que, indefectiblemente, llegará el momento de que se empiece a tocar una nueva canción. Los que todavía tienen una mirada positiva sobre el rol de CFK creen que ella, astuta e inteligente como la consideran, sabrá ubicarse en el nuevo mapa de poder que se está construyendo y en el que todas las rutas conducen a la elección del 2027. Resta esperar. Tiempo al tiempo. Gran parte del futuro peronista está atada a los movimientos de la ex presidenta. A lo que decida hacer o
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