
Mayo asoma como el mes más cargado de elecciones provinciales. En los dos primeros domingos, se encadenarán ocho comicios y seis de ellos representan desafíos para gobernadores peronistas. Eso mismo expone dos señales fuertes para consideración del oficialismo. La primera, repetida, es la decisión de despegarse de la elección presidencial cuando se supone que la gestión nacional no suma, resta. Y la segunda, ahora, es una alarma: la aceleración de la crisis, con inflación lanzada y trepada del dólar, podría impactar de lleno y alterar el cálculo político local.
Por diferentes razones, dieciocho provincias desenganchan sus elecciones de los turnos nacionales. La mayoría de esos gobernadores lo definieron como mejor camino para retener el poder local y otros, porque así los disponen las normas provinciales. Mayo representa una gran apuesta para el peronismo “territorial”: es el turno de La Rioja, Tucumán, La Pampa, Salta, San Juan y Tierra del Fuego. Fuera del PJ, juegan el frente gobernante en Misiones y el radicalismo en Jujuy.
Lo dicho: el cálculo es sencillo pero se ve alterado. Se trata en general de gobernadores que, según las encuestas que se hacen circular, conservan un buen o razonable capital propio. Y que no quieren arriesgarlo pegándose a la disputa global del Frente de Todos, con desenlace aún indefinido, y al deterioro del Gobierno. El foco se concentra ahora en Sergio Massa, por la gestión, y en Cristina Fernández de Kirchner, a la espera de su decisión una vez producida la licuación final del poder de Alberto Fernández.
El renunciamiento del Presidente a competir por la candidatura no logró hasta ahora calmar las aguas. Como tampoco, unos días antes, la forzada caída de Antonio Aracre y con él, la especulación sobre un plan alternativo que ponía en jaque al ministro de Economía. Pasada la sorpresa por la movida de Olivos -por el modo y el momento, no por el fondo-, el oficialismo demoró en reacomodarse frente al vertiginoso recorrido del precio del dólar.
Los gobernadores peronistas, en general, tomaron distancia de la pelea nacional en el interior del frente oficialista. Dieron su aval a al equipo económico luego de la salida de Martín Guzmán, con la expectativa de contención de la economía y el compromiso de que el ajuste no afectara los fondos y las obras consideradas esenciales para cada provincia. Dos elementos cruciales para encarar el año electoral. En todo caso, la esperanza era a una estabilización que sumara en términos políticos al menos inicialmente y, si no, un desgaste largo con impacto amortiguado. En cualquier caso, parecía útil la alternativa de elecciones adelantadas.
La inquietud que asoma en estas horas tiene que ver con la velocidad de los acontecimientos y la profundidad de la crisis, antes incluso de esta escalada del dólar. La inflación viene golpeando desde fines del año pasado, después del leve respiro de noviembre. Se agudizó en el primer trimestre. Y este mes que va terminando -con el agregado del dólar- podría estar en los niveles de marzo, que sacudió con la marca del 7,7%.

“Cuándo la gente hace las compras, se enoja con todos. No repara en Nación o provincia. Ese puede ser un problema para los gobernadores”, dice un conocedor de campañas locales. No existe una lectura tremendista, sino inquietud frente a un voto castigo o “antipolítica” si no se rearma al menos una señal de contención. Por lo pronto, llama la atención cierta demora en salir a dar respuesta desde el Gobierno nacional.
Después de un lunes de silencio, llegaron los primeros gestos con el dólar rozando los 500 pesos. Massa anunció que usaría “todas las herramientas del Estado” y, sobre todo, dos medidas: poner en marcha una mayor intervención directa en el mercado y colocar ese punto en la negociación con el FMI. El Fondo comunicó que avanza en conversaciones “constructivas”. Y Economía espera ahora una baja de las distintas versiones financieras y, como efecto directo, del blue.
Massa refirió a una movida especulativa, cargada de rumores, al hacer sus anuncios. Alberto Fernández fue más lejos y responsabilizó a la oposición. El kirchnerismo agrega sus cuestionamientos directos al FMI. Por eso, y no sólo por alguna definición electoral, se espera el discurso preparado por la ex presidente para el acto que encabezará mañana en La Plata.
El oficialismo, en líneas generales, se encierra y juega la idea de una operación en contra del Gobierno. Los puentes con la oposición están rotos y no hay señal alguna de intentar líneas de conversación efectivas. Juntos por el Cambio produjo ayer un documento crítico pero cauto, que anunciaba además una cumbre propia con economistas y candidatos recién para la semana que viene. Un dato que no parecía menor. Después de las declaraciones de Alberto Fernández, las reacciones fueron más duras.
Dicho de otra forma: no asoma margen para la distensión, menos para un acuerdo. El Congreso, que podría ser el ámbito de conversaciones, refleja ese mal clima. Y esta semana, el oficialismo volvió a la carga para darle mayor exposición a su intento de juicio político a la Corte Suprema.
Mal clima político y hasta institucional, elecciones, internas. Con ese panorama funcionarios de Economía encaran una renovada negociación con el FMI. Estarán recién instalados en Washington cuando CFK suba al escenario en el Teatro Argentino de La Plata. Inesperada coincidencia.
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