
Los últimos 15 días de Alberto Fernández estuvieron dominados por la agenda internacional: viaje a México, gestiones frente al inesperado desbarranco de Bolivia y ante la dilatada crisis de Chile, y visita de campaña a Montevideo, además de contactos con emisarios de Donald Trump y un encuentro con embajadores europeos. Por debajo de esos títulos, y mientras transita un riesgoso sendero entre la “sorpresa” sobre su equipo y la incertidumbre por lo que hará, el presidente electo dio al menos dos señales fuertes para el 10 de diciembre: la continuidad de los controles de cambio y el armado del pacto social.
Alberto Fernández enfrenta en estos días un problema que, en rigor, lo supera. No es original porque en general lo padecen los presidentes en épocas de estreno, más allá incluso de su voluntad y del mensaje. Se trata de las expectativas, que a veces se independizan de la letra de los discursos. Hace rato, desde antes del triunfo de octubre, el presidente electo busca enfatizar la gravedad de la crisis y exponer que lo viene no sería fácil ni rápido. Un giro realista acompañado además –para hacer frente a semejante cuadro- por un objetivo primario y vital en la transición: cerrar lo mejor posible su frente interno.
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Una buena mezcla de esos disímiles y a la vez complementarios elementos quedó expuesta en el cierre de su primer viaje como presidente electo. La estrategia de su contacto con el mexicano Andrés Manuel López Obrador, para ir construyendo un “eje progresista” que no pase por Caracas, fue teñida también por cuestiones domésticas. Allí dejó sus frases más contundentes hasta entonces para bajar expectativas. Y, al mismo tiempo, redondeó la defensa más cerrada de Cristina Fernández de Kirchner frente a las causas judiciales que acumuló en estos años. Descalificó en conjunto todos los casos.
Dejó en materia económica dos advertencias significativas. Dijo que el 10 de diciembre “no es una fecha mágica” y para que no quedaran dudas del sentido, agregó: “Cambia un gobierno, no la realidad económica”. Por supuesto, esa última afirmación dejó abierta varias interpretaciones, según se admitía después, sobre la continuidad del cepo cambiario y alguna otra medida de esta gestión.
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Casi de inmediato, y ya en Buenos Aires, Alberto Fernández dio un paso concreto para consolidar el compromiso del sindicalismo con la aún imprecisa propuesta de un pacto social, que su equipo busca ampliar para evitar que quede reducido a un acuerdo de coyuntura limitado a precios y salarios. Ese sería un dato central. Pero además, el respaldo de los jefes cegetistas es básico para su propio armado político, junto a gobernadores, intendentes y otros referentes del PJ más tradicional.
Aquel encuentro, hace poco más de una semana, exhibió a casi toda la gama de la CGT. No significa la unidad automática y orgánica –mucho menos, con sectores “externos” como las CTA-, porque las disputas por espacios y la renovación de autoridades sigue en pie, pero sí un camino de compromiso con esta pata peronista. Fue eso en la práctica, con discurso que incluyó un sonoro elogio a CFK. Eso también explicaría la amplitud de la convocatoria entre “duros” y “negociadores”, categorías que superan a Hugo Moyano y Héctor Daer.
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El llamado del presidente electo y la respuesta sindical no indicaría, dicen, la existencia de acuerdos cerrados para sumarse a la gestión, aunque es sabido que la mirada global del sindicalismo trasciende Trabajo, repuesto como ministerio, y abarca otras áreas de la administración pública. Más claro empieza a ser hasta qué punto se extendería la voluntad de los entendimientos que se imaginan para sumar, a la vez, masa crítica de entidades empresariales, demandantes de un cambio en la legislación laboral para abaratar costos y adaptarse a nuevas producciones y servicios.
“Cualquier cosa que lleve como nombre una ‘reforma laboral’ está muerta antes de nacer”, dice un político que conoce las frustraciones de las idas y vueltas en este terreno durante la gestión que se termina. Y el equipo que viene lo confirmaría de hecho: el plan, avanzado conceptualmente, es discutir por rubros y ajustar legalmente cada convenio en función de acuerdos sectoriales efectivos. Siempre se coloca como ejemplo a los petroleros en el caso de Vaca Muerta, pero habría otras actividades en la mira.
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Las tratativas con el mundo sindical tienen relación directa, por supuesto, con la necesidad de contención social. Es sabido: no son los únicos actores en ese escenario. Alberto Fernández tuvo una cita significativa, a mediados de esta semana que termina, con los movimientos sociales más cercanos, pero no en todos los casos alineados verticalmente con el nuevo oficialismo. Estuvieron algunos muy próximos y otros con juego propio, desde el Movimiento Evita y la CTEP, hasta la CCC y un sector de Barrios de Pie.
Ese encuentro fue realizado en dependencias de la Conferencia Episcopal Argentina, con papel protagónico de la Pastoral Social. El papel de la Iglesia Católica es considerado un dato político mayor, en este terreno y por lo que se imagina como una inmediata, y previa, sintonía con Francisco. Con todo, nada suele ser lineal y habrá que ver cómo y en qué tiempos es procesada la promesa de allanar el camino al proyecto de legalización del aborto y su atención en el sistema de salud.
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Algunos mensajes insinuados en el cierre de la visita a México fueron retomados otra vez en un ámbito llamativo. Fernández almorzó el miércoles con embajadores de los países que integran la Unión Europea. Y confirmó de manera más expresa su intención de mantener el control de cambios, algo que con fuertes críticas a Mauricio Macri rozó también en su estada breve y de campaña local, un día después, en Montevideo. Además, fue más explícito en su mirada de respaldo casi sin reparos al acuerdo Mercosur-UE y fue directo en solicitar a los diplomáticos europeos apoyo político para la negociación que deberá encarar de entrada con el FMI.
Esto último, naturalmente, está en el centro de un dibujo más complejo que incluye en primer lugar a Estados Unidos. Algunos gestos del presidente electo van perfilando líneas de trabajo en estos días de escasas definiciones en materia de nombres y planes: lo reflejan la preocupación por las reservas y la renegociación de la deuda, la necesidad de atraer inversiones, la idea de un pacto social al menos para el primer tramo de su gestión. Van confluyendo la agenda local y los contactos externos. Los tiempos y los temas apremian.
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