
El núcleo del título elegido por Cristina Fernández de Kirchner para su exposición en el Chaco anticipaba lo que podía venir: “La insatisfacción democrática”. Es un concepto inquietante aunque nada novedoso. Pero no lo utilizó para referirse a los crujidos y desafíos del sistema democrático en tiempos de crisis económica y política, sino para repartir cargas -sin autocrítica y con notable autoelogio de sus presidencias- entre la oposición, la Corte Suprema, el “poder económico concentrado y mediático”. Con todo, los más fuerte fue su final sobre la frustración de las expectativas sociales en el Gobierno, junto a las ácidas y desgastantes referencias al Presidente.
El discurso de CFK -una hora y media larga- no pareció una pieza aislada en el tablero de la disputa interior del oficialismo. No lo fue en sentido cronológico -al final de una semana marcada por otros gestos y algunas señales desde Olivos- y tampoco como elaboración política. Andrés “Cuervo” Larroque había dejado una advertencia de La Cámpora sobre lo que consideran un quiebre del “contrato electoral” por parte del Presidente. Y apenas un rato después, la propia ex presidente le había añadido consideraciones sobre el riesgo de perder la legitimidad de origen en el ejercicio de la gestión. Ayer, alertó de otro modo sobre este punto.
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La exposición con marco formalmente académico recorrió diversos caminos para ir dejando definiciones sencillas de enhebrar. Intercaló anécdotas que pusieron al descubierto, con precisión, la determinación de apuntar a los ministros que tiene en la mira desde hace rato -Martín Guzmán y Matías Kulfas-, a quienes colocó en primera línea por la imposibilidad de revertir la crisis. También abundó en cuestionamientos a la Corte, con reivindicación expresa de la marcha de un día antes frente a Tribunales.
Los párrafos críticos incluyeron, claro, al gobierno de Mauricio Macri y a la oposición en general, con especial fastidio por la jugada para abrir el debate sobre la Boleta Única de Papel, a la que se refirió por error como Boleta Electrónica. Dijo que ese tipo de cuestiones le dan la espalda a los problemas de la sociedad, castigada especialmente por la inflación y el deterioro de ingresos. Fue un recurso para volver sobre el tema de la economía.
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Ese fue el punto. CFK cargó la mochila exclusivamente sobre Alberto Fernández. Y lo expresó con su toma de distancia sobre las políticas actuales y, también, para afirmar que esa responsabilidad fue única y desde el arranque, con el armado del Gabinete. Afirmó que fue prescindente en la elección de los funcionarios del área económica y calificó su actitud como “generosa”. Sin embargo, dijo que había advertido -y fue desoída- sobre la necesidad de rearmar y fortalecer la Secretaría de Comercio Interior para enfrentar tensiones de precios.

La ex presidente fue más lejos. Después de referencias variadas al uso de las palabras, para negar que exista un conflicto interno serio -eligió hablar de debate-, aludió al armado de la fórmula del Frente de Todos. Dijo, en este punto, que en realidad no existió desde el origen una pelea de poder porque -enfatizó- había elegido ella misma un candidato a presidente sin estructura política propia, es decir, sin poder personal.
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De ese modo, redondeó un mensaje que profundiza el desgaste presidencial, por partida doble: pone en primer plano a Alberto Fernández como único responsable de la política económica -es decir, de los costos- y a la vez, no le reconoce poder desde la misma constitución del Frente de Todos.
El kirchnerismo movió un par de piezas para poner de relieve que no se trata únicamente de palabras. Máximo Kirchner presentó en Diputados un proyecto que reclama adelantar la suba -desactualizada por la escalada de precios- del Salario Mínimo, Vital y Móvil. Y el interbloque del Frente de Todos en el Senado anunció una propuesta de moratoria previsional para permitir nuevas jubilaciones. El mensaje, más allá del contenido de cada proyecto, fue claro: no hubo consulta alguna con Economía, según se hizo trascender.
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Esas dos movidas legislativas sugirieron una reacción a la repuesta de Olivos, que reiteró el aval a Guzmán y por extensión, al resto de los ministros cuestionados. Guzmán, además, se había dedicado a transmitir ese mensaje presidencial en círculos económicos, que expresan señales de contención hacia el funcionario, en medio de la interna, y al mismo tiempo se quejan en reserva por el horizonte de incertidumbre.
El círculo más cercano al Presidente también se ve afectado por los límites que impone el Presidente a la hora de responder a la ofensiva kirchnerista. Reclaman reacciones más fuertes y cambios para unificar la gestión. Algunos “albertistas” apuntan especialmente contra posiciones kirchneristas en lugares de peso -CFK se refirió abiertamente a “operaciones en off”- y no faltan recelos y jugadas menores en las primeras líneas de funcionarios. Las últimas, afectaron con trascendidos a un par de ministros y al jefe de Gabinete.
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El kirchnerismo se muestra más orgánico. La ex presidente cerró el círculo del inquietante mensaje sobre legitimidad y quiebre del compromiso electoral. Eso último lo redondeó usando el plural quizás para hacerlo más presentable. “No le estamos haciendo honor a tanta confianza, tanto amor y tanta esperanza que depositaron en nosotros”, dijo.
Parecía un juego cruzado a distancia con el Presidente. Apenas unas horas antes, en Tierra del Fuego, Alberto Fernández había encabezado un acto con discurso reducido a destacar la gestión económica y a repetir la necesidad de unidad. El eco fue otro. Deja poco espacio a las gestiones para apaciguar la interna y reformular la gestión, en conjunto. El punto es qué silla ocuparía cada uno frente a esa mesa. No es una cuestión orgánica, sino de poder.
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