En un nuevo episodio de La Conversación, el ciclo audiovisual de Infobae, tres especialistas se sentaron a discutir un tema que vuelve al centro de la agenda con tensión y urgencia: la reforma laboral. Mientras se grababa el programa, en la calle ya había movilizaciones y el debate seguía sumando ruido político, ansiedad social y preguntas prácticas. La más simple —y quizá la más difícil— la lanzó el conductor, Gonzalo Sánchez: “Los trabajadores que están viendo esta discusión… ¿deberían estar tranquilos?”
La respuesta, en la mesa, fue inmediata: el problema no es que una parte esté tranquila y la otra preocupada. “La ley regula una relación social y tiene que servirle a las dos partes”, planteó Martín Tetaz, economista y ex legislador. Si el vínculo se percibe como un juego de suma cero, la reforma empieza mal.
Para ordenar un asunto que suele volverse consignas (“pro trabajador” o “pro empresa”), Infobae reunió a Tetaz, a Eliana Bracciatore —consultora, emprendedora y profesora en la Universidad de San Andrés, especializada en cultura del trabajo— y a Jorge Triaca, ex ministro de Trabajo. Con estilos distintos, los tres coincidieron en algo: el mercado laboral cambió, pero el sistema normativo y de seguridad social todavía opera con lógicas de otra época.
Un mercado laboral distinto al de hace 50 años
Tetaz propuso una idea que atravesó toda la conversación: la Argentina tiene una legislación pensada para una economía industrial asalariada formal que ya no es hegemónica. El “primer trabajo”, que antes era una fábrica, hoy suele ser una pyme de servicios, un emprendimiento, una changa o una plataforma.

Y lo más importante: ya no hay una sola relación laboral por persona. “A la mañana puedo estar en relación de dependencia, a la tarde ser autónomo con un emprendimiento y a la noche hacer unas horas de Uber”, ejemplificó. No dijo que sea “bueno” o “malo”: dijo que es el paisaje. Y que la discusión institucional debería partir de esa realidad.
El diagnóstico social: informalidad, sueldos bajos y futuro roto
Bracciatore aportó el termómetro de redes: habla con trabajadores todos los días y, según su lectura, la asimetría de poder sigue existiendo. La informalidad, los salarios bajos y la falta de proyección aparecen como un bloque: jóvenes que sienten que los trabajos no pagan lo suficiente ni ofrecen crecimiento.
“Eso está roto”, resumió sobre la promesa clásica de ascenso: entrar al mercado, progresar, proyectar vida —casa, auto, familia, educación—. Y se detuvo en un punto que suele aparecer como queja generacional: “dicen que los jóvenes no quieren trabajar”. Para ella, el fenómeno es otro: los jóvenes están poniendo límites que generaciones anteriores naturalizaron.
La ley, en un titular: previsibilidad
Triaca fue el que más trabajó el “explicador” de la reforma laboral. Admitió que el proyecto es extenso y difícil de comunicar, pero dijo que su corazón está en un concepto: reducir la imprevisibilidad.
La incertidumbre, explicó, no es solo macro (inflación, recesión). También es institucional: dos juzgados pueden resolver de manera distinta situaciones similares, y eso altera el cálculo del costo de contratar y del costo de terminar una relación laboral. Según Triaca, el proyecto busca ordenar esa dispersión y dar certezas.

Bracciatore coincidió en que ese punto puede beneficiar también al trabajador, incluso por una razón simple: un juicio que tarda años no es protección real. Señaló que buena parte de los conflictos laborales terminan en acuerdos extrajudiciales, y que cuando van a sentencia pueden demorar demasiado para quien necesita un ingreso “alimentario”.
El gran nudo: la brecha entre lo que cuesta y lo que llega al bolsillo
Tetaz introdujo un problema que, para él, la reforma laboral toca solo de costado: la enorme distancia entre lo que un trabajador “cuesta” y lo que efectivamente cobra. En su ejemplo, alguien puede llevarse al bolsillo 1.300/1.400, mientras al empleador le cuesta 2.500. Esa brecha —dijo— no le sirve a ninguna de las dos partes y empuja incentivos hacia la informalidad.
Y ahí subió la apuesta: para cerrar esa brecha no alcanza con una reforma laboral. Hace falta discutir reforma previsional y, más de fondo, “desconectar” la seguridad social de un mercado laboral que ya no es estable y asalariado como antes. Su punto fue tajante: si no se discuten juntas, reforma laboral y previsional son “dos caras de la misma moneda”.
Plataformas, monotributo y la “libertad” regulada
Cuando el debate aterrizó en plataformas y teletrabajo —el mundo de Bracciatore— apareció una coincidencia con matices: muchos trabajadores de plataformas no quieren ser empleados, porque valoran la flexibilidad. Pero esa libertad, advirtió, puede volverse ficticia si los incentivos de la plataforma empujan a conectarse más horas o a competir bajo presión.
Además, abrió otra caja: la del monotributo como categoría que crece y se vuelve insuficiente para trabajadores que no son “profesionales independientes” y quedan con menos derechos y cobertura. En ese punto, la conversación se acercó a un diagnóstico más amplio: el sistema tributario y el de protección social no están siguiendo el ritmo del cambio laboral.
El Fondo de Asistencia Laboral: ¿solución o nueva desconfianza?
Uno de los focos polémicos fue el Fondo de Asistencia Laboral (FAL), pensado para financiar el proceso indemnizatorio con una porción del aporte patronal. En la mesa se lo describió como un paso —gradual— hacia un esquema más parecido a un seguro de desempleo: proteger al trabajador, no “al puesto”.

Pero también apareció la alarma argentina de siempre: quién administra, cómo se controla, qué pasa con una masa grande de recursos y cómo evitar un déjà vu con experiencias del pasado. Triaca defendió que existen mecanismos de transparencia y separación patrimonial (similar a una cuenta comitente), pero aceptó que cuanto más definiciones claras haya en la ley, más confianza genera; si queda todo para la reglamentación, cambia el gobierno y cambian las reglas.
Banco de horas, PyMEs y la negociación desigual
Otro eje fue el “banco de horas”: una flexibilidad para acomodar estacionalidad (por ejemplo, diciembre en comercio) sin convertir todo en horas extra. Tetaz lo presentó como una herramienta razonable si se usa para lo que fue diseñada: lo previsible. Bracciatore marcó el riesgo: la “negociación” con el empleador no siempre es negociación real, sobre todo en trabajos estandarizados y con poca capacidad de exigir condiciones.
El debate volvió una y otra vez a la misma palabra: heterogeneidad. No es lo mismo una pyme que una empresa grande; no es lo mismo gastronomía (alta rotación) que un empleo estable; no es lo mismo un trabajador tecnológico con habilidades escasas que un empleo de baja calificación y salario de mercado.
Regular todo como si fuera homogéneo, coincidieron, genera distorsiones.
Lo que dejó la mesa: equilibrio, control y una reforma que no es “one shot”
Hacia el final, los tres terminaron cerca de una idea común: las reformas laborales no resuelven todo en una ley. Son procesos, con olas, ajustes y correcciones. Pero también dejaron un aviso: si la letra final inclina demasiado la balanza, la discusión no se termina en el Congreso; se judicializa.
Triaca cerró con un punto institucional: el Ministerio de Trabajo como árbitro real, con capacidad de sancionar abusos de cualquier parte. Sin control y sin reglas que se cumplan, la norma se vuelve papel. Con reglas claras, en cambio, la discusión puede empezar a salir del péndulo —de un extremo al otro— y acercarse a lo que la mesa repitió como horizonte: un sistema que permita formalizar, reducir incertidumbre y volver a hacer posible proyectar una vida.
Este episodio de La Conversación ya está disponible en el canal de YouTube de Infobae.
Fotos: Maximiliano Luna
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