
Cuando se apaga el sonido de las críticas a la herencia y el reclamo implícito de mayor coparticipación, Axel Kicillof observa un tablero complicado, bonaerense y nacional. Extremó la dureza con la gestión de María Eugenia Vidal, aunque sabe que en un punto necesitará negociar sus proyectos porque no domina la Legislatura. Pero antes, depende de la marcha de Alberto Fernández con la economía y la deuda en al menos tres rubros vitales: fondos, Presupuesto y posibilidad de endeudamiento. Un proceso incierto, que de todos modos no congela la gestión provincial. Y que reclama mayor sustento político: eso expresan algunos pasos para recomponer la interna con el PJ tradicional, con el massismo y con el propio Máximo Kirchner.
Las últimas exposiciones públicas del gobernador, sobre todo la inauguración de la nueva etapa legislativa de la provincia, retomaron y a la vez redondearon su discurso: la frase de tierra arrasada giró a la descripción de estado de abandono y desidia. Y su respuesta no sería ya una reanimación provincial de resultados más o menos rápidos, sino una recuperación más lenta con palabras de condena al neoliberalismo en escala bonaerense.
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Hasta allí, ruido y algunas chicanas de un lado y otro. El mensaje es acompañado por imágenes y cifras que se hacen circular desde La Plata sobre distintos “abandonos” en salud o en obras, por ejemplo. Desde el ex oficialismo, las respuestas son específicas en algunos rubros –por ejemplo, estado de las finanzas y de obras públicas-, aunque la reacción de hecho pasa por abroquelarse. Creen que, en rigor, las cargas de Kicillof contribuyen a consolidar el funcionamiento de Juntos por el Cambio, como coalición y no sólo en la Legislatura. Sería una mano externa frente a tensiones nuevas y de arrastre.
Ese contexto alimentaría la línea que viene desarrollando Vidal, contraria a las peleas en continuado con Kicillof sobre todo en esta primera etapa de gestión. Una decisión de perfil bajo que se proyectaría durante meses. En cambio, se muestra bastante activa en reuniones con referentes de Juntos por el Cambio, en especial intendentes, dirigentes orgánicos del PRO, la UCR y la CC, y jefes de los bloques provinciales. En ese terreno, coinciden fuentes opositoras, la dureza del gobernador y algunos debates, como el de la ley de impuestos, cerraron fisuras o diluyeron tentaciones de rupturas individuales.
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Hay, con todo, una lectura algo apresurada sobre el panorama que viene. Eso, porque en rigor las necesidades prácticas de Kicillof dependen en buena medida, en el corto o mediano plazo, más de la Casa Rosada que de la Legislatura bonaerense. Es decir, no aparecerían en lo inmediato grandes temas a negociar. Por ejemplo el Presupuesto, que demandaría mayoría simple: el oficialismo puede lograrlo en Diputados pero no si lo pretendiera en soledad en el Senado. Más aún la autorización para colocar deuda, que demanda dos tercios de los votos. Por ahora, no están en agenda.
El problema es que primero debe esperarse, también en Buenos Aires, la resolución que logre Alberto Fernández en la renegociación de la deuda con el FMI y los privados, y los pasos que dé a partir de ese desenlace. Parece difícil que Kicillof presente el Presupuesto provincial antes de que exista un panorama sobre el Presupuesto nacional. No es una cuestión de formas, sino de realismo en el actual panorama de la economía. Menos posible asoma que la Provincia intente colocar deuda en este contexto.
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Para completar, tampoco resulta sencillo lograr alguna vía privilegiada de aportes nacionales. El ministro Martín Guzmán es el encargado de negar o desalentar esos pedidos. Ya lo padecieron algún gobernador muy cercano al propio Presidente; y una provincia gobernada por el radicalismo. Las áreas más sensibles, vinculadas a la obra pública, también lo anotan. Todo en suspenso.

Es un terreno árido. Y más difícil de encarar sin abrir el juego político para aceitar la gestión en otros rubros, desde las demandas de seguridad y el sostenimiento de políticas de salud –en boca de intendentes-, hasta el reclamo de coparticipación. Eso último es lo que supone a nivel nacional su nueva carga sobre la “inequidad” de recursos en la comparación entre la Provincia y la Capital.
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Kicillof armó políticamente su juego en base al respaldo sólido de Cristina Fernández de Kirchner. Eso tuvo expresión en el gabinete y en buena medida, en la Legislatura. Dejó heridos: intendentes del PJ tradicional, en primera línea. Pero también malestar de Sergio Massa y de Máximo Kirchner. La propia relación con el Presidente recién ahora comienza a transitar cierta mejora, con representación en gestos públicos.
En la inauguración del ciclo legislativo por parte del gobernador, el lunes, hubo gestos con sentido interno, como la asistencia nutrida de intendentes. En medios oficialistas se destacó la presencia casi exclusiva de Eduardo Wado de Pedro en el renglón de funcionarios nacionales. Es un dato. El ministro del Interior publicó un par de fotos en Twitter consignando su participación. Podría servir para articular mejor en varias direcciones: con el Gobierno nacional, por supuesto; con la primera línea de La Cámpora, por supuesto, y hasta con intendentes por ese último canal interno.
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El gobernador ha tendido puentes con Massa, en el Congreso y por su juego territorial. No habría sido fácil además el proceso de distensión efectiva con Malena Galmarini, luego de que rechazara en diálogo directo sumarse al gabinete provincial. Ese gesto fue siempre atribuido al malestar por la integración de Sergio Berni, factura pendiente por el caso del espía en la casa de la familia Massa.
El otro problema aún irresuelto es la relación con los intendentes del peronismo tradicional. A fines de la semana pasada, hecho llamativo y de escaso antecedente, Kicillof se reunió con poderosos jefes comunales, los de la tercera sección electoral. Hubo presencias de toda la paleta del PJ: Fernando Espinoza (La Matanza), Martín Insaurralde (Lomas), Mayra Mendoza (Quilmes) y Alejandro Granados (Ezeiza), entre otros. Nuevos e inoxidables.
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La cita giró alrededor de números y necesidades. Coronó una tarea que habitualmente realiza la ministra de Gobierno, Teresa García. Por supuesto, hay otros canales, pero tampoco con resultados importantes a la vista. Son tiempos en que no abundan los fondos, pero tampoco los gestos políticos.
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