
Nunca le tuvo respeto intelectual ni aprecio personal. Y cuando se lo propusieron como embajador político ante la Organización de Estados Americanos (OEA), dudó largos días. Alberto Fernández no coincide con la agenda geopolítica de la OEA, pero considera que es un foro regional importante por su peso institucional en América Latina. Finalmente aceptó: Carlos Raimundi, un dirigente con pasado radical y perspectiva teñida por la Guerra Fría, sería su representante en Washington durante una época compleja para creer que la política exterior es binaria.
Hace dos noches en Olivos, el Presidente asumió que se había equivocado con Raimundi. El embajador argentino ante lo OEA hizo una defensa explícita de Maduro y jamás cuestionó que el régimen venezolano tiene un plan sistemático de violaciones a los derechos humanos.
“Venezuela ha sufrido un fuerte asedio de intervencionismo” por lo que “hay una apreciación sesgada de lo que son las violaciones a los derechos humanos en determinados países”, opinó Raimundi.
No hubo instrucción escrita, telefónica o por WhatsApp dirigida al embajador argentino para que utilizara el foro de la OEA en defensa de la política represiva de Maduro. Raimundi actuó solo, aplicando su ideología y actuando en consecuencia.
Esa lealtad manifiesta del embajador a sus propios pensamientos encierra un problema de Estado: Alberto Fernández diseñó una política exterior que no incluye la opinión de Raimundi respecto a los asesinatos, torturas y violaciones cometidas por los grupos de tarea de Venezuela.
El Presidente rechaza los crímenes de lesa humanidad consumados por el régimen populista. No tiene una posición neutra, y menos aún justificativa. Apoya la investigación de la ONU que lidera Michelle Bachelet, y considera que el gobierno de Maduro tiene que pagar por los crímenes cometidos.
Alberto Fernández descalificó a Raimundi y aún no decidió si fuerza su regreso a Buenos Aires por el daño cometido a su estrategia diplomática en América Latina. El jefe de Estado propone terminar con los bloqueos comerciales a Venezuela y considera que Maduro debe ser incluido en la mesa de negociaciones para abrir una transición democrática que desemboque en elecciones libres, transparentes y sin exclusiones.
Esta posición presidencial, que es rechazada en el Mercosur, en la OEA y en la Casa Blanca, quedó asediada y opacada por las opiniones de Raimundi en la OEA. El daño colateral es fácil de explicar: la diplomacia regional considera que Raimundi solo explicitó en público lo que Alberto Fernández dice en secreto.
Desde esta perspectiva, obvia entre diplomáticos que leyeron a Henry Kissinger y Raymond Aron, el Presidente tiene un solo camino. Retirar a Raimundi y aprovechar su primer espacio multilateral para insistir en su rechazo a las violaciones a los derechos humanos en Venezuela.
Si Alberto Fernández se decanta por este movimiento, el manual básico de política exterior explica el procedimiento a seguir: Raimundi regresará para las fiestas y no vuelve a DC. Y el embajador argentino ante los organismos internacionales en Ginebra, Federico Villegas, utilizará las sesiones de la semana próxima para reiterar que Maduro tiene un plan de represión ilegal y que la Casa Rosada repudia su existencia.
Raimundi no puede calibrar el daño que sus opiniones causaron a la imagen del jefe de Estado. Alberto Fernández minimiza el rol de Juan Guaidó (presidente interino de Venezuela) y considera que es apenas un peón de la Casa Blanca. Pero tragó arena cuando Guaidó apareció en la televisión argentina exigiendo explicaciones al gobierno peronista.
Sin embargo, las opiniones de Guaidó son una brisa caribeña frente a las preguntas que tuvo que contestar la diplomacia argentina en Washington. Fue difícil explicar que Alberto Fernández tiene una posición a favor de los derechos humanos y que Raimundi solo es un free rider con nula experiencia diplomática.
En DC escucharon. Nada más.
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