
Mañana, otra vez en buscada coincidencia con el calendario de la historia, el oficialismo irá por la “foto de unidad” para la campaña. Es un dato del conjunto de la política la inclinación por las postales o demostraciones de unidad, de posible valor interno y de escaso efecto externo. La versión más llamativa y elemental sobre la imagen que intenta Unión por la Patria fue expuesta por la portavoz Gabriela Cerruti: dijo que la disputa en Juntos por el Cambio dañaría a la democracia y sugirió que sería bueno que tome el ejemplo del frente oficialista. No parece la mejor idea, frente al efecto de las batallas propias como elemento central del deterioro del Gobierno y la crisis. Fuera de eso, queda claro el giro significativo de campaña: final del imaginario de una elección de “tres tercios” y fuerte apuesta a la polarización.
Este domingo 9 de Julio, el oficialismo espera reunir en Salliqueló a los socios principales de UxP, funcionarios y dirigentes, para la inauguración del gasoducto Néstor Kirchner. Los operadores de la lista encabezada por Sergio Massa trabajaron para esa escenografía. Se esperan que compartan la puesta, además del candidato nacional, Cristina Fernández de Kirchner y Alberto Fernández, junto a Axel Kicillof, Máximo Kirchner y Eduardo “Wado” de Pedro, cabezas de la oferta bonaerense. El foco estará nuevamente en lo que exprese, incluso gestualmente, CFK.
La lista de “unidad” tiene formalmente un desafiante: Juan Grabois. Es un interrogante su desempeño como virtual contenedor de una franja de votantes kirchneristas disgustados con la designación de Massa, a quien consideran representante de la “derecha”. Se verá su utilidad y tal vez su juego más amplio. Detrás de la fórmula consagrada por los espacios mayoritarios del oficialismo, bajo la renovada marca electoral, se despliega un entramado con juego de los gobernadores peronistas, jefes sindicales y movimientos sociales alineados con el Gobierno.
Por supuesto, ese tejido tiene un sentido práctico además de público, pero no desmonta las tensiones. En todo caso, las contiene en la medida que sea posible. Los movimientos y negociaciones se proyectan a la campaña -estructuras, gastos- y para el caso de triunfo o derrota electoral. Un par de ejemplos prácticos lo ilustran: la necesidad de jefes locales -gobernadores e intendentes- de evitar el traslado de las internas a sus distritos, y la fuerte presencia kirchnerista en las listas para el Congreso.
Pero, además, la fórmula acordada y su expresión en cada provincia o municipio garantizaría despliegue de campaña o al menos algo más que una mirada desde la platea en las provincias que ya resolvieron elecciones de gobernador, con “agotamiento” de recursos, según el eufemismo que circula en política. Se verá, pero en lo inmediato importa además la consagración de una lista casi única como recurso discursivo, sus posibilidades y límites.
El esquema básico arranca con una apuesta inicial: la posibilidad de que Massa termine siendo el candidato individualmente más votado en las PASO, como efecto del alineamiento doméstico y la competencia que divide votos en JxC. El espacio de Javier Milei asoma en proceso de descascaramiento, algo que reflejan también encuestas que abonaban el imaginario de una elección de “tercios”.
Esa hipótesis de trabajo sobre el beneficio potencial de un único candidato enfrenta, en el plano interno, una leve inquietud sobre el papel de Grabois y expresa hacia afuera la intención de jugar sobre las diferencias en el principal espacio opositor. Eso explica algunas ideas y vueltas sobre la intención de colocar como rival elegido a Horacio Rodríguez Larreta o Patricia Bullrich.

En el escritorio de campaña, predomina la tendencia a preferir como competencia en las elecciones generales a la ex ministra, bajo el supuesto de que eso beneficiaría el perfil “moderado” de Massa. Nadie hace cuentas sobre qué traduciría un eventual triunfo de Bullrich como señal de humor social, si además JxC se impone como espacio en las primarias.
Antes, claro, está la campaña. Y apenas cerradas las listas, se comenzó a alimentar la línea de mostrar la definición en el oficialismo como contracara de la disputa dura en la oposición. Es un discurso vulnerable o al menos riesgoso, no sólo por la exposición básica de la portavoz presidencial, sino a la vez por los límites de diferenciación camino a las urnas.
En su trabajo diario, el equipo de Massa se encarga de exponer la agenda del ministro como señal de gestión, casi excluyente. Desde que asumió y más aún en estos días de candidato, Massa se mueve como virtual único actor del Gobierno. El conflicto con las empresas de colectivos sirvió de marco para exponerlo este fin de semana. Ese poder ministerial más que ampliado supone la relegación del Presidente y, en el mejor de los casos, una diferenciación implícita -es decir, sin cuestionamiento abierto a Olivos- difícil de trasmitir hacia afuera del círculo más politizado.
El kirchnerismo duro en general y sobre todo CFK no reprimen hasta ahora sus cuestionamientos ácidos, y descalificaciones, hacia Alberto Fernández, que cada tanto y desde su lugar relegado se cobra alguna ofensa. En ese contexto, se trata de concentrar el ruido en otro terreno. Pero la jugada dice más que eso: la decisión de confrontar abiertamente con JxC lleva la campaña al tradicional esquema de polarización, bipartidista o, en estas épocas de largas crisis partidarias, bicoalicionista.
Es una tarea compleja, por varias razones entre las que se destacan dos. La primera es la tensión entre la defensa o representación de la actual gestión, pero sin hacerlo en nombre del Presidente. Y la segunda es el lugar de CFK, admitido como el de mayor peso electoral dentro del oficialismo.
La ex presidente transmite nuevamente cuotas de aval condicionado, en este caso al ministro y candidato. Las batallas polarizadas, por momentos con la lógica tóxica de la grieta, pueden ser el mejor cortinado para ese costado de la campaña, detrás del cual late la interna. La cuestión de fondo sigue siendo otra.
El paréntesis de la moderación funcionó con el armado de 2019. El desgaste posterior, con batallas que dejaron en el camino ministros y votantes, no solo deterioró a Alberto Fernández: esa tensión sobre el poder real subyace como un tema central en la construcción de la nueva unidad. Es más que otra foto.
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