
Alberto Fernández reapareció luego de su aislamiento por coronavirus con un discurso de enorme contraste entre el reparto de culpas y la carencia de una mínima aceptación de responsabilidades. La dureza del anuncio fue justificada por la descripción como un fenómeno absolutamente externo -sin cargas propias- del cuadro sanitario y social agudizado por la lenta e irregular provisión de vacunas. Y todo enmarcado por señales políticas evidentes: el Presidente volvió a cerrarse sobre Cristina Fernández de Kirchner y en línea con los reclamos de suspensión de las clases presenciales, dejó desdibujados a los ministros Nicolás Trotta y Carla Vizzotti, que unas horas antes habían colocado a la educación fuera de las nuevas restricciones.
La sintonía absoluta con la provincia de Buenos Aires tuvo además dos expresiones en simultáneo. Axel Kicillof fue el único gobernador que pesó en las decisiones y que estuvo al tanto del detalle del anuncio. Un gesto obvio: la provincia es el territorio político propio de la ex presidente en la interna grande con el PJ tradicional. Y al revés, Horacio Rodríguez Larreta no tuvo ni siquiera un anticipo del punteo definitivo del agravamiento de las restricciones.
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No fue el único que recibió un mensaje de destrato, según la propia evaluación de referentes opositores. Los gobernadores en general y los peronistas en particular estuvieron en el foco de los cuestionamientos directos, sin atender las prevenciones sugeridas por mandatarios de diverso origen partidario frente a posibles costos para sus economías.
El primer tramo del discurso presidencial incluyó un expreso pase de facturas que apuntó a los jefes provinciales -y al menos una vez también a los intendentes- con una demanda de alineamiento directo apenas disimulada por la natural referencia a las atribuciones de cada uno de ellos en un sistema federal aunque limitado como el argentino.
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Más llamativa resultó entonces la decisión implícita de dar por cerrado ese tema en cuanto a la autonomía de la Ciudad de Buenos Aires, cuyo paisaje se verá entonces patrullado por fuerzas federales de seguridad en el marco de las restricciones nocturnas, horarios para cumplir actividades y circulación impuestos por decreto para el AMBA. Ese es el punto que seguramente más tensará la cuerda entre Rordríguez Larreta y el Gobierno nacional, no sólo pero más visiblemente en el rubro educativo.

No se reparó en ese límite. Y el gesto hacia los gobernadores sólo dejó fuera de la reconvención pública a Kicillof, que venía demandando medidas de mayor dureza, en sintonía o como expresión más visible de los reclamos del kirchnerismo duro a Alberto Fernández. Anoche, se les facturó a todos desde la dependencia de las vacunas que logre conseguir el Gobierno nacional y se les reclamó que fiscalicen y hagan cumplir las decisiones decretadas.
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Hubo antes y después del mensaje presidencial algunas señales internas de relativo o escaso impacto público en medio de la conmoción por el anuncio presidencial, pero de significativo sentido político. Jefes provinciales de distritos de peso habían dejado trascender que traducirían el anticipado endurecimiento de las restricciones de acuerdo con la realidad local. Y anoche mismo, por ejemplo, la gestión del peronista santafesino Omar Perotti hizo saber que hoy analizará el tema en función de los registros locales de contagios, letalidad y ocupación de “camas críticas”, para luego evaluarlo con los intendentes.
Antes, una reunión de los gobernadores de las provincias del Norte Grande, encabezada pro el chaqueño Jorge Capitanich, había expresado su acompañamiento a la política sanitaria del Presidente y a la adquisición de vacunas por parte del Gobierno nacional, con señalamiento de la potestad de cada provincia y la coordinación con el poder central. Pero lo más significativo apuntó a la perspectiva del renovado impacto económico y social de las restricciones agravadas.
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La señal fue compartida por una decena de provincias, la mayoría en manos del PJ (Chaco, Tucumán, Formosa, Catamarca y La Rioja), una radical (Jujuy), otra alineada sin escalas con CFK (Santiago del Estero) y dos con juego propio (Misiones y Salta). Plantearon entre otras consideraciones que cada restricción debería se acompañada por medidas económicas y sociales para garantizar “un modelo de atención a las consecuencias y efectos de esas decisiones”.
Se trata de un dato mayor porque alude a las consecuencias más temidas, tal vez el único reparo que colocó al Presidente y sus ministros en una sucesión casi frenética de reuniones que consumió la semana transcurrida entre el anterior DNU y el decreto de estas horas. Es algo que no aparece contemplado en el Presupuesto. Y menos en los planes de Martín Guzmán, preocupado como está por las cifras alarmantes de inflación y opuesto a la reactivación de planes que desequilibren aún más las cuentas.
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Esas son algunas de las piezas de un tablero inestable. El Presidente prefirió el tono de dureza antes que el de la convocatoria social. No hubiera sido fácil, de todos modos, pero seguramente mejor que el tono elegido y un reparto de culpas que incluyó en algún tramo hasta el sistema de salud.
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