
Fue seguramente el capítulo menos imaginado de la gestión. Alberto Fernández pasó un mal momento y decidió hilvanar ocho tuits para evitar un debate sobre la “vuelta de página” que –insinuó- debería marcar la relación con las Fuerzas Armadas. Prefirió una diagonal para disculparse por los efectos de sus dichos en un acto militar y eludir así una polémica de proyección indescifrable. Discutible, como tantas otras decisiones alimentadas por el cálculo político. Pero lo más duro fue producido fuera del despacho presidencial y estuvo a cargo de Estela de Carlotto: fue en todo sentido una brutal descalificación destinada a Nora Cortiñas, por sus críticas iniciales a las palabras presidenciales.
En rigor, las explicaciones de Alberto Fernández apuntaron a desarmar el oleaje que había provocado la reacción de Cortiñas, dirigente de Madres de Plaza de Mayo/Línea Fundadora, muy cruda en su primera respuesta: dijo que la frase del Presidente era “negacionista”. Después, aceptó las disculpas tuiteadas y bajó el tono, casi en soledad en los movimientos de derechos humanos, aunque sin cambiar de posición en la cuestión de fondo. Hasta quedó abierta la puerta para una cita en la Casa Rosada.
Hasta allí, más allá de definiciones, rectificaciones y explicaciones, aparecía como un inesperado hecho que podía disparar cierto malestar o incomodidad en alguna franja de organismos de derechos humanos –muchos, alineados con el Gobierno pero más aún y en rigor, con el kirchnerismo- y tal vez también en el conglomerado oficialista. La rápida respuesta presidencial hizo lo suyo. No evitó, de todos modos, la reaparición de algunos trazos preocupantes –y no por la condena a la dictadura- en la concepción del papel de los militares.

Carlotto fue más lejos que nadie y descalificó a Cortiñas como a una persona que dice cualquier cosa por su edad y por el arrastre de su dolor. Es decir, y por eso suena brutal en toda su dimensión: sería una persona vieja y que no razona, y no alguien que piensa diferente. Esto, dicho desde el lugar que ocupa y con trasfondo de largas internas.
Todo empezó con un acto oficial al que no se le asignaba mayor repercusión fuera del ámbito militar, donde se reacomodan las piezas a tono con la nueva gestión presidencial. Alberto Fernández despidió a un contingente que partía hacia Chipre para sumarse a los Cascos Azules. Y allí destacó que en la actualidad, a treinta y seis años del fin de la última dictadura, todos los oficiales y suboficiales “son hombres de la democracia, egresaron de sus escuelas en democracia”. Y remató: “Y esto amerita que de una vez por todas demos vuelta la página y celebremos”.

El Presidente tal vez no haya medido que el recurso discursivo elegido (dar vuelta la página) podría ser asociado de inmediato con la idea de olvido. Y hasta es probable que haya sido una manera, con antecedentes variados, para dar sensación de interés político y proyecto integrador de las Fuerzas Armadas en democracia. Un tema que no sólo remite al pasado dictatorial, con el necesario proceso de juicios y condenas –y su impacto político y cultural-, sino que hasta ahora aparece lejos de encarar en profundidad el interrogante sobre qué hacer con las fuerzas militares, más allá de alguna participación en operaciones de paz con Cascos Azules.
La reacción de Nora Cortiñas generó los referidos tuits presidenciales. Fueron disculpas, con señalamiento de no haber usado las “palabras pertinentes” y de su “compromiso” con la verdad y la Justicia. Cortiñas aceptó las explicaciones, dijo que no volvería a calificarlo como negacionista y, de todos modos, sostuvo que no existe vuelta de página entendida como borrón de la historia. Un intercambio que suponía el objetivo compartido de cerrar el tema.

En cambio, Estela de Carlotto había considerado públicamente que Alberto Fernández no debía disculparse, es decir, que no veía motivo alguno para que lo hiciera porque lo dijo aludiendo a nuevas camadas de oficiales y suboficiales.
La dirigente de Abuelas aseguró que Cortiñas habló en su solo nombre y no en representación de organización alguna. “Nosotros somos muy mayores, a veces hablamos de más”, afirmó, y agregó: “Los años y el dolor pudieron llevarla a equivocarse”. En otras palabras: la colocó en el lugar de la soledad orgánica, descalificó sus dichos por cuestiones de años y enojo, y la etiquetó como “equivocada”. La verdad sería la propia.
Hebe de Bonafini también cargó sobre Cortiñas. Y más expresivo fue un comunicado de apoyo a las definiciones presidenciales en el acto militar. Respaldó la “reivindicación de las Fuerzas nuevas, renovadas, que crearon Néstor, Cristina y Nilda Garré” con cambios de planes de estudio y formación. Y añadió: “Estamos de acuerdo con reconocer y reivindicar a esas nuevas Fuerzas Armadas, porque si no nunca las vamos a tener de nuestro lado, al lado del pueblo”.
El comunicado de Bonafini forzó los propios dichos presidenciales y en rigor, pareció reflejar viejas posiciones del kirchnerismo duro. El archivo incluye las fotos con César Milani, el general que manejó la inteligencia militar, fue jefe del Ejército, aún enfrenta juicios y alguna vez se postuló como expresión de Fuerzas Armadas sumadas al proyecto nacional y popular. Dicho de otra forma, militares como parte del poder.
Otro mal eco para una discusión que asoma cada tanto, siempre inconclusa, como ahora.
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