“Cristina probablemente estará más convencida de lo que ella hizo en sus tiempos de Gobierno. Yo la respeto. Está bien. El debate no me preocupa, me preocupa la obstrucción al Gobierno”. Alberto Fernández cayó en la interna del Gobierno aún en suelo madrileño. No la esquivó. No la quiso esquivar. Y asestó algunas estocadas discursivas contra la Vicepresidenta.
En una entrevista con el diario español El País, el jefe de Estado aseguró que Cristina Kirchner “tiene una mirada parcial que desatiende que vivimos una pandemia”. Es decir, le dijo a su compañera de fórmula que está viendo la mitad de la realidad. La otra no la ve o la omite.
Fernández le respondió a CFK pese a sostener durante la gira europea que no se va a “subir al ring” para pelearse con el kirchnerismo. Se subió igual. A su forma, intentando matizar lo que a las claras es un respuesta contundente a los cuestionamientos que escuchó de la Vicepresidente el último viernes en Chaco.
En el final de la semana la ex presidenta apuntó contra el plan económico del ministro Martín Guzmán y la gestión que conduce Alberto Fernández. Aseguró que eligió como Presidente a “una persona que no representaba a ninguna fuerza política que conformaba el frente y que fue “generosa” por dejarlo conformar el gabinete económico.

En ese discurso, Cristina Kirchner buscó dejar en claro el poder que ostenta. Recordarle que el único dedo que puede torcer la historia en el Frente de Todos es el de ella, porque es la líder de un espacio importante en el porcentaje accionario de la coalición peronista.
Sin embargo, la Vicepresidenta omitió el motivo real de la designación de Fernández, hecho que considera generoso. Fue por sus propias limitaciones para poder ganar una elección y convertirse en un punto de unidad de la mayor parte del peronismo nacional.
Designó en el poder a una persona que llevaba largos años criticándola. Lo hizo por una debilidad propia, no por una fortaleza. En vez de intentar convivir con las diferencias, intentar ampliar el peronismo y empoderarlo por ser el sostén institucional del Gobierno, le limó la autoridad y la gestión. El resultado de ese proceso político es la trágica comedia en la que se ha convertido la lucha de poder interna.
En el gobierno nacional sienten que “fue demasiado” el límite que el kirchnerismo pasó la semana pasada. Primero con las declaraciones de Andrés “Cuervo” Larroque asegurando que el Gobierno era del kirchnerismo, después con el tuit de la Vicepresidente indicando que se “se puede ser legítimo y legal de origen y no de gestión”, en clara referencia a Alberto Fernández, y, finalmente, el discurso incendiario del último viernes.
“Quizás encontraron sus formas de mandarse mensajes”, aceptó un funcionario cercano al Presidente en las últimas horas. Es que ambos siguen sin hablarse desde el 1 de marzo, cuando compartieron la apertura de sesiones ordinarias en el Congreso. En el país, mientras tanto, un huracán de problemas sobrevino sobre la gestión.
Se hablan por los micrófonos, pero no se hablan por teléfono. Síntomas de una interna que deteriora el armado político que supo construir todo el peronismo después del primer movimiento de Cristina Kirchner. Hacia adentro del espacio la credibilidad, la estabilidad y la confianza se van carcomiendo a un ritmo inusitado.
En la Casa Rosada hay un agotamiento mayúsculo sobre la interna política. Interminable, desgastante, absolutamente autodestructiva. Lo extraño es que haya sido el propio Presidente el que le levantó el precio, cuando en puertas adentro de Balcarce 50 se quejan de que la agenda de gestión queda atrapada por la interna que se expone en carne viva en los medios.
Fernández seguirá este miércoles con la agenda de la gira europea. A las 9 de la mañana (hora local), viajará a Berlín, Alemania, para reunirse por primera vez con el canciller, Olaf Scholz, con quien ya había compartido un encuentro, pero cuando era funcionario del gobierno de Ángela Merkel.

El Presidente quiere hablar del impacto de la guerra en el mundo. Del escenario económico global que dejó la pandemia y que empeoró la invasión de rusa a Ucrania, y escuchar de parte de líderes importantes de Europa cómo ven el escenario político, económico y social en el corto plazo.
Ese mismo tema fue el que trató con el Rey Felipe VI en el Palacio de la Zarzuela en la tarde del martes. El rey le planteó sus temores sobre una posible reacción del presidente de Rusia, Vladimir Putin, frente al fracaso de la invasión. Entiende que está acorralado y que podría tomar decisiones graves para seguridad y la economía del mundo.
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